
La Traición de Mi Amor
Capítulo 2
El olor a desinfectante del hospital y el pitido monótono de las máquinas todavía estaban grabados en mi memoria, un recuerdo tan real que me quemaba por dentro. La imagen de mi hija Camila, con su carita pálida y sus labios azules, luchando por respirar en mis brazos, era una pesadilla de la que no podía despertar.
"¡Por favor, ayúdenla! ¡Mi hija no puede respirar!"
Mis gritos desesperados se perdieron en el caos de la carretera.
Ricardo, mi esposo, el padre de Camila, me apartó de la camilla con una fuerza brutal.
"¡Quítate, Sofía! ¡Brenda y su hijo están más graves! ¡A ellos los atienden primero!"
Los paramédicos dudaron, pero la insistencia de Ricardo los convenció. Vi cómo subían a su amante, Brenda, y al hijo de ella a la ambulancia, mientras a mí me dejaban en la orilla de la carretera con mi hija muriendo en mis brazos.
Camila murió. Murió por falta de atención, por la negligencia de su propio padre.
Abrí los ojos de golpe.
El sol entraba por la ventana de mi habitación. Mi corazón latía con una fuerza descontrolada. Miré el reloj en la mesita de noche. Las nueve de la mañana.
Una hora.
Tenía una hora antes de que todo se repitiera.
Un sudor frío recorrió mi espalda. No era un sueño. Había vuelto. El universo, o alguna fuerza desconocida, me había dado una segunda oportunidad.
Esta vez, no cometería el mismo error. Esta vez, Camila viviría.
Me levanté de la cama, mis movimientos eran rápidos y decididos. Tomé mi celular y marqué el número de mis padres.
"Mamá, necesito que vengas por Camila. Ahora mismo."
Mi voz sonaba firme, sin espacio para preguntas.
"Hija, ¿qué pasa? ¿No se iban de viaje?"
"El viaje se canceló. Por favor, mamá. Solo ven por ella."
Colgué antes de que pudiera responder. Sabía que vendrían, ellos nunca me fallaban.
Mientras esperaba, empaqué una pequeña maleta para Camila con sus juguetes favoritos y su ropa. Mis manos no temblaban. La tristeza y el dolor de mi vida pasada se habían transformado en una fría determinación.
Ricardo salió del baño, secándose el pelo con una toalla. Me miró con el ceño fruncido.
"¿Qué haces? ¿Por qué estás empacando las cosas de Camila?"
"No va a ir al viaje," respondí sin mirarlo.
Su rostro se contrajo en una mueca de enojo. Se acercó a mí, su presencia era una amenaza.
"¿De qué hablas, Sofía? Ya lo habíamos discutido. Es un viaje familiar."
"No es un viaje familiar," dije, girándome para enfrentarlo. "Es un viaje para ti, para Brenda y para su hijo. Camila y yo solo somos la fachada que necesitas."
Ricardo se quedó sin palabras por un segundo, su sorpresa era genuina. En mi vida anterior, yo nunca me había atrevido a confrontarlo de esta manera.
"¡Estás loca! Brenda es solo la viuda de un colega. Le prometí a mi amigo antes de morir que cuidaría de ella y de su hijo. Es mi deber."
"Tu deber," repetí, una risa amarga escapó de mis labios. "Tu deber es con tu hija, Ricardo. No con la amante que mantienes a mis espaldas."
La bofetada resonó en la habitación. Mi mejilla ardió, pero no aparté la mirada. Lo vi directamente a los ojos, y por primera vez, él fue quien desvió la vista.
"No sabes de lo que hablas," murmuró, su furia reemplazada por un nerviosismo evidente.
"Sé exactamente de lo que hablo," afirmé. "Y Camila no irá a ningún lado contigo."
Justo en ese momento, sonó el timbre. Eran mis padres. Ricardo se puso pálido.
"¿Qué hiciste?"
"Lo que una madre hace," le dije, pasando a su lado para abrir la puerta. "Proteger a su hija."
Mi madre me miró preocupada, pero al ver mi rostro, su expresión se endureció. Abrazó a Camila, quien corrió hacia ella felizmente.
"Nos vamos, mi amor," le dijo mi madre a mi nieta.
Ricardo intentó intervenir.
"Señora, esto es un malentendido. Sofía está exagerando."
Mi padre, un hombre de pocas palabras pero de carácter fuerte, se paró frente a él.
"Ricardo, no sé qué está pasando aquí, pero si mi hija dice que la niña se queda, se queda. No discutas."
Ricardo retrocedió, derrotado. Vio cómo mis padres se llevaban a Camila, quien me lanzaba besos desde la puerta. Una vez que se fueron, la furia de Ricardo explotó.
"¡Eres una egoísta, Sofía! ¡Estás maltratando a tu propia hija, privándola de un viaje familiar solo por tus celos estúpidos!"
Me quedé en silencio, dejando que sus palabras vacías llenaran el aire. Él no lo entendía. No podía entenderlo.
"Piensa lo que quieras, Ricardo," dije con calma. "Yo no voy a ir a ese viaje. Y Camila tampoco."
Su rostro se deformó por la rabia.
"¡Bien! ¡Perfecto! ¡Quédate aquí sola y amargada! ¡Nosotros nos vamos a divertir mucho sin ti! Brenda y el pequeño Leo sí saben apreciar un gesto amable. ¡No como tú!"
Agarró las llaves del coche y salió de la casa, dando un portazo.
Me quedé sola en el silencio de la casa. Me toqué la mejilla, el ardor ya casi había desaparecido. No sentía dolor, solo un inmenso alivio.
Camila estaba a salvo.
Eso era todo lo que importaba. El resto era solo el comienzo de mi venganza.
También te puede gustar





