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Portada de la novela La Traición de Mi Amor

La Traición de Mi Amor

Sofía experimenta una segunda oportunidad tras vivir la muerte de su hija Camila. El recuerdo de Ricardo abandonándola en la carretera para priorizar a su amante y al hijo de esta aún la atormenta. Al despertar milagrosamente una hora antes del fatal accidente, el destino le concede sesenta minutos cruciales. Con el conocimiento de la traición de su esposo, ella iniciará una carrera contra el tiempo donde su único objetivo será proteger la vida de su pequeña.
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Capítulo 3

Ricardo siempre usaba la misma excusa, la misma historia conmovedora sobre la promesa que le hizo a su amigo en su lecho de muerte.

"Tengo que cuidar de Brenda y del pequeño Leo. Se lo prometí."

Una promesa que usaba como escudo para justificar sus ausencias, sus gastos inexplicables y la distancia emocional que había crecido entre nosotros como una mala hierba. Durante años, yo le creí. Fui la esposa comprensiva, la que aceptaba que su marido dedicara fines de semana enteros a "ayudar a la viuda desconsolada" .

Qué estúpida había sido.

La verdad era mucho más sucia. Ricardo y Brenda eran amantes mucho antes de que el esposo de ella muriera. Él no estaba cumpliendo una promesa, estaba construyendo una segunda vida a mis espaldas.

El timbre sonó de nuevo, sacándome de mis pensamientos. Sabía quién era.

Abrí la puerta y allí estaba Brenda, con una sonrisa dulce y compasiva en el rostro. A su lado, su hijo Leo, de unos cinco años, se aferraba a su mano.

"Sofía, querida. Ricardo me llamó, me dijo que no te sentías bien y que no vendrías. Vine a ver cómo estabas y a recoger unas cosas para el viaje."

Era una actriz consumada. Su voz era suave, sus ojos mostraban una preocupación fingida. La loba vestida de oveja. En mi vida anterior, esta mujer me había consolado después de la muerte de Camila, llorando conmigo, diciéndome que era una tragedia terrible.

Hoy, solo sentía náuseas al verla.

"Estoy bien, Brenda. Solo un pequeño malestar," respondí, mi voz era neutra.

Leo, al ver que la puerta estaba abierta, entró corriendo a la casa.

"¡Papá Ricardo! ¿Ya nos vamos?"

La palabra "papá" salió de su boca con una naturalidad que me revolvió el estómago. Vi la fugaz expresión de pánico en el rostro de Brenda antes de que la reemplazara con una sonrisa avergonzada.

"Ay, este niño. Como Ricardo pasa tanto tiempo con él, a veces se confunde. Lo siento mucho, Sofía."

No respondí. Mi mirada se desvió hacia la bolsa que Brenda llevaba en la otra mano. Una bolsa de plástico de una tienda de conveniencia. Dentro, podía ver varios paquetes de galletas y bocadillos.

Y entonces los vi.

Un paquete de galletas de crema de cacahuate. Las mismas galletas.

En mi vida anterior, durante el viaje, Camila empezó a sentirse mal. Tenía fiebre, le salieron ronchas en la piel. Yo pensé que era un resfriado. Brenda, siempre tan "atenta" , le ofreció a Camila unas galletas para animarla.

"Ten, princesa. Come esto, te sentirás mejor."

Yo no sabía que mi hija había desarrollado una alergia severa al cacahuate. Una alergia que nunca antes se había manifestado. Ricardo, instigado por Brenda, creyó que Camila solo estaba fingiendo para arruinarles el viaje.

"¡Deja de hacer dramas, Sofía! La niña solo quiere llamar la atención."

El recuerdo del shock anafiláctico, la lucha desesperada por aire, la muerte de mi hija, todo fue provocado por esas malditas galletas. Y Brenda lo sabía. No tenía pruebas, pero en el fondo de mi alma, lo sabía. Ella quería a Camila fuera del camino.

Mi sangre se heló.

Brenda siguió mi mirada hasta la bolsa.

"Oh, traje unos bocadillos para el camino. ¿Quieren un poco? Sé que a Cami le encantan estas galletas de cacahuate."

Su sonrisa era pura maldad disfrazada de inocencia.

Me tomó un segundo componerme. Una idea fría y clara se formó en mi mente.

Forcé una sonrisa.

"Qué amable de tu parte, Brenda. Pero no te preocupes. De hecho, Ricardo mencionó que a Leo a veces le dan alergias. No quisiera que algo le pasara en el viaje."

La sonrisa de Brenda vaciló.

"¿Alergias? No, Leo está perfectamente sano."

"¿Estás segura?" insistí, mi voz era suave pero afilada. "Ricardo me dijo que una vez se puso muy mal con unos mariscos. Las alergias pueden ser muy peligrosas, ¿sabes? A veces aparecen de la nada. Imagina que algo le pasara en medio de la carretera, lejos de un hospital."

Miré directamente a los ojos de Brenda, dejando que mis palabras la golpearan. Vi el miedo en ellos. El miedo de que su propio hijo pudiera estar en peligro, y la frustración de que yo estuviera usando su propia táctica en su contra.

"Quizás… quizás tengas razón," tartamudeó. "Será mejor no arriesgarse."

Ricardo bajó las escaleras en ese momento, ya con su maleta en la mano.

"¿Listos? Vámonos ya, que se nos hace tarde."

Vio la tensión en el aire.

"¿Pasa algo?"

Brenda forzó una sonrisa.

"No, nada, mi amor… digo, Ricardo. Solo hablábamos de lo importante que es tener cuidado con la comida en los viajes. Sofía me recordó que es mejor prevenir."

Ricardo me miró con fastidio.

"Bueno, como sea. Brenda, lleva a Leo al coche. Yo subo las maletas."

Brenda asintió y, tomando a Leo de la mano, salió de la casa, pero no sin antes lanzarme una mirada cargada de odio.

Yo había ganado esta pequeña batalla. Le había metido el miedo en el cuerpo y había evitado que esas galletas siquiera entraran en el coche.

Ricardo se acercó a mí, su voz era un susurro furioso.

"No sé qué juego estás jugando, Sofía, pero no me gusta. Estás tratando de poner a Brenda en mi contra."

"No necesito hacer nada, Ricardo," respondí con calma. "Tú solo te pones en evidencia."

Él resopló, agarró su maleta y la de Brenda y salió de la casa.

Me quedé parada en la sala, escuchando el sonido del motor del coche al arrancar y alejarse.

La casa quedó en silencio. Un silencio que esta vez no era de soledad, sino de victoria.

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