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Portada de la novela La Stripper

La Stripper

Ariadna vive volcada en el cuidado de su hermano, su único lazo familiar. Con el fin de garantizarle un futuro, oculta una realidad dual: es una secretaria carismática de día y una audaz stripper por la noche. No obstante, su existencia se transforma al cruzarse con Oto Russell. Este encuentro no solo desata en ella una atracción incontenible, sino que también le permite recuperar la ilusión y la vitalidad que consideraba extintas en su sacrificada vida.
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Capítulo 2

Creo que soy la persona con menos suerte en este mundo. Si me equivoco pueden comprobarlo en este momento donde tengo a mi jefe y sus dos hijos mirándome cómo maníacos. El estúpido ese me mira con una sonrisa que le quiero arrancar cuanto antes, estúpido. Suspiro mientras trato de no verme nerviosa, trío de locos.

—¿Se conocen?—la voz de mi jefe, mejor conocido como el imponente Javier Russell, suena entre las paredes del espacioso despacho.

—Claro, padre—se adelanta a decir el imbécil ese. Mis ojos lo miran fijamente mientras le lanzan dagas para que cierre esa estúpida boca.

—¿Ah, sí?—pregunta mientras nos mira—¿se puede saber de dónde?—quiero contestarle que no. Y que es un entrometido por querer saber más de lo que debe.

—Padre, la señorita frente a nosotros es mi novia—mis ojos automáticamente se abren de par en par. ¿Escuché bien lo que dijo? No, creo que no me limpie bien los oídos hoy cuando me bañé esta mañana.

—¿Novios?—pregunta su padre y yo aún estoy paralizada por la inmensa estupidez que acaba de decir el señorito presente.

—¿Qué somos novios?—pregunto aturdida mientras él sonríe divertido.

—Ariadna, amor, ya no tenemos que mentir, ya no hay que ocultarnos. La verdad, desde que mi padre me habló de ti siempre me llamaste la atención, ahora no hay impedimento para nuestro amor—deberían darle un premio al mejor idiota del año. Puedo asegurar que ganaría una fortuna.

—¡Usted y yo no somos nada!—espeto furiosa, él solo sonríe de manera arrogante.

—Amor, ya no discutas más—su tono relajado hace que mi mal humor crezca de manera sorprendente. Quiero matarlo por idiota.

—Amor nada, yo a usted lo vengo a conocer hoy—el señor Russell y el otro hijo con cara de amargura nos miran divertidos. ¿Qué diablos les pasa a estos hombres?

—Pero que aburrida eres Ariadna—dice mientras bosteza de forma falsa.

—Aburrido va ser cuando te corte las...

Mis palabras se ven interrumpidas por la estúpida de mi otra jefa, la señora Julieta. Esa mujer sí que es una amargada. Se la pasa reclamando todo el día, fastidiando y quejándose por todo. Cómo si el mundo tiene la culpa de que su esposo le pegue los cuernos con otra. Y ella es una mujer muy, demasiado amargada.

—Siempre tan maleducada señorita Monroe—arqueo una ceja. Algo por lo que siempre he mantenido mi empleo es gracias a hacer feliz a mi jefe con uno de mis comentarios fuera de lugar.

—Disculpe mi atrevimiento, pero es usted la que entró sin permiso y escuchaba conversaciones ajenas, la maleducada aquí es otra—ven, a eso me refiero con mis comentarios fuera de lugar. Ninguna de mis compañeras tendría el valor o la capacidad de estupidez al riesgo de ser despedidas que yo. Pongo mi mejor cara de angelito y una falsa e hipócrita sonrisa se forma en mis labios mientras los Russell se ríen por lo bajo y muy discretos.

—Siempre con algo que decir, ya verá cuando se le despida por no callar—sale de la oficina enojada sin decir a que vino.

—Yo me retiro señor Russell—digo mientras camino hacia la puerta.

—Pero nuera, ¿por qué te vas tan pronto?—mi cara debe de arder del enfado que las palabras burlonas de mi jefe provocan.

—No soy su nuera señor Russell—cruzo mis brazos molesta y él se mantiene serio.

—Mi hijo lo acaba de confirmar, no tienes por qué negarlo—quiero acercarme y abrazar su cuello muy fuerte con mis manos.

—Es cierto cuñada, únete a la celebración—ahora es el otro hijo del señor Russell quién habla.

—¿Tú quién eres?—pregunto molesta.

—Oliver Russell, cuñada, estoy seguro de que mi hermano te habló de mí ya que planean casarse—me atraganto con mi propia saliva cuando las palabras salen de su boca.

Todos los Russell estallan a carcajadas dejándome a mí como: ¿Qué mierda?, pero es entonces donde caigo en cuenta que se burlan de mí. Al parecer todos sabían del jueguito que el idiota ese tenía conmigo.

—Lo siento Ariadna, pero el juego de Oto era muy divertido, tenías que ver tu cara—habla más tranquilo el señor Russell.

—Inmaduros—murmuro bajito para que nadie me escuche.

—Mucho gusto señorita chistes malos, mi nombre es Oto Russell, nuevo dueño y jefe de usted durante largos meses—se presenta él dejándome quieta en mi lugar. ¿Nuevo jefe?, debe de estar jugando de nuevo. Miro a mi jefe con cara de querer respuestas.

—Estaré tomando unas vacaciones con mi esposa y el tiempo que voy a durar fuera de la empresa mi hijo Oto estará a cargo de ella. Oliver se encargará de mi otra empresa. Necesito que lo ayudes en todo lo que él necesite, eres la persona a la que le confiaría una misión como esta—literalmente me deja sin palabras. En todos los años que llevo conociendo al señor Russell nunca lo había visto hablar de una manera tan dulce. Él es dulce conmigo a veces, pero nunca de esta manera.

—Cuente conmigo—sonrío y él asiente feliz.

—Muchas gracias—le guiño un ojo de manera divertida y él hace lo mismo.

—Me retiro—ellos asienten y yo salgo para seguir con mi trabajo.

***

—Estoy agotada—susurro mientras caigo en la cama.

Julia y yo llevamos todo el día trasladando sus cosas a mi casa, ahora nuestra. Peter está de lo más feliz con esta decisión ya que tiene con quién jugar mientras no estoy.

—Habla por dos—susurra Julia.

—Oye, ¿pasamos por el bar?, creo que sería bueno sacar el estrés que tenemos—propongo mientras nos ponemos de pie.

—Estoy de acuerdo contigo, me doy un baño y nos vamos—asiento porque yo necesito un baño urgente, estoy sudada y pegajosa.

Llego a mi habitación y me despojo de mi ropa, camino hasta el baño y abro el grifo dejando que el agua artificial caiga sobre mi cuerpo relajándolo en segundos. Todavía no creo que tenga un nuevo jefe y que sea un tipo tan idiota. Su sonrisa sarcástica me hace querer golpearlo. Si hubiese sido una chica normal ya estuviera babeando a sus pies porque algo que no negaré es que tiene un cuerpo... Uff, es todo un playboy. Esa boca de pecado, sus penetrantes ojos avellana, pero arruina todo eso desde que abre la boca para decir alguna estupidez cagando el momento. Y es buena idea que Julia venga a vivir aquí ya que gracias al idiota ese me quedé sin coche.

Termino de bañarme y salgo a cambiarme, busco una ropa de las que uso para ir al bar que consta de una minifalda, una blusa corta negra, botas altas, cabello amarrado. Pinto mis labios de rojo carmesí, rubor entre otras cosas. Me miro al espejo y sonrío mostrando mi blanca dentadura, mi cara cambia totalmente cuando me maquillo de esta manera. Parezco otra persona, más mayor y más sexy.

Llamo a la niñera que cuida de Alex. Es una muy buena chica que cuida de su abuelo enfermo y este empleo es con el que paga sus medicamentos y paga la carrera de su universidad.

—Luciana, te necesito aquí—hablo cuando responde el teléfono. Todo queda en silencio—¿Luciana?—escucho la respiración de alguien quien se mantiene en silencio.

—¿Ariadna?—entonces escucho la dulce voy de Luciana.

—Lo siento Luciana, pero te necesito está noche, tengo que salir al bar y necesito que vengas a cuidar de Alex, te pagaré más porque el hermano de mi mejor amiga está aquí y lo cuidarás a él también—me explico—lamento arruinarte la noche, pero necesito ir al bar—termino de hablar.

—Claro, cierra la puerta ya voy en camino—responde tranquila.

—Gracias hermosa—camino con el teléfono en manos hasta la habitación de Julia.

—Descuida, es mi trabajo—responde colgando.

Camino y mis tacones se escuchan haciendo eco por todo el pasillo de la segunda planta de la casa. Me detengo frente a la habitación de Julia y toco.

—Pasa—se escucha la voz de mi mejor amiga, entro y la encuentro cambiada.

Lleva un vestido muy corto con unas medias negras de cuadros, su cara maquillada, su pelo marrón esta con mechones rosa luciendo muy graciosa y sexy.

—¿Nos vamos?—pregunto y ella asiente.

—¿Luciana ya viene en camino?—pregunta mientras avanzamos hacia su coche. Entramos y tomo el mando el coche.

—Ya viene, de seguro en cinco minutos está aquí, es la persona más puntual que conozco—respondo mientras pongo el auto en marcha.

Mientras el auto está en movimiento le cuento todo lo que pasó a Julia con los hombres Russell. Ella solo ríe a carcajada mientras yo la asesino con la mirada.

—¿Enserio te hicieron eso?—pregunta contenido la risa.

—Claro, son tan inmaduros—le digo y ella ríe.

—No puedo creer que el señor T Russell se prestó a eso—murmura.

—Yo tampoco en ese momento, estaba toda paralizada—ella va a hablar, pero llegamos al bar. Entramos por la puerta trasera y nos encontramos a Javier, jefe del lugar.

—Pero angelito del infierno—me saluda con una sonrisa—no te esperaba hoy—sus ojos pasan a Julia.

—No, pero quería bailar un poco—él sonríe contento.

—Pasen, ustedes bailaran en cinco minutos, retoquen lo necesario y que bueno que decidiste venir porque hoy el bar está repleto de gente—asiento y camino con Julia.

Retocamos nuestro maquillaje hasta que Luisa, otra bailarina, entra a la habitación y me dice que nos toca bailar. Asiento y camino hasta un lado del escenario.

—Aunque muchos no la esperaban, otros anhelaban que estuviera esta noche con nosotros, esta noche nos complace presentar el angelito del infierno y listilla, pasen chicas—Julia y yo entramos al escenario el cual se llena de luces con múltiples colores. Avanzamos hasta el tubo y comenzamos a bailar acorde a la canción PillowTalk de Zayn Malik. Muevo mi cuerpo en el tubo mientras toco mi cuerpo de manera sensual. Los hombres comienzan a vociferar muchas cosas sucias que haría a nuestros cuerpos. Algo que de verdad se hacer es bailar, toda clase de música me se mover a tono. No sé en qué momento mi ropa desaparece y solo deja el encaje interior y muevo mi cuerpo hasta que la canción termina y nos despedimos de todos. Me coloco la ropa y hoy hacia la barra a servir tragos. Pasan varios minutos hasta que una voz hace que me congele en mi lugar.

—No lo puedo creer, secretaría de día y stripper de noche—la voz de Oto hace que me quede quieta donde estoy.

Trágame tierra.

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