Portada de la novela LA SIRVIENTA DEL REY ALFA

LA SIRVIENTA DEL REY ALFA

8.6 / 10.0
En LA SIRVIENTA DEL REY ALFA, Emili es reclamada por un temible Rey Licán tras surgir un vínculo prohibido. En esta web novel de fantasy y werewolf romance novels, ella deberá proteger un poder oculto en su sangre mientras enfrenta una guerra entre vampiros y demonios que amenaza cada reino.
Resumen de LA SIRVIENTA DEL REY ALFA
Emili soporta una existencia de miseria y maltratos bajo el yugo de Alfas despiadados, hasta que su destino se entrelaza con Alaric. Este temido Rey Licán la reclama al nacer entre ellos un vínculo prohibido. Rodeada por la amenaza constante de demonios y vampiros, ella descubre que posee una sangre con un poder legendario. En un mundo al borde de la guerra total, el secreto que guarda su linaje podría desmoronar la paz de todos los reinos.
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LA SIRVIENTA DEL REY ALFA Capítulo 1

Capítulo 1: El Acantilado

La doctora me miró por encima de sus gafas mientras sostenía los resultados entre sus dedos. ¡Maldita sea! ¿Por qué me torturaba así? Llevaba cinco años esperando este momento, cinco años de ciclos regulares que terminaban en desilusión, de esperanzas que morían cada mes, de noches en las que Ricardo me tocaba como quien cumple con una obligación pendiente. Y ahora me aferraba a mi última esperanza, rogando que no fuera otra falsa alarma como las anteriores.

-Felicidades -dijo finalmente, aunque su tono profesional no reflejaba la magnitud de lo que me estaba anunciando-. Todo se ve perfecto. Aproximadamente cuatro semanas.

¡Cuatro semanas! ¡Por la Diosa Luna! Estaba tan feliz que podría contar las horas, los minutos, los segundos para contárselo a Ricardo. Esta noche, cuando le mostrara la ecografía, cuando viera esa prueba de sangre con los números que confirmaban lo que llevábamos cinco años esperando, finalmente entendería que la profecía del viejo Rosún no era una maldición. Que yo no era la Luna infértil, la omega débil que la manada miraba con resentimiento por no ser digna de su alfa.

Salí de la clínica humana abrazando la carpeta contra mi pecho como si fuera el tesoro más frágil del mundo. Los lobos podíamos vivir entre humanos sin ser notados, y vine hasta aquí precisamente porque no quería que el doctor de la manada le informara a Ricardo antes que yo. El sol de la tarde bañaba las calles de la ciudad, y por un momento -solo un glorioso momento- me permití sonreír sin culpa.

Llamé a Cristina desde el auto.

-Necesito que me hagas un favor -dije, intentando contener la emoción en mi voz.

-¿Qué tipo de favor? -Su voz tenía esa curiosidad típica de beta que siempre me hacía sonreír. Era la única que no me miraba con lástima, la única que se sentaba conmigo en las reuniones de la manada sin que le importara mi estatus de omega y no por obligación como hacían los demás.

-Lencería. Algo sexy que quite el aliento. Quiero sorprender a Ricardo esta noche, es nuestro aniversario de unión.

Hubo un silencio. Luego una risa baja y cómplice.

-¡Madre mía, Ema! Espero que pases una noche increíble. ¿Hay algo que celebrar que no me hayas contado?

Me mordí el labio, conteniendo el secreto.

-Te lo contaré todo mañana, lo prometo.

-Te envío algo en una hora, picarona. Ricardo no sabrá ni qué lo golpeó.

Llegué a la mansión antes de las cinco. Las siguientes horas fueron como un ritual sagrado. Coloqué velas estratégicamente en la sala, en la cocina, en cada escalón de la escalera. Preparé la comida que Ricardo adoraba: filete con salsa de champiñones, papas gratinadas y ese vino tinto que había estado guardando para una ocasión especial. Ahora por fin tenía una.

Me di un baño de casi una hora, dejando que el agua caliente relajara cada centímetro de mi piel. La bata de seda negra que Cristina había elegido se ajustaba a mi cuerpo como una segunda piel, realzando curvas que normalmente ocultaba bajo ropa holgada. Mi amiga tenía un gusto exquisito, a pesar de estar soltera. Me rocié con ese perfume que había comprado en París, tal vez demasiado, pero los alfas tienen ese olfato tan agudo que no se puede ignorar. Como yo no tenía el aroma natural que una loba normal tendría -otra consecuencia de mi maldición-, intentaba compensarlo con fragancias que despertaran su deseo.

Las nueve pasaron. Luego las diez. La comida se enfrió en los platos. Las velas se consumieron hasta la mitad y yo me cansé de esperar. Este era Ricardo, siempre poniendo primero sus deberes como alfa. Tal vez debí llamarlo, tal vez debí ir a la empresa y no asumir que recordaría que hoy cumplíamos cinco años desde que su padre nos unió en aquel ritual que, según Rosún, aseguraría su linaje alfa.

A las once, apagué todo. Me quité la bata lentamente y me puse un pijama de algodón. No tenía sentido seguir esperando. Estaba por meterme a la cama cuando lo escuché entrar.

Su olor llegó primero: ese aroma a bosque salvaje y poder que caracterizaba a los alfas. Ese aroma que, a pesar de todo, seguía acelerando mi corazón.

-Ricardo -susurré.

Pero él no se acercó. Se quedó de pie en la puerta, observándome desde la sombra como un depredador evalúa a su presa. Incluso sin verlo claramente, sentí el cambio en su energía, su mal humor. Podía percibir su molestia, aunque mis sentidos no fueran tan agudos como los suyos.

-¿Qué es todo ese desastre en la sala? -preguntó con voz cortante.

-Lo preparé por nuestro aniversario. Te esperé durante...

-Tenemos que hablar -me interrumpió, y su voz sonaba más áspera de lo normal, como si cada palabra fuera arrancada de su garganta.

Mi corazón se aceleró, pero no por miedo. Pensé que tal vez había descubierto algo, que había olfateado a nuestro cachorro, que iba a arruinar mi sorpresa.

-Espera -dije, encendiendo la lámpara de la mesita. Extendí la mano hacia la carpeta con manos temblorosas-. Tengo que decirte algo primero.

Saqué los resultados, la prueba de sangre. Él los tomó y al revisarlos, su rostro cambió de color instantáneamente.

-Estoy embarazada -dije, y por primera vez en cinco años, mi voz no tembló.

El silencio fue absoluto. El silencio más largo y pesado de mi vida.

Vi cómo sus ojos se oscurecieron de una manera que nunca había visto antes, como si algo dentro de él se quebrara. No era alegría. No era sorpresa. Era algo más oscuro, algo que me heló la sangre en las venas.

-¿Qué? -preguntó, su voz apenas un susurro ronco.

-Estamos esperando un cachorro -repetí, pero mi voz ya no sonaba segura. El cambio en su expresión me había robado la alegría-. Después de cinco años, finalmente...

-Disculpa -me interrumpió, y su expresión cambió tan rápido que casi parecía que había imaginado lo anterior. Sonrió, pero fue la sonrisa más falsa que había visto en mi vida, una sonrisa que no llegaba a sus ojos de hielo.

-Me has tomado por sorpresa, pequeña. No esperaba... bueno, no importa. Vamos a descansar. Mañana celebramos como se debe. Estoy agotado.

Me besó en la frente con rapidez, un beso frío y distante, y se fue al baño casi corriendo, como si temiera que pudiera ver a través de su máscara y descubrir sus verdaderas emociones.

Me quedé allí, sentada en la cama, procesando lo que acababa de ocurrir. ¿Acaso no quería este embarazo? No, eso no era posible. Él había sufrido tanto como yo estos años, ¿verdad? Me amaba... ¿o no?

Cuando regresó, traía un vaso de agua entre sus manos.

-Tómate esto -dijo, ofreciéndomelo con una sonrisa que no iluminaba sus ojos-. Para que descanses bien. Te has esforzado mucho hoy, y lamento no haber podido disfrutar tu cena. Disculpa por olvidar nuestro aniversario, cariño, pero ya sabes que llevo una enorme carga sobre los hombros.

Tenía razón, yo estaba pensando demasiado. Bebí sin dudar. El agua estaba fría, fresca. Normal.

Cinco minutos después, el mundo comenzó a girar.

****

Desperté en la oscuridad. El sonido fue lo primero que registré: el rugido del océano, el golpeteo furioso de las olas contra las rocas. Abrí los ojos y vi el cielo nocturno salpicado de estrellas, y un enorme acantilado bajo mis pies.

Estaba de rodillas en la orilla del precipicio. ¿Dónde demonios estaba y por qué había despertado aquí?

Intenté moverme, pero mi cuerpo no respondía como debería. La droga aún corría por mis venas, haciendo que todo fuera lento, pesado, como si estuviera atrapada en una pesadilla.

-¿Ricardo? -susurré, con la boca seca.

Él estaba detrás de mí. Podía sentirlo. Su presencia era abrumadora, su energía de alfa irradiaba como fuego, como algo que consume todo a su paso.

-¿Creíste que me ibas a amarrar otra vez? -Su voz era un gruñido, algo que salía de lo profundo de su pecho-. Esperé cinco años para estar con mi verdadera compañera. Cinco años para poder separarme de ti y esta unión que desde el inicio yo no quería. Y ahora resulta que estás embarazada. Otro truco para retenerme a tu lado. Pero ¿sabes qué? Esta vez te salió mal el plan. No me interesa ese bastardo. Los dos irán derechito al infierno.

Giré para mirarlo. Su forma comenzó a cambiar ante mis ojos. Su cuerpo se convulsionó, sus huesos crujieron mientras se quebraban y reformaban. Su piel se cubrió de pelaje blanco, puro, hermoso. Se transformó en su verdadera forma: un lobo blanco gigantesco, con ojos de hielo que brillaban bajo la luz de la luna como dos zafiros mortales.

Intenté transformarme también, desesperada. Sentí el tirón familiar en mi interior, esa conexión rota con mi loba interna, la maldición que me había perseguido desde la infancia. Mi cuerpo cambió, pero no completamente. Quedé atrapada entre formas, mitad humana, mitad bestia, débil y vulnerable, exactamente como él sabía que estaría.

Él saltó.

Sus garras me golpearon primero en la cara. Sentí la sangre caliente corriendo por mi mejilla, por mi cuello. Luego fue mi vientre. Sus garras enormes desgarraron mi piel, y grité. Grité como nunca había gritado en mi vida. No quería que me quitara a mi hijo, no quería perder ese milagro que estúpidamente creí salvaría nuestra unión.

-¿Por qué? -sollozaba, pero él no respondía. Seguía arrancándome la carne sin compasión alguna, sus ojos brillando con un odio que nunca había visto. En ese momento lo vi realmente: el alfa furioso, el hombre que me odiaba, el compañero que nunca me quiso.

Me levantó por el cuello. Sentí sus colmillos cerca de mi garganta, tan cerca que podía sentir su aliento caliente contra mi piel. Y luego, con un movimiento final, con toda la fuerza de su odio, me lanzó hacia atrás.

Hacia el vacío.

Caí.

El viento silbaba en mis oídos. Las olas se acercaban, cada vez más cerca, cada vez más rápido. Y mi último pensamiento, mientras caía hacia la muerte, fue simple:

"¿Por qué confié en él?"

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Tabla de contenidos de LA SIRVIENTA DEL REY ALFA

Ch. 1 Ch. 2 Ch. 3
Ch. 4
Ch. 5
Ch. 6
Ch. 7
Ch. 8
Ch. 9
Ch. 10
Ch. 11
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