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Portada de la novela La Secretaria Comprada: El Precio de la Venganza

La Secretaria Comprada: El Precio de la Venganza

Valeria de la Vega ve su vida de lujos desmoronarse cuando su padre la entrega como pago de una deuda de juego. Para evitarle la prisión, se ve forzada a firmar un contrato con Dante Volkov, el implacable «Lobo de Hierro». Convertida en su asistente personal, Valeria pierde su autonomía bajo el mando de un hombre que busca cobrarse una vieja humillación. En medio de esta oscura venganza, la sumisión dará paso a una pasión tan peligrosa como inevitable.
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Capítulo 2

-No dije que sí -se apresuró a decir su padre, agarrando sus manos con desesperación-. ¡Le dije que no! Preferiría morir antes que entregarte a ese monstruo. Iré a la cárcel, Valeria. No me importa.

Valeria miró a su padre. Vio el temblor en sus manos, el terror en sus ojos ante la idea de la prisión, la fragilidad de su vejez. Si iba a la cárcel, moriría allí. Y Dante Volkov se quedaría con todo de todos modos.

Ella se soltó suavemente del agarre de su padre y se puso de pie. Caminó hacia el ventanal que daba a los jardines oscuros. En algún lugar de esa ciudad, en una torre de cristal y acero, un hombre estaba esperando destruir su vida.

Un hombre que creía que podía comprarlo todo.

Valeria se secó una lágrima solitaria que escapó por su mejilla. Su vida de lujos, de fiestas y preocupaciones superficiales había terminado hace cinco minutos. Ahora, solo quedaba la supervivencia.

Se giró hacia su padre, con la barbilla en alto y una frialdad nueva en la mirada.

-No irás a la cárcel, papá -dijo con voz firme-. Llama a Volkov. Dile que acepto el trato.

Mañana conocería al Diablo. Y pensaba mirarlo directamente a los ojos.

La Torre Volkov cortaba el cielo de la ciudad como una daga de obsidiana.

Valeria de la Vega alzó la vista desde la acera, sintiendo que el edificio se inclinaba sobre ella, amenazando con aplastarla antes incluso de entrar. Cincuenta pisos de cristal tintado y acero negro. Un monumento a la arrogancia.

Se alisó la falda de su traje Chanel blanco -su armadura para la batalla- y respiró hondo. El aire acondicionado del vestíbulo la golpeó con una bofetada helada en cuanto las puertas giratorias la tragaron. Todo allí dentro gritaba dinero nuevo y poder absoluto: los suelos de mármol negro sin una sola veta, la recepción que parecía más un altar que un escritorio, y el silencio religioso que reinaba en el ambiente.

-Tengo una cita con el señor Volkov -dijo Valeria, esforzándose para que su voz no temblara.

La recepcionista, una mujer rubia con una belleza clínica y fría, ni siquiera la miró a los ojos mientras tecleaba.

-Piso 50. La están esperando, señorita De la Vega. El ascensor privado es el de la izquierda.

Valeria caminó hacia el ascensor con la barbilla en alto, sintiendo las miradas de los guardias de seguridad en su espalda. Cuando las puertas se cerraron y la caja de metal comenzó a ascender a una velocidad vertiginosa, sus oídos se taponaron.

«Es solo un hombre», se repitió mentalmente. «Un hombre de negocios cruel, pero un hombre al fin y al cabo. Puedo negociar. Puedo ofrecerle mis acciones, mi fideicomiso, mi trabajo... pero bajo mis condiciones.»

El ascensor se detuvo con un suave ding y las puertas se abrieron directamente a una oficina que abarcaba toda la planta.

No había secretaria. No había antesala. Solo un vasto espacio abierto con paredes de cristal que ofrecían una vista panorámica de la ciudad a sus pies. El sol del atardecer bañaba la habitación en tonos naranjas y rojos, dando la impresión de que el cielo estaba ardiendo.

Y allí, al final de la sala, detrás de un escritorio de madera oscura tan grande como una mesa de banquete, estaba él.

Estaba de espaldas, mirando por el ventanal, con las manos metidas en los bolsillos de un pantalón de traje que se ajustaba perfectamente a su figura.

-Señor Volkov -llamó Valeria, dando un paso adelante. Sus tacones resonaron contra el suelo de madera pulida, un sonido solitario y agudo-. Soy Valeria de la Vega. Vengo a discutir los términos de... la deuda de mi padre.

El hombre no se giró de inmediato. Valeria notó la anchura de sus hombros bajo la tela fina de la camisa blanca. Era alto. Mucho más alto y atlético de lo que imaginaba para un tiburón financiero.

-Sé a qué vienes, Valeria -dijo él.

La voz la detuvo en seco.

Era grave, áspera como la grava, con un matiz oscuro que le recorrió la columna vertebral como una descarga eléctrica. Esa voz... esa voz le resultaba imposiblemente familiar, aunque había madurado, volviéndose más profunda y peligrosa.

El hombre se giró lentamente.

Valeria sintió que el aire se escapaba de sus pulmones. Su bolso de diseñador se resbaló de sus dedos y cayó al suelo con un golpe sordo.

No era un desconocido. No era un viejo empresario con sobrepeso y olor a puros.

Frente a ella, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos grises como el hielo, estaba el chico que solía recortar los setos del laberinto de su jardín hace diez años. El hijo de la cocinera y el jardinero. El chico sucio y silencioso al que ella y sus amigos habían apodado "El Mudo".

-Dante... -susurró, con la incredulidad estrangulando su garganta.

-Dante Volkov -corrigió él, caminando alrededor del escritorio con la gracia depredadora de un felino.

Ya no llevaba los vaqueros rotos ni las botas llenas de barro. Llevaba un traje hecho a medida que costaba más que el coche de Valeria. Su cabello negro, antes revuelto y largo, ahora estaba corto y peinado con una precisión militar. Pero eran los ojos... esos ojos grises seguían siendo los mismos, aunque ahora brillaban con una inteligencia letal y un odio frío.

Se detuvo a un metro de ella, invadiendo su espacio personal. Olía a sándalo, a especias caras y a peligro.

-Te ves pálida, princesa -dijo, escupiendo el apodo con una mezcla de burla y veneno-. ¿Esperabas a alguien más?

-Tú... tú eres el dueño de todo esto -balbuceó Valeria, incapaz de conectar los puntos. ¿Cómo había pasado el hijo de los empleados domésticos a ser el hombre más rico de la ciudad en una década?-. ¿Tú arruinaste a mi padre?

-Tu padre se arruinó solo -respondió Dante, sin dejar de mirarla. Su mirada recorrió el cuerpo de Valeria de arriba abajo, deteniéndose en el traje blanco impecable, evaluándola no como a una mujer, sino como a una mercancía-. Yo solo le di la pala para que cavara su propia tumba.

Valeria retrocedió un paso, chocando contra una silla de diseño. El miedo comenzó a reemplazar al shock. Si Dante era quien tenía la deuda... esto no era negocios. Esto era personal. Muy personal.

Recordó vagamente la última vez que lo vio. Una fiesta en la piscina. Risas crueles. Él saliendo empapado y humillado de la propiedad. Un recuerdo borroso que ella había enterrado bajo años de privilegios.

-Dante, si esto es por lo que pasó cuando éramos niños... -empezó ella, intentando recuperar la compostura.

Él soltó una carcajada corta y sin humor que la cortó en seco.

-"Lo que pasó". Qué forma tan elegante de llamarlo -Dante se inclinó hacia ella, apoyando una mano en el respaldo de la silla, atrapándola-. No estás aquí para hablar del pasado, Valeria. Estás aquí porque tu padre te vendió para salvar su pellejo.

-Vengo a negociar -insistió ella, aunque su voz sonaba débil incluso para sus propios oídos.

-No tienes nada con qué negociar -Dante se apartó y caminó hacia su escritorio, tomando una carpeta de cuero negro. La lanzó sobre la mesa, deslizándola hacia ella-. Todo lo que llevas puesto, desde esos pendientes de diamantes hasta los zapatos, ya es técnicamente mío. Tu casa es mía. El apellido De la Vega no vale ni la tinta con la que se imprime.

Se sentó en su silla de cuero, recostándose con una arrogancia que hizo hervir la sangre de Valeria.

-Siéntate -ordenó. No fue una invitación. Fue un comando.

Valeria dudó un segundo, pero sus piernas temblaban tanto que obedeció, sentándose al borde de la silla frente a él.

-Lee -dijo Dante, señalando la carpeta-. Y firma. Tienes cinco minutos antes de que llame a la policía y envíe a tu padre a una celda con asesinos y violadores.

Valeria abrió la carpeta. Las letras bailaban ante sus ojos.

Contrato de Cesión de Servicios y Confidencialidad.

Pero a medida que leía las cláusulas, la bilis le subía por la garganta.

Cláusula 4: Disponibilidad absoluta las 24 horas.

Cláusula 7: El empleador tiene derecho a decidir la vestimenta, residencia y agenda de la empleada.

Cláusula 12: Prohibición total de contacto con medios de comunicación o socios anteriores.

Levantó la vista, horrorizada.

-Esto es esclavitud. Es ilegal.

Dante se encogió de hombros, indiferente.

-Es un acuerdo privado entre adultos. Si no te gusta, la puerta está abierta. Puedes irte. Pero si cruzas ese umbral sin firmar, tu padre cenará en prisión esta noche.

Sacó una pluma estilográfica de oro y la dejó sobre el papel. El sonido metálico resonó como un disparo.

-Tú decides, Valeria. ¿Cuánto vale tu orgullo?

Valeria miró la pluma. Miró a Dante, el chico al que una vez ignoró, ahora convertido en su verdugo. Entendió entonces que no había escapatoria. Él había planeado esto durante años. Cada detalle. Cada humillación.

Con mano temblorosa, tomó la pluma. La tinta negra fluyó sobre el papel, sellando su destino.

Dante sonrió. Y por primera vez, Valeria vio al lobo enseñar los dientes.

-Bienvenida a mi mundo, Valeria -murmuró él, guardando el contrato en un cajón-. Ahora, levántate. Tienes trabajo que hacer. Y lo primero es quitarte esa ropa ridícula. Odio el blanco.

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