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Portada de la novela La Rosa de la Muerte

La Rosa de la Muerte

Conocida como la «rosa de la muerte» por su oscuro historial de viudez, Eveline Harrow abandona Londres buscando refugio en la mansión Monderlai. En plena era victoriana, su vida se complica al conocer al atormentado Elliot y a su impetuoso primo, Victor Pembroke. Atrapada en un peligroso triángulo amoroso, Eveline deberá decidir si el deseo es una condena o la llave para sanar su pasado, mientras lucha contra los secretos que la persiguen.
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Capítulo 2

La rueda del carruaje rechinaba con un ritmo irritante, como un susurro constante en la vasta monotonía del paisaje. Verde. Más verde. Un molino. Vacas. Ovejas. Árboles torcidos por el viento. Y el cielo, plomizo, como una sábana gris desganadamente extendida sobre el mundo.

Eveline suspiró, apretando las faldas negras entre sus manos enguantadas. El interior del carruaje, de tapicería borgoña, olía a cuero, polvo viejo y a las flores de lavanda que la doncella había metido en su maleta, creyendo, quizás, que amortiguarían el hedor del encierro.

No lo lograban.

El traqueteo interminable, el balanceo que le hacía golpear levemente el hombro contra el respaldo a cada bache, y la ausencia de cualquier conversación humana la empujaban inevitablemente a ese lugar que siempre evitaba: sus propios pensamientos.

-Maldita sea -murmuró, mirando la ventanilla empañada.

¿Cuántas horas llevaban viajando ya? ¿Cinco? ¿Seis? Había perdido la cuenta después de la tercera vez que el cochero gritó a los caballos para que subieran una cuesta resbaladiza. El paisaje, aunque bucólico, la abrumaba con su ausencia de estímulos. Nada. Solo la vastedad callada del campo.

En Londres, el ruido era un bálsamo: los cascos de los caballos sobre los adoquines, los gritos de los vendedores ambulantes, el constante rumor de conversaciones tras las ventanas entornadas.

Aquí, incluso el viento parecía moverse en silencio, como un animal furtivo.

Apoyó la frente contra el vidrio, buscando el frío, y se dejó arrastrar.

Y entonces pensó en él. En Frederick. Sir Frederick Ainsworth, su cuarto esposo.

El último.

De todos los hombres que había elegido -o mejor dicho, aceptado-, Frederick había sido el más... dulce. Tísico, encorvado, con una tos que parecía desgarrarle los pulmones cada noche, pero con unos ojos brillantes de sueños imposibles.

Frederick quería ver el mundo.

-Italia -decía, tosiendo en su pañuelo ensangrentado-.

Oh, Lady Harrow... deberíamos ir a Italia. Roma. Venecia. ¿Se imagina usted?

El cielo tan azul que duele verlo. Las ruinas doradas por el sol...

Eveline, entonces, sonreía. Le pasaba la mano por el cabello ralo y le prometía, con una voz baja y tranquilizadora:

-Pronto, querido. Pronto viajaremos.

Pero la verdad era que ni ella lo creía. Sabía que el tiempo de Frederick no se contaba ya en estaciones, sino en semanas. Días, quizás.

No llegaron ni a planificar el itinerario.

Él murió una tarde de abril, mientras Eveline le leía un poema de Byron.

Su último suspiro fue un susurro:

-Italia...

Ella cerró el libro, besó su frente húmeda y ordenó a los sirvientes que prepararan el cuerpo. Lloró. Un poco.

No tanto por amor. Eveline no se permitía amar. Amar era una cadena. Y ella, por más que el mundo la acusara de ser una cazafortunas, una arpía vestida de luto, había elegido ser libre.

Pero había llorado por la tristeza de Frederick. Por la promesa rota de un cielo azul que él jamás vería.

Fuera del carruaje, el paisaje ondulaba como un mar verde apagado. Eveline cerró los ojos, dejando que el movimiento la meza, casi como si regresara a aquella tarde funesta, al aroma acre del incienso, al frío que subía desde el suelo de mármol.

"¿Qué haría Frederick si viera esto?", pensó. Probablemente sonreiría, con esa dulzura fatigada suya, maravillándose de la niebla en los campos, de los cuervos que levantaban vuelo en bandadas oscuras.

-Maldito romántico -susurró Eveline, entre una sonrisa involuntaria.

El carruaje dio un bote especialmente violento, sacándola de sus cavilaciones. La doncella, sentada frente a ella, se disculpó tartamudeando.

-Milady, el camino está... -intentó explicar.

-No importa, Bethany -dijo Eveline, agitando una mano enguantada-. Dudo que este lugar tenga siquiera caminos dignos de ese nombre.

La joven doncella enrojeció y se recogió en su asiento como un pájaro asustado. Eveline no podía culparla. Su humor no era precisamente fácil desde que partieron.

La invitación de los Monderlai había sido una orden, disfrazada de cortesía. Y aunque Eveline intuía que detrás había mucho más -¿un intento desesperado de su padre por sacarla de Londres? ¿Un plan de matrimonios ocultos?-, había aceptado por una sencilla razón: Londres ya no era seguro para ella.

Los rumores. Las miradas. Las propuestas indignas, las cartas anónimas, las amenazas veladas.

En los clubes de caballeros, apostaban cuánto duraría su próximo matrimonio. En los clubes de damas, discutían quién sería el próximo tonto en caer bajo su embrujo. Incluso los diarios, con su hipocresía rancia, habían comenzado a referirse a ella en sus crónicas sociales como "la viuda negra de Mayfair".

Eveline sabía que su tiempo en la ciudad estaba contado. Así que había embalado sus vestidos, sus joyas, su arsenal de indiferencia, y había subido al carruaje, dejando atrás el ruido, la luz, la decadencia.

¿Y ahora qué?

La idea de pasar semanas -¡quizás meses!- encerrada en una mansión rural, entre parientes remilgados y un heredero presuntamente asocial, no era precisamente atractiva.

Elliot Monderlai.

El nombre flotó en su mente, como una melodía disonante.

Sabía poco de él. Solo rumores: que era un hombre severo, casi un ermitaño.

Que rechazaba todas las proposiciones de matrimonio con una frialdad glacial. Que había sido desilusionado, traicionado por una joven que prefirió a un vizconde más prometedor. Desde entonces, Elliot se había vuelto un solitario empedernido, un enigma que ni la alta sociedad había podido descifrar.

Eveline sonrió, esta vez con genuino deleite.

-Un reto -musitó para sí-. Al menos eso será entretenido.

La mansión Monderlai apareció en el horizonte como una sombra entre la bruma. Una construcción imponente, de piedra oscura, con torres que desafiaban el cielo plomizo y un extenso parque de árboles desnudos por el invierno.

El carruaje se detuvo frente a las escaleras principales con un chirrido agónico.

Bethany bajó primero, temblando de frío y de nervios. Eveline descendió después, dejando que su capa ondeara dramáticamente tras ella. Si iba a ser desterrada, pensó, al menos lo haría con estilo.

Un mayordomo de rostro pétreo les hizo una reverencia.

-Lady Eveline Harrow. Bienvenida a la Residencia Monderlai. Lord Elliot la espera en el salón principal.

Ella asintió, manteniendo el rostro impasible, aunque una chispa de emoción secreta le encendía el pecho.

La gran puerta de roble se abrió, y Eveline cruzó el umbral hacia su destino, consciente de que, de alguna manera que aún no podía comprender, todo estaba a punto de cambiar.

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