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Portada de la novela La Rosa de la Muerte

La Rosa de la Muerte

Conocida como la «rosa de la muerte» por su oscuro historial de viudez, Eveline Harrow abandona Londres buscando refugio en la mansión Monderlai. En plena era victoriana, su vida se complica al conocer al atormentado Elliot y a su impetuoso primo, Victor Pembroke. Atrapada en un peligroso triángulo amoroso, Eveline deberá decidir si el deseo es una condena o la llave para sanar su pasado, mientras lucha contra los secretos que la persiguen.
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Capítulo 3

La mansión Monderlai era, en una palabra, opresiva. Las paredes cubiertas de paneles de roble, los cuadros sombríos de antepasados de mirada adusta, las alfombras oscuras, todo parecía conspirar para apagar cualquier chispa de alegría.

Eveline avanzó por el pasillo principal, su silueta un destello de insolencia en medio de tanta sobriedad. Vestía un vestido de terciopelo verde esmeralda, ceñido a la cintura, con un escote en forma de corazón que dejaba ver el principio de un escándalo. Sobre sus hombros llevaba apenas una capa ligera de encaje negro, más ornamental que funcional.

Cada tacón de sus botas de cuero resonaba sobre los pisos de mármol como una declaración de guerra.

La doncella Bethany, unos pasos detrás, caminaba cabizbaja, como si temiera que el techo se desplomara sobre ellas en cualquier momento. No sería raro, pensó Eveline con humor sombrío; en un lugar como este, hasta las piedras parecían tener voluntad propia.

El mayordomo las condujo a través de un salón alfombrado hasta unas puertas dobles, que abrió con un ceremonial exagerado.

-Lord Elliot Monderlai -anunció con voz profunda.

Eveline entró sin vacilar.

Él estaba allí.

De pie junto a la chimenea, una figura alta y elegante vestida de negro. Su postura era la de un hombre que, aunque estaba rodeado de lujos, parecía no pertenecer realmente a ellos. Las manos, cruzadas detrás de la espalda, mostraban nervios controlados. El cabello, castaño oscuro, estaba recogido en un lazo bajo a la manera tradicional, dejando su rostro anguloso completamente expuesto.

Y sus ojos... Dios, esos ojos.

Grises como el acero frío. Inmutables. Observándola con una intensidad que casi le arrancó el aliento.

Eveline sonrió, con ese aire de indiferencia mundana que había perfeccionado durante años.

-Lord Monderlai -dijo, haciendo una reverencia impecable que, sin embargo, tenía algo de burla.

Elliot inclinó la cabeza apenas.

Su voz, cuando habló, era baja y perfectamente controlada, como un violonchelo tocando una nota grave.

-Lady Harrow. Espero que el viaje no haya sido demasiado... penoso.

-¿Penoso? -repitió ella, deslizando una mirada rápida alrededor de la sala antes de regresar a él-. Oh, en absoluto. Adoro pasar horas encerrada en una caja de madera, siendo sacudida como una muñeca de trapo.

Un destello, apenas una chispa, cruzó los ojos de Elliot.

¿Divertido? ¿Intrigado? Difícil de decir.

Él se movió entonces, despacio, acercándose a un aparador donde descansaba una bandeja de plata.

-¿Vino? -ofreció, sirviendo dos copas sin esperar respuesta.

Eveline aceptó la copa con una sonrisa ladeada. Rozó sus dedos enguantados con los de él deliberadamente. Elliot ni parpadeó.

Se llevó la copa a los labios y bebió un sorbo, manteniendo la mirada fija en la de él por encima del borde.

El silencio entre ellos era una cuerda tensa, estirada al máximo.

Finalmente, fue él quien rompió el silencio.

-¿No siente frío, Lady Harrow?

La pregunta, lanzada con la misma cortesía afilada que un florete, hizo que Eveline sonriera de verdad.

Bajó la copa y giró ligeramente, como si exhibiera mejor su vestido.

-¿Frío? ¿Con este recibimiento tan cálido? Imposible.

Elliot enarcó una ceja. El gesto, mínimo, era devastadoramente elocuente.

-Debe tener un umbral de tolerancia particularmente alto -dijo él-. Aquí, el invierno muerde.

-¿Muerde? -repitió ella, saboreando la palabra-. Qué expresión tan encantadora.

Yo habría dicho que acaricia.

-Depende de a quién acaricie -replicó Elliot, sirviéndose otra copa.

El duelo de palabras, lejos de incomodarla, encendía en Eveline una chispa de emoción olvidada.

Hacía tiempo que no encontraba a alguien capaz de seguirle el ritmo. Mucho menos, alguien que no se deshiciera en halagos baratos o miradas lujuriosas ante el primer escote bien exhibido.

Elliot, en cambio, parecía mirarla como se mira a un enigma. Con interés, sí, pero también con una reserva feroz.

-¿Le gustan los enigmas, Lord Monderlai? -preguntó, apoyándose casualmente en el respaldo de un sillón tapizado en brocado oscuro.

Él ladeó apenas la cabeza.

-Prefiero resolverlos a coleccionarlos.

-¿Y cree poder resolverme? -inquirió Eveline, dejando que su voz bajara una octava.

Un leve, muy leve, tirón en la comisura de los labios de Elliot. ¿Una sonrisa? ¿O el amago de una mueca?

-Supongo que depende de si usted desea ser resuelta -contestó él.

Eveline soltó una risa baja, musical, y se apartó del sillón para caminar hacia la ventana.

La luz gris del atardecer perfilaba su figura contra el vidrio.

-Quizás -dijo- no haya nada que resolver. Quizás soy exactamente lo que todos dicen.

Elliot no respondió enseguida. La observó. Con la quietud de un depredador que estudia a su presa.

Cuando finalmente habló, su voz fue un susurro cargado de algo peligroso.

-Lo dudo mucho.

Ella se volvió entonces, sus ojos verdes brillando con una mezcla de desafío y diversión.

-¿Así que no cree en la opinión pública, Lord Monderlai?

Él avanzó un paso. Solo un paso. Pero la atmósfera en la habitación cambió, como si el aire se hiciera más denso.

-Creo -dijo- que la verdad rara vez sobrevive al murmullo de la multitud.

Eveline alzó su copa en un brindis silencioso.

-Brindo por su escepticismo.

Chocaron suavemente las copas.

El vino rojo como la sangre tembló en los cristales.

En ese instante, un trueno retumbó en la distancia. El sonido rodó por las colinas como un presagio.

Ambos se quedaron en silencio un momento, sosteniendo las copas, las miradas trabadas en un duelo silencioso.

Finalmente, Eveline dejó su copa sobre una mesita lateral.

-¿Debo asumir que sus padres le han advertido sobre mí? -preguntó, con un aire de inocente curiosidad.

-Debo asumir -replicó Elliot- que los míos han hecho lo mismo con usted.

Ella rió abiertamente.

-¿Y qué le han dicho, Lord Monderlai? ¿Que soy una devoradora de maridos?

¿Una cazafortunas? ¿Una viuda negra?

Él la miró de arriba abajo, despacio. No con lujuria, sino con algo mucho más peligroso: entendimiento.

-Me han dicho -dijo- que usted es peligrosa.

Eveline caminó hacia él, cada paso una provocación medida.

Se detuvo a apenas medio metro.

-¿Y usted, Lord Monderlai? ¿Es peligroso?

Los ojos de Elliot destellaron brevemente.

-Solo si me subestiman.

Eveline se inclinó levemente hacia él, lo suficiente para que su perfume -una mezcla embriagadora de jazmín y algo más oscuro- lo envolviera.

-Entonces quizás -susurró- deberíamos temernos mutuamente.

Por un momento, ambos quedaron suspendidos en un silencio cargado. Tan denso que parecía que el mundo fuera a quebrarse bajo su peso.

Fue Elliot quien retrocedió primero. Un movimiento sutil, apenas perceptible, pero una retirada, al fin y al cabo.

Se volvió hacia la chimenea, como si el fuego pudiera distraerlo de la presencia avasallante de Eveline.

-Le mostraré su habitación -dijo, con voz perfectamente neutra.

Eveline sonrió, triunfante, mientras recogía su capa ligera.

-Con gusto, mi lord.

Cuando él abrió la puerta y le indicó el camino, ella pasó junto a él con una gracia insolente, rozándolo apenas con el vuelo de su falda.

Él no se movió.

Pero la tensión quedó, vibrando entre ellos como la cuerda de un violín recién pulsada.

La guerra había comenzado.

Y ambos, en el fondo, sabían que ya no había marcha atrás.

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