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Portada de la novela ¡La revancha de la increíble exesposa del CEO!

¡La revancha de la increíble exesposa del CEO!

Traicionada por Kris Miller y su mejor amiga, Thalassa Thompson sufrió la peor humillación pública. Pese a jurar su inocencia, su esposo la abandonó al desprecio general sin remordimientos. Sin embargo, ella resurge con una determinación feroz para ejecutar una venganza implacable contra quienes la pisotearon. Mientras Kris persiste en su odio, Thalassa lo desafía con audacia, decidida a que todos sus enemigos se arrodillen ante su imparable revancha.
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Capítulo 1

"Buenas noches. Estoy aquí para ver al señor Joel Asante. ¿Está por aquí?", le preguntó Thalassa a la recepcionista del Hotel Astoria.

Estaba tan tensa que no se dio cuenta de que tamborileaba ruidosamente sus dedos sobre el mostrador hasta que una mujer a su lado chistó y la miró con desagrado. Sonrió a manera de disculpa y volvió a concentrarse en la recepcionista, quien ya había confirmado la cita.

"Sí, él está aquí. Y la está esperando. Suite trece. Tome el ascensor hasta el séptimo piso y gire a la izquierda".

"Gracias", respondió Thalassa, dándose la media vuelta para irse.

Su inquietud aumentaba con cada paso que daba hacia el ascensor. ¿Por qué sentía que algo estaba mal?

Linda Miller, su suegra, fue quien la envió a la cita con ese tal Joel. Sabía que ella no la había querido desde que comenzó a salir con su hijo, Kris Miller, y su desagrado aumentó cuando se casaron, justo hacía un año.

Entonces, cuando esta la llamó y le dijo que llevara unos documentos y consiguiera que los firmaran para ganarse su aprobación, no lo dudó ni un segundo. Pensó que si conseguía el favor de su suegra, Kris volvería a ser el hombre que conocía.

El sonido de su celular la sacó de sus pensamientos. Al ver que Karen Blade, su mejor amiga, intentaba contactarla, contestó rápidamente.

"Lassa, ¿vas a hacer lo que te pidió tu suegra?", inquirió la mujer del otro lado de la línea.

"Sí. Estoy en el hotel ahora, pero siento que algo no está bien", respondió la aludida.

"Ya te dije que estás exagerando. Linda quiere que hagas algo muy sencillo para ganarte su aprobación. No le des tantas vueltas", suspiró Karen, con cansancio.

"Tienes razón", contestó la otra, sonriendo.

Justo cuando terminaron la llamada, el ascensor sonó y las puertas se abrieron lentamente. Thalassa salió y caminó hacia el lado izquierdo, como le había indicado la recepcionista.

Al llegar a la habitación con el número trece, presionó el timbre. Pasaron unos segundos, y estaba a punto de tocar de nuevo, cuando la puerta se abrió de repente, revelando a un hombre medio desnudo: solo llevaba unos shorts azules; su torso estaba al descubierto.

"¿Señor Joel Asante?", preguntó la joven, con el ceño ligeramente fruncido.

"A tu disposición", contesto él, con una sonrisa que a todas luces pretendía ser encantadora. "Y tú debes ser Thalassa Miller. Pasa, por favor".

Ella entró lentamente en la sala de estar de la suite.

"Toma asiento, por favor", le pidió el hombre, señalando el sofá.

La otra dudó, y estuvo a punto de decirle que estaba allí por las firmas, pero al recordar a su suegra diciéndole que no lo molestara, se sentó lentamente.

"¿Qué puedo ofrecerte? ¿Champán, vino o cerveza?", preguntó Joel.

"No quiero nada, gracias", expresó Thalassa, rechinando los dientes. Lo único que quería era que firmara el contrato para poder irse. Además, no entendía por qué andaba con el pecho al descubierto.

"Oh, vamos. Seguramente una copita no te caería mal, ¿verdad?", insistió él.

"Lo siento, pero solo estoy aquí para que firme estos documentos", lo rechazó nuevamente la joven, sin molestarse en ocultar su desagrado. Acto seguido, sacó una carpeta de su bolso y se la entregó al hombre, diciendo: "Mi suegra, Linda Miller, dijo que ya sabe de qué se trata el asunto".

La carpeta estaba sellada, y Thalassa ni siquiera sabía qué había en los documentos. Su suegra le había advertido que no la abriera, así que no lo había hecho, pues no quería molestarla.

"Ajá", murmuró su interlocutor, mientras agarraba la carpeta que ella le ofrecía y la abría. Comenzó a caminar por la habitación mientras revisaba su contenido.

La chica se movió en su lugar. Se sentía incómoda, especialmente porque el hombre todavía estaba sin camisa. Y le daba la impresión de que, por alguna extraña razón, estaba retrasando la firma a propósito.

Cinco minutos después, justo cuando estaba al límite de su paciencia, el timbre comenzó a sonar. Joel abrió inmediatamente la puerta, y un segundo después, Kris, el esposo de Thalassa, entró bruscamente en la habitación.

"¿Dónde está ella?", preguntó, en un tono demasiado bajo para no ser considerado peligroso. Su mirada se endureció cuando vio a su cónyuge.

"Kris, estás aquí", exclamó ella, levantándose de inmediato.

Se sentía aliviada, pues creía que su esposo podría manejar ese asunto sin problemas. Caminó hacia él, con la intención de abrazarlo, pero justo cuando se acercó, este le puso una mano en el pecho, haciéndola retroceder.

"Kris...", musitó Thalassa, mirándolo con sorpresa.

Antes de que pudiera decir algo más, su suegra entró en la habitación y, al verla, su habitual desagrado se extendió por su rostro.

"¡Traidora! Después de todo lo que mi familia ha hecho por ti, ¡¿así nos pagas?!".

Apenas la joven comenzaba a procesar esas palabras, una fuerte cachetada cayó sobre su mejilla.

"Señora Miller... ¿qué estás diciendo?", preguntó Thalassa, mirándola estupefacta, mientras se acunaba la mejilla afectada.

"¡No te atrevas a fingir que no sabes lo que está pasando! Desde que mi hijo y tú se casaron hace un año, nos has estado robando propiedades, ¡malversando millones de nuestra empresa con la ayuda de este hombre que obviamente es tu amante!", bufó Linda.

'¿Qué está pasando?', se preguntó la acusada, con la cabeza hecha un lío.

"Pero... tú me mandaste aquí. Me pediste que me encargara de que este hombre firmara los documentos. ¿Por qué dices todas esas cosas?", se defendió.

Acto seguido, se giró hacia su esposo y sintió que le estrujaban el corazón al ver su mirada acusadora. "Kris, no conozco a este hombre. ¡Te lo juro! De hecho, ¡nunca lo había visto! Créeme, por favor. ¡Tu madre fue quien me envió aquí para entregarle unos documentos para que los firmara!".

"¡Eres una descarada! ¡¿Ahora intentas implicarme en tus fechorías?!", rebatió Linda. Luego, se dirigió a su hijo, quien mantenía una expresión estoica mientras miraba a su esposa. "¿Por qué no revisas el contenido de esos dichosos documentos?".

Kris caminó hacia Joel y le arrebató la carpeta de la mano. Al leer lo que había en su interior, su rostro se oscureció. Cuando finalmente contempló a Thalassa, su mirada era aún más fría que antes. De hecho, era tan fría que ella se sintió congelada.

Desesperada, la chica se obligó a moverse y le quitó la carpeta. Las manos comenzaron a temblarle mientras leía algunas partes del documento. Todo se trataba de mover dinero discretamente a cuentas bancarias en el extranjero, en lo que era un evidente desvió de fondos...

Con los ojos llenos de lágrimas, comenzó a negar con la cabeza. Finalmente se daba cuenta de lo que sucedía: ¡la habían engañado! ¡Y todo había sido obra de su suegra!

"Kris, no sabía qué documentos había en la carpeta, ¡lo juro!", declaró, tratando de agarrarlo de la mano, pero él se apartó. "Tu madre me dijo que no la abriera, así que no lo hice. Por favor, ¡tienes que creerme! Yo nunca...".

"¡Cállate!", exclamó el aludido, silenciándola en el acto. "¡Basta de mentiras!", sentenció, acercándosele mientras la miraba a los ojos. "Justo cuando pienso que no puedes decepcionarme más, haces que me dé cuenta de que eres peor de lo que pensaba... ¡Me repugnas!".

Esas palabras fueron como una cachetada para su mujer, quien se quedó allí, demasiado aturdida para reaccionar. Ella seguía procesando todo, cuando escuchó la voz de su suegra.

"Oficiales, entren".

Thalassa abrió los ojos de par en par cuando vio a los policías entrando a la habitación. Luego miró a Kris. Seguramente él no dejaría que la arrestaran como una criminal, ¿verdad?

En segundos, recibió su respuesta.

"Oficiales, llévenselos", indicó su esposo, con una voz fría.

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