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Portada de la novela La Restauradora Regresa

La Restauradora Regresa

Sofía, una talentosa restauradora, ha sacrificado su bienestar por Ricardo, solo para descubrir una verdad devastadora: su esposo es un millonario que lleva una vida de lujos con su exnovia y el propio hijo de Sofía. Al comprender que su relación fue una apuesta humillante y que es el hazmerreír de su círculo, el dolor de Sofía se vuelve acero. Decidida a no ser una víctima más, enfrentará la traición con frialdad y exigirá el divorcio para recobrar su honor.
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Capítulo 2

El polvo de las cerámicas prehispánicas se pegaba a mi piel sudada, un recordatorio constante de las largas horas que pasaba en el pequeño taller que había improvisado en la parte trasera de nuestra casa. Mis manos, expertas en devolver la vida a piezas con siglos de historia, estaban ásperas y manchadas de tierra.

Amaba mi trabajo, pero lo hacía para sobrevivir, para pagar las cuentas, para que a mi hijo Leo no le faltara nada. Ricardo, mi esposo, siempre suspiraba con pesar, hablando de lo mal que iban las cosas en su empleo, de cómo apenas nos alcanzaba. Yo le creía. Cada centavo que ganaba lo ponía en la casa.

Mi teléfono vibró sobre la mesa de trabajo, interrumpiendo mi concentración. Era un mensaje de Ana, una vieja amiga de la universidad.

"Sofía, ¿este no es tu Ricardo? ¡Qué nivel se carga!"

Debajo del texto, una foto. Mi corazón se detuvo. Era una publicación de Instagram, de una cuenta pública. En la imagen, Ricardo sonreía ampliamente, abrazando a una mujer despampanante de cabello rubio. Reconocí a Camila Sánchez, su exnovia.

Pero no era eso lo que me dejó sin aire. Era el fondo. Estaban en un yate de lujo, con el mar azul de fondo. Copas de champaña en la mano. Y a su lado, mi hijo Leo, de cinco años, vestido con ropa de diseñador que yo jamás podría comprarle, sosteniendo un juguete carísimo.

La descripción de la foto decía: "Celebrando la vida con mis dos amores. #familia #lujo #findesemana".

Miré mis manos sucias, el plato de frijoles a medio comer en mi mesa. Sentí una náusea que subía desde el estómago. La mentira era tan descarada, tan cruel, que me costaba procesarla.

Sin pensar, marqué el número del Dr. Alejandro Vargas, mi antiguo mentor. Él siempre había creído en mí.

"Sofía, qué sorpresa. ¿Cómo estás?"

Mi voz salió rota.

"Doctor, necesito volver. Necesito mi trabajo de vuelta. El de la Ciudad de México."

Hubo un silencio del otro lado, luego su voz, cálida y firme.

"Te he estado esperando, Sofía. El puesto es tuyo desde el día que te fuiste. Sabía que tu talento no podía quedarse enterrado."

Colgué y las lágrimas que no sabía que estaba conteniendo empezaron a caer. Se mezclaron con el polvo en mis mejillas. Recordé el día que rechacé la beca para ir a restaurar un mural en Teotihuacán. Ricardo me había dicho que no podía irme, que él y el bebé Leo me necesitaban.

"El dinero no importa, mi amor. Lo que importa es que estemos juntos", me había dicho.

Y yo, tonta, enamorada, le creí. Sacrifiqué mi sueño por su supuesta necesidad, por nuestra "humilde" familia.

Esa noche, cuando Ricardo llegó a casa, traía una bolsa de pan dulce y una sonrisa cansada.

"Mi vida, qué día tan pesado. Pero te traje esto para la cena."

Miré el pan barato, luego recordé la champaña en el yate. La ira me quemaba por dentro.

"No tengo hambre", dije, mi voz plana.

Él frunció el ceño, notando mi frialdad.

"¿Qué te pasa? ¿Otro mal día en el taller?"

No respondí. Me levanté y fui a la habitación, cerrando la puerta. Unos minutos después, lo escuché hablar por teléfono en la sala, su voz era un susurro. Me acerqué a la puerta, pegando la oreja a la madera.

"Sí, mi amor, ya estoy en esta pocilga... No, no sospecha nada, se cree todo el cuento de que soy pobre."

Una pausa.

"Claro que te amo a ti, Camila. Lo de Sofía fue solo un capricho, una apuesta que se me salió de las manos. Tú siempre has sido la única."

Cada palabra era un golpe. No un pinchazo, no una espina. Era el peso de una pared derrumbándose sobre mí. La apuesta. Mi vida, mi sacrificio, mi amor... era una maldita apuesta.

Abrí la puerta lentamente. Él no me vio. Seguía hablando.

"Sí, mañana te veo en el departamento nuevo. Te amo."

Cuando colgó y se dio la vuelta, me vio allí. Palideció.

Ya no había lágrimas en mis ojos. Solo una calma helada, una determinación que no había sentido en años.

"Ricardo", dije, y mi propia voz me sonó extraña, fuerte. "Quiero el divorcio."

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