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Portada de la novela La Reina del Dragon

La Reina del Dragon

Criada en secreto en tierras escocesas por un druida y un licántropo, Guinevere, heredera de una soberana pagana, debe cumplir su destino junto a Arturo para pacificar el reino. Sin embargo, el codicioso Merlín intentará sabotear esta unión para conservar su influencia. A pesar de los conflictos bélicos y el sufrimiento inminente, un amor profundo surge entre ambos desde que se conocen, obligándolos a desafiar dragones y profecías para reclamar su trono.
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Capítulo 2

Chapter 2

Maeniel se soltó el cinto de la espada.

—Quiero ver dónde la guardas.

El criado sonrió, con cierta condescendencia, pero respondió: —Como queráis, señor.

A continuación abrió los ojos con asombro al ver la empuñadura. Estaba recubierta con una malla de oro, una malla muy gruesa, el criado nunca antes en su vida había visto tal cantidad de oro junto.

—Parece antigua.

—Lo es —respondió Maeniel.

—La empuñadura…

—La empuñadura no tiene importancia, la hoja sí que la tiene. —Al decir esto, Maeniel sacó la mitad de la hoja de la vaina. La luz de las antorchas de lo alto de las murallas formaba un arco iris en el acero.

Los dos soldados que estaban tras el sirviente intentaban ver la hoja por encima de su hombro, pero lo único que lograban ver era su reflejo.

—Un arma así sólo puede hacerla un dios —dijo uno de ellos.

Maeniel la miró con expresión triste.

—No fueron dioses, sino hombres los que la hicieron y llevaron antes de que los romanos llegaran a la Galia. Pero dejemos este tema y, por favor, cuidad de ella.

Entregó al sirviente el cinto, la espada y la funda.

—Mi maestro me otorgó las armas y yo las respeto.

A continuación se dio la vuelta y comenzó a subir la escalera. El sirviente caminaba sosteniendo la espada, tras él los soldados.

Desde la escalera Maeniel podía contemplar la inmensidad del océano. El sol no era más que un globo anaranjado entre las nubes rosáceas en el horizonte, pero como se preparaba un banquete, las antorchas alumbraban todos los rincones. El sirviente se detuvo antes de llegar al final.

—La fortaleza se construyó en forma de anillos, cada nivel se alza sobre el anterior.

En ese momento Maeniel sintió la magia, parecía que siempre le ocurría cuando menos se lo esperaba. Ese anillo tenía una superficie mayor que los demás y en él habían plantado un jardín. Había grandes superficies de cultivo sobre la arcilla y urnas enormes que contenían pequeños árboles y arbustos. Un murete que llegaba hasta la cintura rodeaba el jardín, y los árboles y enredaderas crecían pegados a él, tan frondosas éstas que casi colgaban hasta el siguiente nivel. Había rosas, muchísimas rosas, blancas, amarillas y ropas. Granados, avellanos y frambuesos, que cubrían la cerca con sus tallos espinosos. Todavía no habían dado fruto, pero estaban en flor, y las florecillas blancas se veían aquí y allá como estrellas entre las enredaderas. En las zonas de arcilla rebosaban diferentes hierbas: romero, hierbabuena (que crecía en cualquier sitio con agua y sol), poleo-menta, menta verde y menta blanca, cebollas, puerros, ajos, coles y mostaza, que ofrecía al viento nocturno y a la brisa marina sus flores amarillas en forma de cruz.

—Un jardín en el cielo —dijo Maeniel.

—Así es. ¿Sois un maestro?

—¿Un maestro? —preguntó Maeniel sorprendido—. ¿Un maestro de qué?

—De la magia, señor —aclaró el sirviente, y después señaló a los soldados.

Estaban subiendo el último tramo de escalones, que conducía a la torre interior que se alzaba sobre ellos.

—Ni siquiera se han dado cuenta de que no les seguimos y anunciarán al rey nuestra llegada. Él se lo agradecerá. Siempre es muy educado y ni siquiera les hará notar su distracción. La mayoría de las personas ni siquiera ve este jardín, y los que lo hacen creen que es una extravagancia del gran rey tener estas pocas flores y un huerto cerca de la puerta principal. Lo llevaré hasta la sala de las armas.

—Sí —respondió Maeniel—, bajo el rosal.

—Detrás —lo corrigió el sirviente, pues había macizos de rosales blancos a lo largo de toda la parte interior del muro.

Maeniel vio el muro y la entrada oculta por la magia, y él y el sirviente, que en ese momento Maeniel ya sabía que no era un simple criado, entraron. ¿Era por la mañana o por la tarde? No podía saberlo con seguridad, y el lobo no se lo dijo. El sol lucía en el horizonte, atravesando con sus rayos la neblina de la inmensa sala.

«Inmensa —pensó Maeniel—, ¿por qué inmensa?». La neblina era tan espesa que apenas podía distinguir la puerta por la que acababa de entrar, pero sentía que se trataba de un espacio enorme y vacío, de techos altos, ventanas enormes que se asomaban al cielo cargado de nubes, sacudido por los vientos que con sus severas corrientes descendentes traían frío y humedad, mientras que las corrientes ascendentes estaban cargadas de calor, del hedor de la selva, del bosque y las marismas, y un relámpago a punto de cernerse y desgarrar tierra y cielo. La neblina que lo rodeaba no llegaba a ser niebla ni tampoco rocío, sino unas nubes dispersas que cubrían aquella tierra estival.

—No sois un hombre como los demás —dijo el sirviente.

—No —respondió Maeniel tan opaco como las nubes, y también de un azul intenso, del color de la plata y anaranjado bajo la luz del nuevo sol, ¿o era el antiguo?, que ardía junto a él—, soy un lobo que a veces adquiere la apariencia de un hombre. Dime, ¿aquí está amaneciendo o atardece?

—Aquí no existe un «aquí», y no es ni lo uno ni lo otro, sino las dos cosas al mismo tiempo. ¿Deseáis algún mal a mi señor?

—No, he venido con la esperanza de que él pudiera ayudarme…

El sirviente lo detuvo con un gesto.

—No necesito saber nada más. Hay aquí quien le desea enfermedad y penurias. Se le ha advertido, pero la necesidad de establecer la paz ha prevalecido sobre el peligro. Yo no puedo hacer más que aconsejar precaución. —Alzó la espada frente a él y se oyó un repique, como si una gran campana hubiera sonado, antes de que el arma desapareciera—. En dos días le será devuelta. Esté donde esté, la tendrá. Su hoja está templada con el amor de quien la hizo. Su sangre se mezcló con el acero fundido como una ofrenda, haciéndola resistente ante cualquier magia, excepto la vuestra. No importa lo que yo haga, no lograré retenerla aquí por mucho tiempo. Es suya en más de un sentido.

Instantes después, ambos subían los escalones que conducían a la puerta de Vortigen.

—Ni siquiera los muertos pueden permanecer mucho tiempo a las puertas del cielo —continuó el sirviente—. Sólo las aves lo dominan. Por eso son sagradas para ella, aquella que te dio rostro y forma. A lo largo del tiempo ha tenido un solo nombre, la Señora.

Llegaron al final y ante ellos apareció el gran salón de Vortigen. Cuando Maeniel se volvió para mirar, el sirviente había desaparecido. El salón del banquete ocupaba la zona más alta de la fortaleza, una cúpula entera de piedra.

«Está vitrificada —pensó Maeniel—, una casa de cristal».

Había oído contar el proceso, pero nunca lo había visto. En su origen los muros eran de madera, y la cúpula de arena y otros silicatos. Con un fuego controlado se había convertido la arena en un material similar a la obsidiana, y cuando la madera había ardido apareció una gran burbuja de cristal. Ése era el salón de Vortigen. La parte interior y exterior de los muros estaba pulida, y se habían abierto espacios para la puerta y la chimenea en lo alto. Era magnífico. Maeniel entró por la puerta en forma de arco. La parte de la cúpula de cristal próxima a la chimenea era transparente, pero al ser de noche sólo las estrellas se veían a través de ella. Se reflejaban en el suelo de piedra pulida como una catarata resplandeciente. El hogar se encontraba en el centro, tres escalones conducían hasta donde el fuego ardía, calentando toda la estancia. La sala era muy grande, pero aun así las llamas se reflejaban en el suelo negro y los muros mate. Además, innumerables velas ardían, cada una de ellas sostenida por altos soportes situados detrás de una mesa que circundaba casi toda la sala.

No pocas personas estaban ya reunidas allí, deambulando por la estancia mientras bebían a sorbos vino servido en copas romanas de cristal y charlaban con amigos y desconocidos. No hacía mucho, Maeniel había visto por primera vez en el continente el nuevo sistema de hogares. Él prefería los hogares centrales, pero necesitaban demasiado combustible. Estaba seguro de que en un tiempo no muy lejano el mundo se calentaría únicamente con aquellas chimeneas. Sin embargo, había algo democrático en los hogares tradicionales, pues se podía caminar alrededor y sentirse a gusto; mientras que con las chimeneas sólo aquellos que lograban sentarse más cerca disfrutaban del calor y la luz, y el resto quedaba condenado a la creciente oscuridad y frío. Así visto, era igual a lo que sucedía a lo largo y ancho del agonizante Imperio romano.

Una bella sirvienta, de pelo rubio y ojos azules bordeados por largas pestañas, le ofreció una copa de vino. La copa era de cristal y su estructura de oro, pero cuando la joven se acercó para servirle el vino, se sorprendió a sí mismo temblando de miedo. Entonces vio el collar que llevaba la muchacha, y se fijó en que todas las otras mujeres lucían collares similares. La joven ofreció conducirlo hasta el rey y Maeniel la siguió. El hombre que imaginó que sería Vortigen estaba sentado a la mesa, justo enfrente a la puerta. Cuando llegaron ante él, la joven volvió a atender al resto de invitados. Maeniel se arrodilló.

—Levántate —dijo Vortigen—, así sólo puedo verte los ojos. Por favor, ven aquí y siéntate a mi lado.

Maeniel se levantó y asintió, mientras observaba que la mesa —una auténtica obra de arte, de madera de roble y tallada con el dragón real— estaba dividida en seis partes, con una pequeña separación entre ellas que permitían a los invitados pasar. La joven que le había conducido hasta el rey caminaba entre los invitados con su jarro de cristal, llenando las copas de los pocos que habían tomado asiento.

—Es hermosa —dijo el rey preocupado—, ¿la quieres?

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