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Portada de la novela La Reina del Dragon

La Reina del Dragon

Criada en secreto en tierras escocesas por un druida y un licántropo, Guinevere, heredera de una soberana pagana, debe cumplir su destino junto a Arturo para pacificar el reino. Sin embargo, el codicioso Merlín intentará sabotear esta unión para conservar su influencia. A pesar de los conflictos bélicos y el sufrimiento inminente, un amor profundo surge entre ambos desde que se conocen, obligándolos a desafiar dragones y profecías para reclamar su trono.
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Capítulo 3

Chapter 3

—Es hermosa —dijo el rey preocupado—, ¿la quieres?

—No. —La respuesta de Maeniel fue rotunda, incluso demasiado vehemente.

El rey le hizo un gesto tranquilizador, y Maeniel se disculpó inmediatamente. —Lo siento —dijo con más suavidad, y a continuación repitió, intentando parecer apenado—. No.

—Si lo que dice la carta sobre ti es cierto, entiendo que puedas encontrarla inquietante. Todas ellas son esclavas, ya me entendéis, mis hijos y yernos las compraron especialmente para la ocasión en Anglia, Sussex y Essex. Ninguna mujer ha sido invitada al banquete. La única razón de que estas mujeres se encuentren aquí es para servir a los invitados.

—Claro —respondió Maeniel.

Observó detenidamente a las personas que seguían llegando a la sala. Cada uno de aquellos hombres parecía tener de uno a cuatro sajones en su séquito. Maeniel rodeó la mesa y se sentó al lado del rey. —Con vuestro permiso, mi señor.

Vortigen quitó importancia a sus disculpas con un gesto y le puso la mano en la rodilla. —Y ¿cómo se encuentra mi viejo amigo y corresponsal, el obispo de Aries?

—Está bien, y os envía recuerdos.

—¿Todavía se relaciona con los bagandas?

—Así es, y en su nombre he venido. Me han dicho que sus actividades son todavía más frecuentes en este reino.

—Es cierto. Por esa razón mis hijos han traído a los sajones desde sus tierras a lo largo de toda la costa… para acabar con la hermandad de los bagandas.

Maeniel asintió. —Al igual que los galos, que utilizaron a los francos para recaudar los impuestos y reprimir la rebelión de su propio pueblo.

El rey asintió con tristeza. —En calidad de gran rey les advertí que los asaltos en la costa cesarían y los cultivos serían más rentables si disminuían los impuestos en vez de aplastar a su propio pueblo utilizando a los sajones como mercenarios. Pero lo único que han aprendido de los romanos es a destrozarlo todo y el modo de sacar el máximo provecho. Sólo permanecen fieles a sus propios intereses. Y ahora nos invaden tribus provenientes del continente, y la gente abandona sus casas y huye. La situación en el norte es diferente, nos hemos defendido rápidamente. —Tras suspirar prosiguió—: Ya no me quedan fuerzas. Durante toda mi vida he luchado contra la derrota.

De hecho, la verdad es que el mismo Maeniel lo notaba débil. Aunque sabía que no tenía más de cuarenta años, mechones canosos aclaraban el pelo del rey y profundas arrugas de fatiga, que ningún descanso podría disipar, le marcaban el rostro.

—Todo lo que los romanos hicieron fue saquear —dijo Maeniel—. Y todo lo que consiguieron fue romper los lazos que unían a los señores con su pueblo, y acabar con el derecho de esos hombres y mujeres a que, al menos, el más insignificante de esos grandes señores respondiera por sus actos. Los caciques, los tiranos y los bárbaros son las marionetas que les proporcionan placer. Los pequeños comerciantes y artesanos, habilidosos o no, no tienen ninguna importancia para ellos. Los romanos valoran la belleza, pero la convierten en su esclava; pues bien es cierto que en sus tierras el cantante, el músico, el bailarín, el escultor y el pintor son todos esclavos, al igual que los intelectuales, prelados y cualquier otra persona que no comparta con ellos la devoción por el arte de la guerra y la opresión. Ése ha sido y sigue siendo su legado, y tendremos que combatir esa maldición lo mejor que podamos.

—Todo lo que dices es cierto. Ya veo cuál es la fuente de inspiración de muchos de los argumentos del bueno del obispo.

—He tenido mucho tiempo para meditar —respondió Maeniel—. Pero tal vez éste sea el momento en el que podamos acabar con esta decadencia. Incluso en la Galia los bagandas han mantenido la esperanza, el deseo de resistir, de seguir con vida.

—No puedo ofreceros ninguna ayuda. Si mi familia llegase a saber que he recibido a un emisario de los bagandas, a un seguidor de Pelagius, tendría muchos más problemas con mis sucesores de los que ya tengo ahora. Me temo incluso que no tengo ni oro ni hombres que poner al servicio de vuestro distinguido señor. Pero hablaremos de esto más tarde, y quizás encuentre algo que ofreceros. Lo que no puedo concederos es un asiento a mi lado, pero os colocaré al final de la mesa, cerca de la puerta.

Maeniel asintió. —Me siento muy honrado de encontrarme aquí, sea cual sea mi lugar en la mesa —murmuró.

El número de invitados seguía creciendo. Entró en la sala un hombre corpulento con espada y acompañado por tres guerreros sajones. El sirviente que había recogido la espada de Maeniel lo seguía.

—Va armado —dijo Maeniel.

Vortigen observó a su invitado con tristeza. —Por supuesto. Nadie osaría retirar su espada. Es Merlín, o simplemente el merlín. Igual que yo soy Vortigen, y el Vortigen.

—Me confundís.

—Es un acertijo —respondió Vortigen.

—He oído hablar de Merlín. Es el líder de los druidas en Britania, además de arzobispo de Canterbury.

—El mismo.

—Es muy joven para ostentar tales cargos.

Era cierto que el hombre que Maeniel observaba tenía un aspecto joven. Era moreno, como tantos britanos del norte, y sin embargo de apariencia albina, de piel pálida y fina como el alabastro, ojos azules, grandes y penetrantes. La melena oscura le llegaba hasta los hombros. Sus ropas eran magníficas, de acuerdo con su alto rango. Lucía pantalones de montar de ante oscuro, polainas sujetas con ligas cruzadas y una túnica de seda del color de la medianoche bordada con estrellas de oro. El cinto de la espada estaba recubierto de diferentes tipos de ópalo y oro. Se cubría con un manto de terciopelo de color escarlata.

—Es el reino de la medianoche de Dis Pater en la Tierra —susurró Maeniel.

—No hables así —le respondió Vortigen, e hizo un gesto contra el mal de ojo.

Merlín no tardó en demostrar qué y quién era, pues sin dilación se dirigió al hogar, no para rodearlo como los simples mortales hacen, sino para cruzarlo. Descendió los tres escalones y atravesó el fuego. Maeniel y Vortigen pudieron ver cómo caminaba sobre el lecho de brasas.

«No le pueden quemar», pensó Maeniel. En ocasiones aquellos que tienen poderes especiales pueden caminar a través del fuego sin quemarse si son lo suficientemente rápidos, sin embargo, sus ropas no suelen gozar de la misma inmunidad. «Seguro que la túnica y el manto se prenden». Pero no fue así, y con desprecio, como si quisiera acabar con cualquier posible duda sobre su destreza con la magia, se detuvo y con el pie apartó a un lado un gran tronco de roble ardiendo. Una cascada de chispas flotó en el aire y lo rodeó como luciérnagas en un crepúsculo estival, pero Maeniel pudo ver que ninguna le causaba ningún daño. No había rastro de quemaduras en su piel, ni tampoco en sus ropas, y si fuera un simple mortal tendría que tenerlas, pero no era así. Cuando llegó al otro lado y subió los tres peldaños, él mismo se presentó ante Vortigen, que en ese momento estaba de pie, delante de su asiento en la mesa. No se arrodilló ante él, y Maeniel recordó que en algunas tierras de los celtas había una ley que decía que ni siquiera un rey podía hablar antes que el druida. Un murmullo de sobrecogimiento recorrió la sala, seguido de aplausos.

Merlín frunció el entrecejo.

—Bienvenido seas, Merlín —dijo Vortigen—. ¿Has venido a divertirnos con tus trucos de prestidigitador?

Maeniel notó que lo había herido.

—¿Trucos de prestidigitador, mi señor Vortigen?

Maeniel percibió la insolencia tras las palabras «mi señor».

—¿Por qué llevas espada? Creo recordar que prometiste entregarla para asistir a esta reunión. Nuestro pacto era que no hubiera armas.

En ese momento el sirviente apareció detrás de Merlín. Parecía que había llegado hasta allí sin que nadie se percatara. Hizo una gran reverencia. —¿Mi señor? —preguntó—. Creo que es la misma conversación que mantuvimos en las escaleras.

Merlín se dio la vuelta y miró al sirviente; estaba de espaldas a Maeniel, pero éste pudo ver el efecto de esa mirada, pues el criado retrocedió dos pasos. Para Maeniel eso se reveló como un nuevo tipo de poder.

Merlín volvió a dirigirse a Vortigen. —¿Qué significa esto, mi señor y rey, que no confías?

—No. No hay excepciones. Entrega las armas o vete —dijo Vortigen, señalando la puerta.

Merlín se desprendió el cinto. —Entrégasela a Vareen.

El sirviente hizo una reverencia y cogió el cinto de las manos de Merlín. Al hacerlo, Maeniel vio en su cara una mueca de dolor, oyó un silbido y llegó hasta él el olor a carne quemada. El rostro de Vareen palideció.

—No es necesario que castigues a mis sirvientes porque estés furioso conmigo — dijo Vortigen.

—Creo que sí lo es. Es necesario imponer disciplina a quien se cree superior a lo que realmente es, agotando la paciencia de aquellos que están muy por encima de ellos.

El rostro de Vareen se relajó. —Un contratiempo sin importancia, una nimiedad, en realidad.

Sonrió mirando a Maeniel y, dándose la vuelta, se dirigió a la puerta.

Merlín observó con atención la sala y a continuación saludó a cada uno de los hombres que allí había, hasta que sus ojos se posaron en Maeniel. Parecía que también a él le iba a saludar dé manera mecánica, pero su mirada volvió a él casi sin querer. —Creo que ya conozco a todos los presentes… excepto a uno. Al entrar me pareció que mantenías con él una conversación importante. ¿Interrumpo?

—De ningún modo, es un simple mensajero de un viejo amigo, Cosmos, el obispo de Aries. Me trae noticias suyas y una carta.

—¿Cuál es su nombre?

Una súbita tensión cruzó el aire. Maeniel abrió la boca para presentarse él mismo, pero Vortigen se le adelantó. —Se le conoce como el Vigilante Gris.

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