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Portada de la novela La reina de la mafia

La reina de la mafia

Valentina Constantini busca venganza en un Chicago dominado por seis hombres peligrosos. Para evitar una guerra abierta, las familias mafiosas proponen un pacto insólito: ella debe unirse al clan De Luca. Aunque intentan someterla bajo la promesa de protección, un secreto familiar y su linaje como hija de Emma cambian las reglas del juego. Entre el odio y la pasión, Valentina desafía su destino, demostrando que no necesita dueños para reclamar su corona.
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Capítulo 7

Una mujer mayor regordeta nos hace ingresar en la sala de justas luego de anunciarnos y es cuando le veo, Tina, quien está viendo al hombre a su lado, mierda, no me digas que es la mujer de Constantini.

Mi corazón late con prisa cuando quien se ahora que se llama Donato la presenta como Valentina Constantini, ese es su verdadero nombre y yo que creía que se llamaba Martina, para mi desgracia no gasta ni una mirada en mí, hasta que termina de ver con detenimiento a todos mis hermanos y primos. Es entonces cuando sus ojos se abren un poco más, algo casi imperceptible, pero lo noto, porque me está viendo a mí.

— Hola Tina.

La saludo con la intención de que sepa que la recuerdo, nunca espere que su respuesta sea tan borde, pero vamos, debo admitir que eso es lo que me calienta de esta mujer, aunque mi primo y hermano la estén molestando, tratándola de niña, casi rompo a reír cuando Leonzio salió con eso de una hermana menor, pero comprendo su punto, lo cautivo y no solo a él, la quiere acorralar, intimidar, atrapar, para que acceda a ser nuestra.

No sé cómo sentirme en este momento, las puertas del ascensor se cierran y aunque ella rechazo la oferta, nos está acompañando, creí que era porque quería pasar tiempo con nosotros, pero al llegar al estacionamiento puedo ver que solo es para salvar nuestros traseros… ella nos está ayudando y lo confirmo cuando mi primo le pregunta y ella trata de negarlo, pero me ve, a mí, solo a mí, por escasos segundo me sentí afortunado, te encontré mi reina y serás mía a como dé lugar, hermosa reina Tina.

Tiempo después:

Mi cabeza duele, como lo ha hecho toda esta maldita semana, la odio, odio este mes, odio este día, odio mi vida sin él, bebo un poco más de la… ¿segunda? ¿tercera botella? Quizás sea la cuarta y no me importa, jure no volver a cometer esa estupidez, pero… hay más de una forma de morir, como el alcohol, o mejor aún, caminar de madrugada, sola, vistiendo una falda que apenas me cubre el trasero y una busa que deja a la vista que tan erguidos están mis pezones a causa del frio que azota Chicago en esta época, y como cereza del postre, estoy caminado en uno de los peores suburbios, sí, estoy buscando problemas, estoy buscando mi muerte y eso está bien, solo así podre estar con Eliot.

— Eres todo lo que necesito, lo supe desde que éramos niños. — acaricia mi cabello y suspiro sobre su amplio pecho desnudo.

— Aun así, no puedo creer que… me buscaras, no tenías por qué hacerlo, ¿Qué hubiera pasado si te encontrabas con una Tina llena de granos, obesa y demás defectos?

— ¿Esos son defectos para ti? No mi vida, los defectos son la carencia de emociones, ser egoísta, y demás, ese era mi miedo.

— ¿Cómo?

— Temía encontrar a una Valentina caprichosa, arrogante, altanera, pero gracias a Dios no fue así, tu sigues siendo mi Tina.

— Y tú eres mi Chicco Eliot.

Éramos dos Eliot, solo tú y yo, no Don y Tina, o Tina y Emma, ni Noha y Tina, tú eras completamente mío y yo era tuya, porque si tenía defectos, aun los tengo, soy caprichosa porque te desee incluso en aquel tiempo, egoísta porque te quería solo para mí, altanera porque aleje a cuanta perra te veía, eras mío y yo era tuya… pero me dejaste.

— Idiota. — murmure cuando el recuerdo de mi mente se desvaneció y me dejo ver nuevamente la realidad que tanto odio.

— Hola Tina. — esa voz, cierro mis ojos un segundo, trato de concentrarme como el doctor me dijo, las alucinaciones no deben regresar, las debo mantener a raya en mi mente desquiciada. — ¿Estas bien? — abro mis ojos de golpe al sentir una mano en mi brazo y solo entonces es que lo veo, no es una alucinación, es Ezzio De Luca con esa maldita voz tan parecida a…

— Chicco. — digo con calma, relajando cada musculo de mi cara, sin demostrar nada, sin que él pueda ver mi odio, mi necesidad, y también mi deseo de querer grabar su voz, quizás con un mensaje de despedida, era lo mínimo que Eliot me debía, una despedida.

— ¿Qué haces aquí? Y vestida así. — su rostro serio, su mirada que lanza rayos y centellas casi me hacen reír, casi.

— Dando una vuelta, ya sabes, ver el lado miserable de la ciudad te ayuda a saber que tan afortunada… soy. — ves Eliot, puedo ser despreciable, puedo ser altanera, puedo ser lo que más odiabas de la gente rica, puedo matar a la Tina que tanto amabas. Trato de continuar con mi caminata, pero Ezzio me toma del brazo.

— ¿Qué es lo que estás haciendo en nuestro territorio Valentina? — desconfianza, eso veo en sus ojos, serás un buen mafioso algún día, cuando se largue de mi ciudad.

— Ya te dije, doy un paseo.

— ¿Vestida como una golfa? ¿bebiendo una botella de vodka?

— Para ser precisa, a tu queja Chicco, es mi cuata botella y me visto como se me da la gana, prejuicioso de mierda. — no puedo evitar sonreír al ver su rostro de asombro, una sonrisa natural, ha pasado demasiado tiempo desde que hice una.

— ¿Eres alcohólica? — coloco mi dedo índice en mi labio y ruedo los ojos como si estuviera considerando sus dichos.

— No lo creo, no es algo que necesite, solo lo bebo cuando tengo jaqueca. — Ezzio ve mis ojos con preocupación, se lo que preguntara y vuelvo a reír, maldición debería filmar este momento y mostrárselo a mamá, quizás eso la haga feliz, su hija ríe, luego de años Valentina Constantini está riendo.

— ¿Y tus jaquecas son muy recurrentes?

— Rayos Chicco, eres muy listo, me pillaste. — golpe su hombro para quitarlo de mi camino, pero en menos de un parpadeó lo tengo frente a mí, una vez más.

— ¿Dónde están tus custodios?

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