Portada de la novela La revancha del dragón

La revancha del dragón

8.3 / 10.0
Tras la traición de su familia, Viviana debe enfrentar a una deidad perversa en La revancha del dragón. En esta fantasy novel llena de acción y horror, la protagonista decidirá si huir de su pasado o luchar en una guerra épica. Lee esta y más fiction fantasy novels en línea.
Resumen de La revancha del dragón
Viviana, destinada a ser la Montero Celestial, es traicionada por su prima Siena, quien le arrebata el título y el afecto de Lucas. Tras cuatro años de destierro, Lucas vuelve con una noticia devastadora: una deidad maligna ha asesinado al padre de Viviana. Forzada a volver para las honras fúnebres, un asalto brutal la obliga a elegir su destino. ¿Mantendrá su vida corriente o combatirá en una guerra total contra el ser más perverso de la existencia?
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La revancha del dragón Capítulo 1

Dos meses antes

Estaba despertando, sintió el poder emanar de lo más profundo de su ser. Fue primero una sacudida, un pálpito, un rayo de consciencia. Así supo que iba recobrando fuerzas.

En algún momento años atrás hibernó. Fue derrotado por alguna fuerza maligna y osada que fue cegado por la avaricia y lo mandó a dormir sin importarle lo que ocurriera durante su ausencia. Supuso que había pasado mucho tiempo porque no recordaba lo sucedido, todo era borroso y trozos de recuerdos mal estructurados. Puras imágenes sueltas.

Pero respiraba cada vez más rápido, sus párpados antaño pesados como el plomo se volvían más ligeros con cada segundo que pasaba. Sus extremidades se movieron, primero solo fueron contracciones involuntarias, apenas un reencuentro con la consciencia. Posteriormente empezó a moverse voluntariamente, ordenándole a cada dedo que se extendiera y a cada miembro que se sacudiera.

Lo estaba logrando.

Abrió la boca y aspiró una gran bocanada… De agua salada. Sintió como la vida se abría paso en su interior y llenaba cada parte de sí. Estaba despierto, consciente, sabía en dónde estaba y sabía a dónde iría. Solo necesitaba recobrar fuerzas, eso no le llevaría mucho tiempo, pues el agua era su vitalidad, aquel sabor salado era lo que lo mantendría despierto y el poder del mar el que lo llevaría al éxito.

<>.  Oyó el murmullo melódico y abrió los ojos. Todo era oscuridad, soledad, sencillez. Para él era el paraíso, su lugar favorito. Recostado sobre una extensa plancha de arena, supo que era momento de activarse. Estaba en el fondo del mar, en lo más profundo de su hábitat y en dónde estaba más seguro que en cualquier otro lugar. Allá abajo nadie lo vería, por ende, nadie lo encontraría.

<>. Volvió a escuchar. El llamado provenía de todas partes, era un eco que se esparcía por su lugar. Lo supo entonces: Era el llamado del mar, era la súplica de los que a él le pertenecían y era el recuerdo de lo que fue; un dios, uno de los más poderosos si no es que el más poderoso, aquel que estaba preparado para regresar a su máximo esplendor y a la época en que fue el más venerado de todos los dioses.

<>. Era su nombre, el dueño del mar, portador de mareas y terror de la tierra. Durmió por mucho tiempo, algún traidor lo enterró en lo más profundo de su hábitat sin saber que ahí solo se agruparía y se haría mucho más fuerte. Estaba listo para lo que fuera: Luchar por su mundo, por su lugar, por el poder y, sobre todo, listo para la venganza.

Se puso en pie, bajo sus pies desnudos, la arena cosquilleo juguetona; lo reconocía. Algunas corrientes se arremolinaron a su alrededor celebrando su despertar. Lo habían extrañado. Se dio un momento para agudizar sus sentidos, para activarlos totalmente. Olía la sal, sentía las caricias, veía con claridad lo que había a su alrededor, saboreó toda mezcla que viajaba por ahí y escuchó con claridad. A lo lejos, muchos metros por arriba, criaturas emitían sonidos de alerta, sabían que estaba despertando y que estaba reclamando lo suyo.

Decidió regresarles sus ecos, deshacer su incertidumbre y hacerles ver que estaba listo. Tomó toda el agua que pudo y emitió un grito feroz. El agua vibró con fuerza llevando su mensaje a cada rincón del mar. Algunas criaturas le respondieron, otras guardaron silencio. Algunos, aunque pocos, lo veneraron, reconocieron a su amo, se pusieron a su merced.

Con el mejor humor, dobló las rodillas y se impulsó con toda la fuerza que tenía hacia arriba.

Atravesó cientos de metros a velocidad inimaginable, vio cada ser vivo que habitaba cada una de las capas, el agua lo besaba dándole la bienvenida y entonces rompió la superficie. Aspirar aire nunca fue su actividad favorita, pero en ese momento era lo que necesitaba para cerciorarse de que no era un sueño y estaba vivo.

Y lo estaba.

Rugió potente, de júbilo, de alegría. Lo habían intentado matar, destruir, exprimir, pero no lo lograron. Cualquiera que hubiese sido el enemigo fracasó en su cometido y él había vuelto tan fuerte y decidido como nunca. Bajo él, las olas se volvieron salvajes, agresivas, intentaban alcanzarlo, subió un poco más al cielo y estas se elevaron. Tanto poder era embriagante, ensordecedor, era adictivo.

Rio como un infante y voló por los aires, la brisa de las olas refrescando su piel mientras intentaba elevarse con él. Sus alas, dos pares azules como el zafiro y brillantes como una piedra preciosa resplandecían bajo la luz del sol. Eran tan duras como una escama de dragón, capaces de resistir armas hechas para destruir, pero tan sensibles como una fibra nerviosa. El aire lo rozaba y sentía tanto placer como cuando estaba por llegar al clímax.

Se dejó caer de tanta altura como se le permitía hasta colisionar con el mar. Este lo aceptó de buena gana y a pesar de que la caída debió ser dolorosa como impactar contra suelo firme, fue como caer en un colchón de plumas. Los músculos de su poderoso torso absorbiendo el impacto, acostumbrándose de nuevo al movimiento.

Estaba flotando mirando directamente al sol, permitiendo al mar acariciarlo ferviente en sus puntos más sensible, lo sintió arremolinarse alrededor de su miembro, palpando con suavidad, besando con devoción. Su respiración se aceleró, su miembro se erigió y dejó embargarse de tal sensación de placer.

Lo echaba en falta, no tanto como sentirse libre nadando sin rumbo, pero era una sensación que disfrutaba. Las caricias se volvieron consistentes y firmes, aumentaron de velocidad, sintió a su cabeza dar vueltas y después un bombeo que nació en su miembro. El clímax fue liberador y dichoso, su semilla disolviéndose en las aguas, cayendo a la profundidad.

No pudo disfrutar como quiso, pues de pronto oyó un retumbo que llamó su atención. A cientos de kilómetros, no sabría decir con exactitud cuántos, alguien también despertaba. Su hermana, la diosa de la tierra: Creadora de montañas y fosas, ira que provoca terremotos y derrumbes.

Se alzó sobre el mar y miró hacia dónde ella debiera estar. Por supuesto que no vio nada, pero la sentiría en cuanto estuviera totalmente despierta. Justo entonces sintió un hormigueo familiar y doloroso recorrer su cuerpo entero, era la señal de peligro, de extrañeza, de rareza, de muerte.

No hubo gritos, ni retumbes, ni vibraciones, si no el simple presentimiento de oscuridad, de dolor y sufrimiento, un eco sordo en lo más profundo de su mente. Era un pesimismo profundo, pero pasajero y era el terror que solo duraba un segundo.

<>. Su llamado fue un susurro con tono espectral, un sonido capaz de helar la sangre de cualquier ser vivo que no fuera un dios como él o incluso aquellas criaturas capaces de hacerles frente. Ni siquiera quiso pensar en ellos, pues algo le decía que fueron los culpables de su sueño profundo.

<>. Su hermana lanzó el llamado de nuevo, posiblemente esperando respuesta de ellos. Pero Asaf esperó, quería saber de qué humor estaba antes de revelar que estaba despierto. Ziva era radical y voluble, la diosa de la muerte tan seductora como peligrosa. Él era mejor guerrero, pero ella tenía un mejor instinto. Ziva, diosa de la muerte, reina del caos, portadora de tragedias.

<> Su hermana dio muestras de vida, tan alegre y extrovertida como solo ella lo podía ser. Su momento de revelar que estaba con ellas había llegado, junto todas sus fuerzas y pensó en su nombre tan fuerte y claro como solo él lo sabría.

La respuesta de sus hermanas no se hizo esperar. Todos pensaron sus nombres con fuerza una y otra vez, sus llamados mezclándose entre ellos haciéndose cada vez más poderosos. <>. Dijo Betsabé extasiada, sintió su éxtasis casi como el propio. <>. Expresó irritada Ziva. <>.

Y hasta ese momento Asaf no se había dado cuenta, pero era verdad. Las olas lo buscaban, la marea subía, se sentía fuerte y vivo, pero no era como antes. Algo fallaba, no sabía exactamente qué. Se concentró lo más que pudo y entonces se dio cuenta: No lo veneraban, no sentía la devoción de los suyos.

Lo habían olvidado. O tal vez solo era que de aquella época ya no quedaba nada.

<> Betsabé rugió, supo que tampoco tenía su poder por completo, pues de haberlo tenido, habría sacudido hasta lo más profundo y él mismo lo habría sentido. Pero no sintió nada.

Asaf voló lejos de ahí, dejó a las olas enloquecidas y tristes por su partida y fue a reunirse a máxima velocidad con sus hermanas. No le llevó mucho tiempo encontrarlas.

Betsabé, radiante, su cabello rubio adornado con su distinguida corona de laureles blanca y dos cuernos de marfil sobresaliendo de su cabeza, con esos ojos amarillos resplandecientes y esa sonrisa de labios carnosos se veía tan alerta como antes de una pelea. Ziva, de tez negra cuyo brillo aperlado le daba apariencia de una doncella, se veía tan tranquila como solo ella podía. Su mirada violeta examinaba a ambos, los estudiaba, su cabello plateado como luz de luna caía sobre su cara enmarcando su rostro; era hermosa.

Los tres se miraron, reconociéndose, analizándose, mostrando su respeto.

El mundo les era desconocido, apenas una sombra de lo que fue cuando reinaban, pero eso lo debían cambiar.

Un silbido potente atravesó el aire, Ziva se movió a tiempo para evitar que una jabalina de oro puro se clavara en su pecho. Betsabé chasqueó agraciadamente los dedos y la jabalina desapareció haciéndose polvo. Miraron hacia arriba al cielo, territorio que no era suyo y cuyo gobierno no estaba en los mejores términos con ellos.

No era necesario ser un genio para saber que se trataba de los ángeles, seres endemoniados tan egocéntricos como orgullosos capaces de armar una guerra solo por vanidad. Reinaban los cielos y cuando estaban en fase de demonio podían bajar al infierno: Un lugar apestoso en dónde se llevaban a cabo toda clase de perversiones, un lugar al que solo ellos podían acceder y en el que nadie querría estar.

Ziva se puso en guardia levantó su guadaña y con la otra mano blandió la espada. Betsabé hizo aparecer su bastón y él tomó su lanza de coral. Portó su armadura tan dura que no habría forma alguna de atravesarla… Excepto por escama de dragón.

Una lluvia de jabalinas cayó sobre ellos, todos volaron esparciéndose intentando esquivar cada uno de ellos. Estaban cargado y así se tratara de un rozón, la herida sería dolorosa e incluso desestabilizante.

Lograron evadir cada una, reagrupándose, esperando a que mostraran la cara.

Fue hasta que juntaron fuerzas y lanzaron un golpe al cielo, que dos cadáveres de ángel cayeron desarmados, Betsabé pulverizó los dos antes de tocar el suelo. Posteriormente, bajó un ángel de alas blancas con cabello dorado y armadura plateada. Tenía las manos alzadas y su rostro era una incógnita.

—Preséntate, ángel blanco —Ziva habló segura—. En treinta segundos te mato.

—Soy Eilam, al mando —el ángel mostró una dentadura pútrida—. No creímos que despertarían con nosotros.

—¿A qué te refieres? —inquirí confuso—. Ustedes nos durmieron.

—Y ustedes a nosotros —Eilam adoptó una actitud sombría—. Nuestra guerra no tuvo ganadores, ambos bandos caímos en sueño profundo.

Eso era, de pronto Asaf cayó en la cuenta, en la guerra de dioses contra ángeles perecieron muchos, los líderes desaparecieron y cuando quedaron ellos, la fuerza de la última batalla mandó a todos a dormir. Y de haber sido un poco más salvaje el enfrentamiento, habrían dormido para siempre.

Los tres dioses se miraron, desconfiando, un ángel no podía mentir, era parte de su naturaleza, además de que ellos recordaban, pero ángeles y dioses eran enemigos jurados desde el inicio de los tiempos, no sabían qué tanto fiarse.

—¿Quién nos despertó?

—No sabemos, tal vez fuimos nosotros mismos.

Ziva y Betsabé estaban recelosas, pero Asaf veía en las facciones del ángel que todo era verdad.

—¿Cuánto tiempo llevan despiertos?

—Veinte años y el mundo no es cómo lo dejamos.

—¿Cómo es?

El ángel dudó antes de responder.

—Turbio, no nos veneran, hay nuevos dueños, una criatura maligna, traicionera, inteligente y destructiva —siseó con enfado—. Una criatura que no tiene límites y a la que no le importa el daño que se haga con tal de conseguir lo que quiere.

Con la pura descripción tuvo suficiente. Una criatura como esas no era bien recibida, no en su mundo y no mientras ellos estuvieran vivos.

—¿Y cuál es el plan?

—Acecharlos, estudiarlos y atacarlos —tragó saliva—. Tienen apoyo y soporte de otros, los místicos se hacen llamar. Tan repugnantes como ellos, los veneran, los siguen.

Ziva cambió de expresión, se veía lista para aliarse con tal de erradicar al mundo de ese ser tan malévolo. Betsabé no estaba tan convencida, pero ella haría lo que sus hermanos, pues eran unidos y aunque solían tener problemas y muchas veces deseaban matarse, sus vidas se entrelazaban. Asaf no confiaba en los ángeles, eran enemigos jurados desde el inicio de los tiempos, pero una alianza no se veía mal, no cuando el mundo había cambiado tanto.

—¿Propones una alianza? —el ángel asintió— ¿Por qué nos atacaron?

—Los desconocimos —se excusó—. No sabíamos si eran ustedes, los dioses.

Los tres hermanos se miraron, comunicándose mentalmente, sopesando sus opciones y meditando si empezar una guerra con los ángeles o unirse para destruir a un enemigo mucho más poderoso y peligroso. Al final, la votación fue unánime.

—Estamos dentro —Ziva extendió la mano, el ángel la miró, dubitativo—. Sellemos el trato.

—Te conozco Ziva, reina del caos —Eilam sacó un guante de cobre y se lo colocó—. Si seremos aliados, debemos confiar en el otro.

El toque de Ziva era mortal, con solo un roce y la muerte iba a reclamar. Ziva sonrió, se trató de una simple prueba para el ángel, ver si era digno de unirse a ellos. Se colocó su guante negro como la noche y ambos estrecharon manos. Estaba hecho.

—¿Y tiene un nombre la criatura? —preguntó Betsabé— ¿Quién es el enemigo tan peligroso?

El ángel miró hacia abajo, frunció el ceño en señal de preocupación, tal vez una pizca de terror asomó en sus ojos.

—Humano —respondió con voz grave—. Se hacen llamar humanos.

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