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Portada de la novela La purísima amante

La purísima amante

Con el fin de salvaguardar el matrimonio de Jaime Martínez, sor Esmeralda se aventura en un vínculo prohibido al transformarse en su amante secreta. Lo que inició como un sacrificio extremo para proteger la estabilidad ajena deriva pronto en un conflicto sentimental sin precedentes. Ella jamás previó que, tras el velo del engaño y la clandestinidad, su corazón acabaría rindiéndose ante el hombre a quien inicialmente solo pretendía auxiliar.
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Capítulo 3

¿Cómo ha de quitarse la sordera y la ceguera? Quizás solamente con un purísimo milagro.

Y hablando de sordos y ciegos… Según Estela, todo marcha espléndidamente en su hogar. Además, se ha esforzado por cumplir con sus deberes de ama de casa. Y nunca le ha faltado a su marido ni con el pensamiento; pues para ella los demás hombres dejaron de existir desde que se casó con él.

Así que ¿habrá cosa que pueda reprochársele a la dedicada Estela? ¡Si hasta ha sido comprensible con el cada vez peor humor de Jaime! Y aun así, toma sus precauciones.

—En definitiva, algo está pasando, por lo que voy a descubrirlo y después arreglarlo —determina la señora mientras guarda la ropa limpia.

Otra en su lugar, sospecharía que su compañero está teniendo una aventura, mas no Estela. Parece que la señora Martínez también se le ha olvidado por completo que todavía existen los romances, pues ni siquiera se asoma a las fantasías de las telenovelas.

Pero en fin, la ingenua mujer, resuelta a dar con la verdad, esta noche ha convocado a su padre a una cena, eventualidad que sólo tiene lugar cada vez que hay una festividad o bien un problema que resolver. ¿Funcionará su táctica de hacer pasar al señor Mireles, su papá, también como padre de Jaime para sacarle toda la verdad?

***

—Estela ha llamado a su padre; creo que ya sospecha que tengo una aventura —manifiesta el químico con preocupación, mientras se vuelve a vestir.

—No temas. Estaré rezando por ti para que no caigan ni tú ni tu casa —asevera la que lo ha hecho caer.

Tras ello, la mujer de belleza celestial envuelta en deseos carnales se aproxima al cuello de su amante para dejar ahí un pequeño recuerdo, quizás más polémico que la colorada marca de una infidelidad.

—Sabes que no me gusta portar estas cosas —se queja Jaime, tratándose de quitar aquel rosario que le pesa más que cualquier culpa.

—Todos necesitamos su protección, en especial, los que… —la mujer le da un beso en la mejilla y luego en la boca para borrarle toda réplica.

La estrategia funciona, Jaime no dice nada más. En cambio, se apresura a volver a quitarle los santos hábitos a la pecadora más pura que ha conocido, la que todavía puede ver con inocencia al mundo estando ella embriagada de adulterio.

Mientras él la adora con gran devoción, de nuevo, Esmeralda gime profundamente, pues en cada sonido que emite va una indecible plegaria… «Se supone que me he metido en este asunto para salvar el sustento de una familia, pero no puedo evitar gastarlo en mí misma cada vez que me hace suya. Qué Dios tenga misericordia de nosotros…».

***

Medianoche y ya dormita la sala en penumbra y penuria. La cena familiar ha sido desplazada por un velatorio, el de la buenaventura. De pronto, la puerta es abierta con el sigilo de la clandestinidad, dándole paso al entenebrecido malhechor. Aunque ha llegado a su guarida, Jaime, en lo profundo de su conciencia, teme ensuciar su hogar con la vileza que trae en todo el cuerpo y puede que hasta en el alma.

Enseguida el traficante de idilios se dirige a su estudio, donde pretende encontrar algo de calma y un poco de coñac. Las luces de la calle pasando por las ventanas le ahorran tener que prender la lámpara del escritorio, así que sin más brinda con las tenues sombras de la culpa.

—¿Hasta ahora te acuerdas de tu familia? —sorprende una vieja voz.

El señor Mireles se levanta de su sillón, cual fantasma que inesperadamente se aparece.

—¿Qué hace usted aquí? —con la expresión de un asaltante descubierto con las manos en las joyas, Martínez se pone a la defensiva.

—Yo lo invité —aclara con autoridad Estela, levantándose de su propio sillón.

Por alguna razón, los tres están vestidos de negro, cuales enlutados que discuten por ver dónde será sepultada la finada felicidad.

—Sin embargo, no comprendo por qué se me recibe como a un maleante en mi propia casa —se irrita el confrontado.

—Lo que a mí me cuesta entender es por qué entras precisamente como un maleante a nuestra casa, como si estuvieras escondiendo algo —rebate Estela, mirando a su marido a los ojos, acercándose a su verdad o bien, a su mentira.

—Yo llego como yo quiera a mi casa —enfatiza Jaime con voz alzada.

—Claro, pero olvidas que ahora tienes una familia a la que te debes —se aproxima el suegro y recuerda con dureza.

—Jaime, has cambiado mucho últimamente; cada vez estás más distante con los niños y conmigo. Dime qué pasa. ¿Tienes algún problema en el trabajo? ¿Se trata de algún apuro económico? —la expresión de Estela profesa total disposición de ayudar a su esposo.

—¿De verdad quieres saberlo? ¿Realmente pretendes que toque el tema ante tu padre? —inesperadamente, Jaime se muestra como quien está por darle vuelta al asunto.

—Hazlo. Mi papá no es ningún extraño en esta casa. Así que puede hacer de testigo y juez entre nosotros —Estela vuelve el estudio en tribunal.

—Habla con confianza, Jaime, que lo único que queremos es arreglar las cosas —insta el señor Mireles.

—Esto es absurdo. Yo no puedo hacerlo —se avergüenza el científico.

—Tienes una amante, ¿no es así? —pretendiendo hacer más fluida la cuestión, el viejo quizás es demasiado directo.

La escandalosa conjetura cura la ceguera de Estela, quien casi muere por el impacto de lo que ahora conoce. Ante la escena en la que mientras tantas cenas se enfriaban, del otro lado de la pared, su compañero ardía en clandestina pasión, la ama de casa se repugna, pero la impotencia la fuerza a arrodillarse ante quien de pronto le ha roto el corazón.

—¿Tan fácil mandas al caño tantos años de matrimonio? ¿Por qué, Jaime? ¿Por qué? —cual papel con terrible mensaje, Estela se desgarra el alma en llanto.

—¿Por qué? —el infiel roza el gatillo—. Porque te has dedicado tanto a los quehaceres que te has olvidado de mí. Honestamente, en ocasiones, hubiera preferido ir a trabajar con la camisa arrugada, ¡pero no con telarañas en los testículos!

El hombre de ciencia desbarata toda ética, manifestando finalmente su rebelión por la satisfacción de sus necesidades más básicas. Estela, por su parte, se tapa la boca, es demasiada la indignación que vomita. Aunque no por su falta, sino por la de su esposo.

—¿Sabes cuántas veces has ido al baño y yo he tenido que limpiar de tus calzoncillos las cagadas de las que no te ocupaste debidamente? —la desengañada no duda en ensuciarse la lengua con trapos sucios—. ¡Y nunca te reproché nada! En cambio, tú, por mi falla, me respondes con una traición.

Sabrá Dios dónde quedó aquella esposa buena y comprensiva; aquella que al menos hubiera tenido el reparo de bajar la voz para no despertar a los niños con su pesadilla. El señor Mireles, entre tanto, observa apenado el drama que él también ya vivió en carne propia… «Tal vez sería más fácil si…».

—Hija, por favor, calma que no es el fin del mundo. Sé que esto no es nada agradable, pero con un poco de comprensión y compromiso por parte de ambos podrán superarlo fácilmente —plantea serenamente la solución que su difunta señora se negó a darle en su momento.

Sin embargo, la hija se levanta airada contra el hombre a quien le debe la vida.

—Cállate, papá, que por tus aventuras, mamá murió muy joven —y acaba desacreditando la autoridad que ella misma le había conferido a su progenitor.

El señor Mireles se aíra por un momento, mas sus años le aconsejan no enredarse en pleitos ajenos y…

—Por Dios, Estela, no quieras traer a la vida los asuntos de los muertos. Mejor enfócate en resolver tus propios problemas —reconviene sabiamente.

Por un instante, Estela lo mira con hostilidad, pero acata la recomendación y va al meollo de su humillación.

—No sé cómo pudiste cambiarme por una puta —reclama.

Una bofetada es la remuneración de Estela por el halago. El señor Mireles se molesta, pero termina agradeciendo la reprensión contra su insolente hija.

—No te permito que hables de esa forma de la mujer más pura que he conocido —advierte Jaime.

Aquella ironía la arranca una dolorosa risa a Estela.

—¡No puedo creerlo! Y todavía me restriegas a tu purísima, digo, tu putísima amante —la señora Martínez se aleja cada vez más de cualquier solución.

La ruptura se hace tan inminente que Luis, Lucas y Jorgito ya han venido para ver si aún pueden rescatar su hogar destruyéndose. No obstante, su padre no les da tiempo de meter las manos en el asunto.

—Ten por seguro que actuaré contra quién sea que la vitupere, incluso contra ti, Estela —finiquita Jaime antes de marcharse del brazo de su determinación de adolescente enamorado.

***

Desde hace un tiempo que los mismos riachuelos de penas riegan el altar de aquella capilla.

—Si a mi Señor le parece, entrégueme a su hijo, para que no me vuelva ladrona sin lugar en la gloria eterna —negocia la hermana Esmeralda con Dios.

***

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