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Portada de la novela Una esposa para mi hermano

Una esposa para mi hermano

Daniel es un CEO viudo de 40 años que vive para sus hijos y su empresa, tras haber cerrado su corazón al amor. Su vida cambia cuando Harry, su hermano, convence a Deanna, una joven soprano de 25 años, para fingir un compromiso y evadir una norma familiar. Aunque el trato es una farsa temporal, la química entre ambos surge de forma inevitable. Pese a la diferencia de edad y los secretos que los rodean, este engaño inicial se transforma en una pasión real que los obligará a luchar contra sus miedos y enemigos.
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Capítulo 3

“sin embargo/te doy toda mi/autorización/de que en tu cama en/ tu sueño/o en la vida cotidiana/me hagas todo lo que/ tú quieras”

Anaïs Abreu D’Argance

Anna escucha un auto detenerse frente a la pensión, su cuarto es uno de los primeros, Doña Cira, es una mujer algo estricta por lo que no le agradan las visitas a altas horas de la noche.

La joven astutamente se asoma a la ventana, Arthur le hace señas desde la ventanilla del auto. Ella sala sigilosamente sin hacer ruido. Él está parado frente a la puerta:

—Olvidaste esto en mi auto. —Le entrega el libro, ella sonríe y él sonríe también.

Sin decir palabras, ella se prende a su cuello y lo besa, Arthur la toma entre sus brazos, ella siente su fuerza, el calor de su cuerpo, lo guía sin dejar de besarlo hasta su habitación, cierra la puerta, empujándola con uno de sus pies.

Arthur la acaricia frenéticamente, toca sus delicados senos, ella se estremece, sus besos son ardientes y únicos, nunca sintió unos labios tan suaves pero a la vez apasionados. Anna desliza sus manos por su espalda, siente sus músculos y su virilidad presionarle el vientre, se pone de puntillas para dejar que su sexo se coincida con el falo erecto de Arthur.

—Te deseo Anna. —bisbisea él, mientras sus labios abandonan los de ella y se aventuran a saborear el resto de su cuerpo.

Anna gime con cada roce y contacto de sus labios húmedos que encienden el fuego en sus entrañas. Deja que él recorra su pecho con su lengua y se distraiga en cada uno de sus rosados pezones.

—Arthur, Arthur —repite su nombre como apoderándose de él.

Arthur sabe como enloquecer a cualquier mujer, delicadamente besa sus caderas, ella arquea su espalda, mueve sus caderas y hunde su abdomen obligando a que él continúe el recorrido hasta su pelvis inquieta, ella lo mira desde el norte y él la contempla desde el sur.

Él toma una de sus piernas y la deja sobre su hombro, con sus dedos abre la almeja que ella guarda celosamente desde hace veintiún años para ser deleitada por él, Arthur saborea sus labios largos. Anna sostiene su cabeza, entrelaza sus dedos en su cabello ondulado. La humedad de su vagina es tal que ella no puede contener las ganas de tenerlo dentro.

—Arthur, Arthur.

Escucha que tocan a su puerta, abre los ojos, mira a su alrededor solo está enredada entre las sábanas. No puede ser que aquello fuese un sueño. Abre los ojos, escucha nuevamente la puerta sonar. Se levanta y abre:

—Anna disculpa la hora, era para recordarte que debes pagar este fin de semana tu mes de pensión.

—No se preocupe Cira, para el fin de semana tendrá su pago. —responde aún agitada por aquel sueño.

Cierra la puerta, mira la hora, apenas son las 10:00 de la noche. Debió quedarse dormida, se acuesta nuevamente, repasa las imágenes de aquel sueño, se toca y siente la humedad de su sexo.

—¡Wow! Solo fue un sueño húmedo. Parecía tan real. Dis, ¿que me ocurre con ese hombre? —se interrogarlo a sí misma.

Se voltea nuevamente deseando continuar aquel sueño. Pero no lo logra, da vueltas y vueltas en la cama, se levanta, toma un vaso con agua. Abre su cartera, agarra el libro de Maxwell y continúa leyendo uno de los capítulos que más le ha dado trabajo Rec (sex).

Lo relee por tercera vez y mágicamente aparecen tres notas musicales en su cabeza Fa-sol-do. Anota rápidamente en la libreta que guarda debajo de su almohada. Aquel sueño había elevado en ella su sensibilidad e instinto sexual.

Anna se recuesta nuevamente y finalmente duerme hasta el amanecer. Despierta angustiada, creyendo haberse quedado dormida, se levanta corriendo de la cama, se limpia los ojos, toma el celular para ver la hora, la tranquilidad regresa a su cuerpo al ver que aún faltan algunos minutos para sonar la alarma.

Hasta ahora, siempre despertaba con la alarma, por primera vez en un mes no la necesitó. Su subconsciente está atento a sus inmensas ganas de ver al hombre de sus sueños, Arthur Venzon.

De él sabía poco, sólo lo que Michelle comentaba en sus minutos de descanso. “Es un multimillonario” “Enviudó hace muchos años y nunca más volvió a casarse” “es un amargado” pero para Anna su percepción es otra. Él era un hombre sensible que se recubría con aquella fachada para no volver a sufrir. Ella lo entendía, ella lo había vivido cuando murieron sus padres.

Se ocultaba tras el rostro de una chica mal humorada, sería y enfocada solo en sus clases de piano, por ello durante sus años en el Conservatorio Hoch tuvo pocas amistades y los chicos a quienes le llamaba la atención terminaban alejándose de ella por su carácter impasible y hostil.

Arregla su cabello, toma su chaqueta para el frío invernal de Franfourt. Camina hasta la parada del bus. Ya debería estar por pasar. Se inquieta al ver su reloj. Faltan algunos minutos para que pueda llegar a la hora que le corresponde.

Un auto se detiene frente a ella, el vidrio del copiloto baja lentamente. La mirada azul hipnótica de Venzon la deja sin aliento.

—Sube Anna.

Anna mira a todos lados, necesita cerciorarse de que no está soñando por segunda vez, abre la puerta del auto y sube.

—Buen día Sr. Venzon. ¿Usted por aquí?

—Sí, salí un poco antes de mi casa, decidí pasar por ti. Hablé con Felipe. Quiere ver sus clases de piano.

—¡Wow! —exclama emocionada la joven pelirroja.

—Vamos entonces para dejarte en tu trabajo. —pone en marcha el auto, mientras conduce le da las explicaciones del horario en que deberá ir hasta su casa— Serán dos días a la semana, miércoles y viernes de tres a cinco de la tarde, así no tendrás problemas para tomar tu bus. En cuanto al pago será semanal. Solo debes decirme cuanto será.

Anna lo mira fijamente, asiente por asentir, su mente está concentrada en sus labios y en lo maravilloso que debe ser sentirlos de verdad, no en un sueño, su piel se eriza de solo pensarlo.

—¿Escuchaste lo que te platiqué?

—Sí, sí. —responde automáticamente.

—Bien, ¿cuánto cobrarás por hora?

—La verdad no sabría decirle, es la primera vez que daré clases particulares.

—Muy bien, entonces averigua y me envías un mensaje, toma esta es mi tarjeta —saca el cartoncillo de su bolsillo y se lo entrega.

—¡Gracias Sr. Venzon! Hoy mismo le haré llegar el presupuesto.

—Sí, recuerda que deberás comenzar mañana.

El auto se detiene, ella lo mira fijamente, él le hace señas con la boca. Ella voltea a su derecha, están estacionados frente a la tienda.

—¡Ah, gracias!

—¡Qué tengas buen día Anna!

Ella baja del auto, entra por la puerta de atrás del cafetín. Michelle ya la espera ansiosa.

—Cinco minutos tarde Anna.

—Lo siento, el bus se retrasó.

—Siempre tienes una buena excusa. —refunfuña la mujer.

Anna prefiere no discutirle su injusta opinión, hoy está realmente feliz. Aunque él haya ido solo a buscarla para notificarle lo de su nuevo empleo, ella siente que el destino está jugando sus cartas para ponerlos frente a frente.

Se ocupa en su trabajo, abre la puerta del pequeño restaurante. El sol apenas se asoma pero ella se siente resplandeciente.

—¡Buen día! —saluda a cada cliente que va llegando. Luego camina hasta el mostrador.

—Un látex para llevar.

—A mí un expreso para tomar aquí, por favor.

—Yo quiero dos capuccinos.

Esta vez, respira, se relaja y atiende uno por uno a los clientes.

Llega su hora de descanso. Va hasta la cocina para almorzar. Michelle la observa, sus gestos de alegría son bastante evidente, piensa con cierta envidia, “que la puede tener así”.

Anna termina de almorzar, se regresa a su puesto de trabajo. Voltea el hablador del lado contrario “abierto” estuvo tan ocupada en la mañana que no se percató de que Arthur no fue como de costumbre por su café.

Busca en su bolso el libro, lee un poco. Se abstrae en su lectura. Escucha frente al mostrador la voz grave y sensual de Arthur.

—Un expreso por favor.

Ella lo mira con una sonrisa espléndida. Se pone de pie, deja el libro a un lado, le prepara su café y le entrega.

—¡Gracias! —responde él, se sienta en una de las mesas cruza su pierna, saca su iPhone 13 y revisa su celular mientras toma su café.

Anna evita mirarlo, no quiere parecer tan evidente frente a él, aunque en ocasiones se cruza con su mirada y un escalofrío le recorre todo el cuerpo. Comienzan a llegar algunos clientes, eso le permite a Anna enfocarse en otros asuntos, que no sea en la presencia perturbadora del CEO.

Él se levanta, va hasta el mostrador, paga su café. Ella recibe el pago, abre la caja registradora para devolverle el resto del dinero.

—Déjalo así, le cierra la mano con la suya —su roce provoca en ella la misma sensación del sueño. La humedad en su vagina, el fuego que emana desde dentro.

—¡Gracias! Si sigue dejándome propinas voy a tener que darle clases gratuitas a su hijo.

—Son dos trabajos diferentes, la propina es por tu excelente atención. Aún espero tu mensaje.

—Sí, deme un chance. Hoy ha estado cargado de trabajo el día.

Arthur sale de la tienda, sus ojos, los de ella, se van detrás de la figura masculina y perfecta de aquel hombre que provoca en ella sensaciones increíbles y estremecedoras.

Minutos después llega su compañera de cambio de turno. Anna se quita el delantal de su uniforme, se cambia en el baño y sale de la tienda.

Se aventura a caminar un poco por el centro de la ciudad, mira su reloj de pulsera, su bus deberá pasar en treinta minutos. Camina distraida mirando las vidrieras. Como si algo le dijera que debe mirar a su derecha, Anna voltea y mira un auto igual al de Arthur estacionado del otro lado de la calle, reconoce que el hombre que conduce es él, pronto ve una hermosa rubia acercarse, sube al auto y lo besa en la boca. Anna siente por primera vez aquella sensación hostil y a la vez angustiante de los celos. Su héroe tenía su propia doncella, esta vez no era un sueño. Mientras el auto se aleja, se aleja de ella la esperanza de soñar con él, de que su sueño pudiera convertirse en realidad.

Mira la hora, solo faltan cinco minutos para que el bus pase y ella pueda llegar a tiempo a la parada, corre desesperada, corre como corría de niña detrás de las mariposas para atraparlas. Su corazón palpita agitado. Sube al bus, camina hacia la parte de atrás, se sienta en el último de los asientos al lado de un chico de cabello oscuro y mirada profunda, quien la contempla de forma inquisitiva.

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