
La Profecía Rota: Nuestro Amor
Capítulo 2
La música del evento de beneficencia era tan fuerte que hacía vibrar el piso de mármol.
Cientos de personas vestidas con sus mejores galas llenaban el salón, sus risas y conversaciones se mezclaban en un zumbido constante.
Hacía cinco años que no pisaba un lugar así en esta ciudad.
Cinco años desde que me fui.
Ahora, había vuelto, pero no me sentía como en casa, me sentía como una extraña en una fiesta a la que no había sido invitada.
"Sofía, ¿estás bien? Te ves un poco pálida", me preguntó Carlos, mi colega del bufete de abogados, acercándose con dos copas de champaña.
"Estoy bien", mentí, tomando una de las copas, "Solo es el ruido".
Pero no era el ruido.
Era él.
Diego Fuentes.
Estaba al otro lado del salón, de espaldas a mí, pero lo reconocería en cualquier parte.
Más alto, más imponente que en mis recuerdos, vestido con un traje oscuro que seguramente costaba más que mi coche.
A su lado, colgada de su brazo, estaba Camila Vargas. La actriz del momento, la mujer por la que todos suspiraban.
La mujer que él siempre amó.
Justo en ese momento, Camila se estremeció ligeramente, quizás por el aire acondicionado.
Diego se dio cuenta de inmediato.
Sin decir una palabra, se quitó el saco y lo colocó con una delicadeza infinita sobre los hombros de ella.
Luego, le susurró algo al oído, y ella sonrió, una sonrisa radiante que iluminó todo a su alrededor.
Sentí una punzada en el pecho.
Un eco doloroso de un pasado que creía enterrado.
Diego nunca me había mirado así. Nunca me había cuidado de esa manera.
"Esa es la pareja del año", comentó Carlos, siguiendo mi mirada, "El magnate de la tecnología y la estrella de cine. Dicen que se van a casar pronto".
Apreté la copa con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos.
"Mira quién está aquí", dijo una voz chillona a mis espaldas.
Me giré y vi a Isabel, la hermana de Diego. Sus ojos me recorrieron con un desprecio mal disimulado.
"Sofía Romero. Vaya, vaya. Pensé que no te atreverías a volver a poner un pie en esta ciudad".
"Isabel", la saludé con frialdad.
"¿Qué se siente verlos tan felices?", continuó, con una sonrisa maliciosa, "¿No te arrepientes de haberlo dejado ir? Ahora es el hombre más poderoso del país, y tú... bueno, sigues siendo tú".
No le respondí. Darle una reacción era darle la victoria.
Justo en ese momento, el anfitrión del evento, el señor Velasco, un empresario corpulento y amigo de mi padre, se acercó a nuestro grupo.
"¡Sofía, qué gusto verte de vuelta! Carlos me ha contado maravillas de tu trabajo como abogada en el extranjero".
"Señor Velasco, un placer", respondí, forzando una sonrisa.
"De hecho", continuó el señor Velasco, con entusiasmo, "Tengo un caso perfecto para ti. Es un litigio corporativo complejo, y necesito a los mejores. Es para la empresa de Diego Fuentes".
El aire se volvió denso. Sentí la mirada de Carlos, expectante. Sentí la sonrisa triunfante de Isabel.
Todos esperaban que saltara ante la oportunidad de volver a acercarme a Diego, de arrastrarme por las migajas de su atención.
Miré directamente al señor Velasco.
"Le agradezco la oferta, señor", dije, con la voz clara y firme, "Pero no estoy interesada".
El silencio que siguió fue más ruidoso que la música.
Carlos me miró como si me hubiera vuelto loca. La sonrisa de Isabel se borró, reemplazada por la confusión.
"Pero, Sofía... es FuentesTech", tartamudeó el señor Velasco, "Es la oportunidad de tu carrera".
"Tengo mis razones", dije, dejando la copa intacta sobre la bandeja de un mesero que pasaba. "Con su permiso, necesito tomar un poco de aire".
Me di la vuelta y caminé hacia la terraza, sintiendo sus miradas clavadas en mi espalda.
Una vez afuera, el aire fresco de la noche me golpeó la cara. Me apoyé en la barandilla, respirando hondo.
"¿Se puede saber qué fue eso?", preguntó Carlos, siguiéndome.
"Ya te lo dije, no me interesa ese caso".
"¿No te interesa? ¡Sofía, todo el mundo mataría por trabajar con Diego Fuentes! Rechazarlo así, en público... la gente hablará".
"Que hablen", respondí, mirando las luces de la ciudad. "Ya lo hacen. Siempre lo han hecho".
"¿Es por él? ¿Por lo que pasó entre ustedes?".
No respondí. Carlos era un buen amigo, pero no sabía toda la historia. Nadie la sabía.
Nadie sabía que mi partida no fue un capricho.
Fue una sentencia.
"Él te odia, Sofía", dijo Carlos en voz baja. "He oído las historias. La forma en que lo dejaste... dicen que lo destrozaste".
"Lo sé".
"Entonces, ¿por qué volver? ¿Por qué arriesgarte a encontrártelo?".
Porque mi padre está enfermo. Porque este es mi hogar, a pesar de todo. Porque mi hija, Renata, merece conocer a su familia.
Pero no podía decirle eso.
Solo podía recordar el poder que Diego ya tenía en ese entonces, incluso cuando era solo un joven adoptado por mi familia.
Un poder silencioso y magnético que lo envolvía.
Ahora, ese poder se había multiplicado por mil. Se había convertido en un imperio.
Y yo, la chica que una vez lo tuvo todo y lo tiró a la basura, había vuelto para enfrentarlo.
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