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Portada de la novela La Profecía Rota: Nuestro Amor

La Profecía Rota: Nuestro Amor

Sofía Romero vuelve a México tras cinco años de exilio, decidida a enfrentar su pasado y la profecía que intentó eludir. Su retorno se complica cuando Diego Fuentes, un influyente magnate, descubre tras un accidente que tienen una hija llamada Renata. Lleno de resentimiento, Diego la retiene a su lado mientras se acerca su boda con Camila Vargas. En medio de traiciones, Sofía nota que su sacrificio fue inútil y que el amor de Diego persiste pese al daño.
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Capítulo 3

La primera vez que vi a Diego, él tenía diecisiete años y yo quince.

Mi padre lo trajo a casa una tarde de lluvia. Estaba empapado, delgado y con una mirada desafiante que no encajaba con la ropa gastada que llevaba puesta.

"Sofía, saluda a Diego", dijo mi padre, poniendo una mano sobre el hombro del chico. "A partir de hoy, vivirá con nosotros. Es parte de la familia".

Nuestra casa era una de las más grandes de la colonia, un laberinto de habitaciones lujosas y jardines cuidados. Diego la miraba todo con una mezcla de asombro y desconfianza, como un animal salvaje atrapado en una jaula de oro.

Desde el primer momento, quedé fascinada con él.

Con su silencio, con la tristeza que se escondía en sus ojos oscuros.

Mientras mi familia intentaba integrarlo, yo lo observaba. Me gustaba la forma en que fruncía el ceño cuando leía, la determinación con la que se enfrentaba a las materias que le costaban trabajo en la escuela a la que mi padre lo inscribió.

Un día, lo encontré en la biblioteca, estudiando. Me senté frente a él.

"Diego", le dije, sin rodeos.

Él levantó la vista de su libro, sorprendido.

"Me gustas", solté.

Sus mejillas se tiñeron de un rojo pálido. Desvió la mirada, incómodo.

"Sofía, no digas eso. Somos como hermanos. Tu padre me dio un hogar, no puedo..."

"No somos hermanos", lo interrumpí. "Y mi padre no tiene nada que ver con esto. Me gustas tú".

Él negó con la cabeza y cerró el libro.

"Por favor, no compliques las cosas", dijo, y se levantó para irse.

Su rechazo solo aumentó mi obsesión. Yo, Sofía Romero, que siempre había tenido todo lo que quería, no podía tener al único chico que me interesaba.

Unos meses después, supe que la madre biológica de Diego, que vivía en un pueblo a las afueras de la ciudad, estaba muy enferma. Necesitaba una operación costosa que él no podía pagar.

Lo vi desesperado, haciendo llamadas, buscando trabajos de medio tiempo, vendiendo las pocas cosas de valor que tenía.

Vi mi oportunidad.

Usé el dinero de mi fideicomiso, una cantidad que para mí no significaba nada, pero que para él era el mundo entero, y pagué todos los gastos del hospital. De forma anónima, al principio.

Cuando su madre se recuperó, él se enteró de que había sido yo.

Vino a buscarme a mi habitación. Sus ojos estaban llenos de una mezcla de gratitud y humillación.

"¿Por qué lo hiciste?", preguntó.

"Porque me importas", respondí, acercándome a él. "Haría cualquier cosa por ti, Diego".

Él no se movió. La tensión en la habitación era palpable.

"Quiero que estés conmigo", le dije, mi voz un susurro. "No como un hermano. Como algo más".

Él cerró los ojos, como si estuviera librando una batalla interna. Sabía que se sentía en deuda. Sabía que no podía negarse.

"Está bien", dijo finalmente, con la voz resignada.

Así comenzó nuestra relación. Construida sobre la gratitud de él y mi capricho.

Yo estaba feliz. Creía que con el tiempo, su gratitud se convertiría en amor.

Un verano, insistí en acompañarlo a su pueblo para visitar a su madre ya recuperada.

El pueblo era pequeño, polvoriento y humilde. Todo lo contrario a mi mundo.

Fue allí donde la conocí.

Camila Vargas.

Era la vecina de su madre. Una chica de belleza sencilla, con una sonrisa tímida y ojos que brillaban cada vez que miraban a Diego.

Los vi hablar en el patio. Reían con una complicidad que yo nunca había compartido con él.

Su madre nos contó historias de su infancia, de cómo Diego y Camila habían sido inseparables, de sus promesas de niños.

"Siempre pensé que esos dos terminarían juntos", dijo la señora, con una sonrisa nostálgica.

Sentí un frío recorrer mi espalda a pesar del calor.

Esa noche, en la pequeña habitación de invitados, le pregunté a Diego.

"¿La quieres?".

Él tardó en responder.

"Es mi amiga de la infancia, Sofía. Nada más".

"¿Estás seguro?".

"Estoy contigo, ¿no?", respondió, pero su voz sonaba hueca.

Me aferré a esas palabras. Me las repetí una y otra vez durante los siguientes años.

Él estaba conmigo.

Yo había ganado.

Pero en el fondo de mi corazón, una duda venenosa había echado raíces.

Sabía que él estaba conmigo por gratitud, por obligación. Y cada vez que veía el nombre de Camila en una revista o en la televisión, esa duda crecía, recordándome que su corazón, en realidad, nunca me había pertenecido.

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