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Portada de la novela La prisionera quiere la Libertad

La prisionera quiere la Libertad

Isabella se ve forzada a suplicar el apoyo de su esposo, Álex, para salvar la vida de su madre. Él, consumido por rencores de una existencia previa, le impone un trato cruel: perder sus bienes y tolerar su romance con Lorena. Sometida a maltratos constantes y acusada de un crimen que no cometió contra la familia de Álex, Isabella vive un calvario de venganza. Sin más opciones para escapar de su control, decide simular su propio deceso para recuperar su vida.
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Capítulo 2

El teléfono sonó, rompiendo el silencio tenso de la sala de espera del hospital.

Isabella "Isa" Valdés vio el nombre de Alejandro "Álex" Domínguez en la pantalla y su corazón dio un vuelco.

Su madre, Doña Carmen, acababa de sufrir un colapso debido a su rara enfermedad cardíaca.

Los médicos dijeron que necesitaba un tratamiento experimental carísimo en Houston, o moriría.

"¿Qué quieres?" La voz de Álex era fría, como el acero.

Isa tragó saliva. "Álex, es mamá... está muy grave. Necesita..."

"Lo sé," la interrumpió él. "Mis hombres ya me informaron. Cubriré todos los gastos."

Un alivio momentáneo inundó a Isa, pero fue efímero.

"Con una condición," añadió Álex. "Firmarás un acuerdo postnupcial. Renunciarás a todo el patrimonio Domínguez. Y aceptarás públicamente mi relación con Lorena Pineda. Ella es mi protegida ahora."

Isa sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. ¿Su protegida? ¿Lorena, esa joven artista que Álex había empezado a frecuentar?

"Pero Álex... somos esposos."

"Un contrato, Isabella. Siempre fue un contrato. Nunca hubo amor de mi parte."

Las palabras la golpearon como latigazos. Ella quería gritar, decirle que él mentía, que en su vida anterior él la había amado hasta la locura, hasta la muerte.

Pero se mordió el labio. Sabía que él también había renacido. El dolor en sus ojos, aunque oculto tras una fachada de crueldad, era el mismo dolor que ella había visto en su espíritu cuando ambos murieron.

Las lágrimas corrían por las mejillas de Isa mientras recordaba.

No, esta no era la primera vez que vivía esta vida.

En su vida anterior, ella había sido Isabella Valdés, la esposa superficial y egoísta de Alejandro Domínguez.

Se casaron por un acuerdo entre sus influyentes familias de Ciudad de México.

Él, un arquitecto de renombre, la amaba con una devoción que ella despreciaba.

Ella estaba cegada por Gabriel Herrera, un artista bohemio, carismático pero ruin.

Lo humillaba constantemente, en público y en privado.

Se escapaba para encontrarse con Gabriel, dejando a Álex solo en cenas importantes, ridiculizándolo frente a sus socios.

Gabriel no la amaba; solo quería el prestigio y la fortuna de los Domínguez.

Cuando descubrió que Isa no heredaría la fortuna principal, la usó.

La manipuló, le hizo creer que Álex era el culpable de la ruina de su propia familia Valdés.

La convenció de huir con él, justo cuando Álex más la necesitaba.

Pero Gabriel no se detuvo ahí. Secuestró a Isa.

Llamó a Álex. "Si quieres volver a ver a tu esposita, Domínguez, tendrás que pagar."

"Quiero que renuncies a tus proyectos, uno por uno. Que vendas tus propiedades. Que te arruines."

Álex, por amor a ella, cedió.

Perdió su reputación, su fortuna, todo.

Cuando Isa vio la ruina de Alejandro y la verdadera cara de Gabriel, la desesperación la consumió.

Se quitó la vida en el estudio de Gabriel.

Su espíritu vio cómo Álex, destrozado, confrontaba a Gabriel.

Hubo un forcejeo. Un incendio accidental.

Álex murió susurrando su nombre, "Isabella", mientras las llamas los devoraban a ambos.

Ella había flotado, viendo su propio cuerpo sin vida, viendo a Álex morir por ella, por el amor que ella había pisoteado.

El dolor, la culpa, el arrepentimiento la habían desgarrado.

"¡Te amó, Isabella! ¡Te amó más que a su vida!" gritó su alma en silencio.

Entonces, despertó.

Era el día de su primer aniversario de bodas. Había renacido.

Con una única misión: amar y proteger a Alejandro. Reparar el daño.

Pero el Alejandro que encontró era un hombre cambiado.

Distante, sarcástico.

Y con Lorena Pineda a su lado.

Isa lo miró, ahora en el hospital, su rostro una máscara de frialdad.

"¿Por qué haces esto, Álex? ¿Por qué tanta crueldad?"

Él sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos. "Llamémoslo... una prueba, Isabella. Para ver si realmente has cambiado."

Ella entendió. Él también recordaba. Y la estaba castigando.

Su corazón se encogió, pero asintió. "Acepto tus condiciones."

Por su madre, haría cualquier cosa. Incluso soportar esta nueva tortura.

Al día siguiente, Isa firmó los papeles que le presentó el abogado de Álex.

Renunció a todo.

Sintió un vacío helado, una resignación amarga.

Su padre, Don Ricardo Valdés, un profesor universitario jubilado, la miraba con preocupación.

"Hija, ¿estás segura de esto?"

Isa asintió, forzando una sonrisa. "Es lo mejor para mamá, papá."

Doña Carmen fue trasladada a Houston esa misma tarde.

Isa se quedó en Ciudad de México, sola en la enorme mansión Domínguez que ahora se sentía como una prisión dorada.

Álex apenas aparecía. Cuando lo hacía, era para recordarle su "acuerdo".

O para hablar de Lorena.

"Lorena está organizando una exposición. Necesita mi apoyo."

"Lorena tiene un talento increíble. Será una gran artista."

Isa escuchaba en silencio, el dolor oprimiéndole el pecho.

Una noche, Álex llegó tarde. Había bebido.

La encontró en la biblioteca, leyendo.

Se acercó, su aliento olía a tequila.

"Sabes, Isabella," arrastró las palabras, "¿recuerdas aquella fiesta en casa de los Montero? Fingiste que te encantaba el tequila, solo para impresionar a no sé quién. Pero yo sabía que lo odiabas. Siempre lo supe."

Isa se quedó helada. Ese era un detalle íntimo, un secreto entre ellos de su vida pasada.

"¿Cómo... cómo sabes eso?"

Álex se encogió de hombros. "Tengo buena memoria. O quizás alguien me lo comentó."

Pero sus ojos decían otra cosa. Decían: "Yo también recuerdo, Isabella. Recuerdo todo."

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