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Portada de la novela La Pena Merecida Tardía Pero Llega

La Pena Merecida Tardía Pero Llega

Al despertar en un hospital, Sofía recupera las memorias de una vida anterior marcada por la traición de Ricardo y Camila. Un accidente le permite eludir el compromiso que causó su ruina. Decidida a salvaguardar su legado y talento, abandona a su manipulador novio y acude a Mateo, su fiel amigo. Con el fin de protegerse de la codicia ajena, ella le propone una boda inesperada, iniciando una lucha implacable por recuperar el destino que le fue arrebatado.
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Capítulo 2

El olor a desinfectante me golpeó primero, agudo y limpio, llenando mis pulmones. Luego vino el dolor, un martilleo sordo en la parte posterior de mi cabeza. Abrí los ojos. Las luces del techo del hospital eran blancas y demasiado brillantes.

No tenía amnesia. Ojalá la tuviera.

Recordaba el coche que se pasó el alto, el sonido del metal retorciéndose y el golpe seco de mi cabeza contra la ventana. Pero debajo de ese recuerdo fresco había otros, una avalancha de imágenes tan reales y aterradoras que me robaron el aliento.

Eran recuerdos de una vida que ya había vivido.

Una vida donde no tuve este accidente.

En esa vida, yo corría hacia el restaurante de lujo donde Ricardo Montiel, mi novio, el influencer de sonrisa perfecta, me esperaba. Corría emocionada porque me había dicho que tenía la sorpresa más grande de nuestras vidas.

La sorpresa era un anillo.

Recuerdo haber dicho que sí, con lágrimas de felicidad corriendo por mi cara. Recuerdo la fiesta, a nuestros amigos aplaudiendo, y a su nueva socia, Camila Soto, abrazándome con una sonrisa que nunca llegó a sus ojos.

Ese "sí" fue el principio de mi fin.

Los recuerdos seguían llegando, implacables. Ricardo posponiendo la boda una y otra vez, siempre con una excusa perfecta. Yo trabajando día y noche en mi taller, creando colecciones enteras de ropa, diseños que él llamaba "nuestros proyectos". Le entregué mi alma en cada boceto, cada puntada.

Luego, el lanzamiento de su marca de ropa. Mis diseños, mi trabajo, pero con su nombre en la etiqueta. "Es mejor para el negocio, mi amor," me dijo. "Tú eres el talento, yo soy la cara. Juntos somos invencibles."

Y yo le creí.

Vi cómo su fama explotaba. Ricardo y Camila se volvieron la pareja de influencers más cotizada de México. Viajes, patrocinios, portadas de revistas. Yo me quedé atrás, en la sombra de mi propio taller, cada vez más aislada, trabajando para alimentar su éxito.

La última memoria era la más clara y la más fría. Yo, finalmente confrontándolo, con las pruebas de que no solo me robó los diseños, sino también el dinero de nuestra cuenta conjunta. Él ni siquiera lo negó. Se rio.

"Sofía, por favor," dijo, con Camila a su lado, luciendo mis diseños. "Fuiste un escalón necesario. Nadie iba a tomar en serio a una diseñadora desconocida. Yo te di una plataforma."

Me echaron de la casa que yo había pagado. Meses después, sola y en bancarrota, me atropelló un coche que se dio a la fuga. Mientras yacía en el asfalto, mi último pensamiento fue para Mateo Durán, mi mejor amigo, el único que siempre me advirtió sobre Ricardo. El único al que nunca escuché.

Una enfermera entró en la habitación, rompiendo mi trance.

"Señorita Vargas, qué bueno que despierta," dijo con una voz amable. "Tuvo suerte, solo fue una conmoción cerebral leve y algunos raspones. Su tía ya viene en camino."

Miré el calendario digital en la pared. Mis ojos se abrieron como platos. Era el día. El día de la propuesta. El accidente de coche en esta vida me había salvado de correr hacia mi propia destrucción.

No era un sueño. Era una segunda oportunidad.

Una furia fría y lúcida reemplazó el pánico. Esta vez, las cosas serían diferentes. No habría lágrimas, ni ingenuidad, ni sacrificios estúpidos. Esta vez, yo iba a ganar.

Mi celular vibró en la mesita de noche. La pantalla se iluminó con su foto. Ricardo.

Deslicé el dedo para contestar.

"Mi amor, ¿dónde andas?" su voz sonaba melosa, impaciente. "Te estoy esperando. La sorpresa de tu vida te espera, no tardes."

En mi vida pasada, esa voz me hacía temblar de emoción. Ahora, solo sentía un asco profundo.

Respiré hondo, mi voz salió firme y clara, sin un solo temblor.

"Ricardo."

Hice una pausa.

"Se acabó. No vengas. No me busques. Terminamos."

Colgué antes de que pudiera responder. Bloqueé su número. Luego el de Camila. Sentí como si me hubiera quitado un tumor del pecho. Podía respirar de nuevo.

La puerta se abrió de golpe y mi tía Carmen entró corriendo, con el rostro pálido de preocupación. Ella era una exmodelo famosa en los noventa, ahora una mujer de negocios formidable que siempre había sido mi ancla.

"¡Mija! ¿Estás bien? Me llamaron del hospital, casi me muero del susto."

Me abrazó con fuerza.

"Estoy bien, tía. De verdad," dije, devolviéndole el abrazo. "Mejor que nunca."

Ella se apartó y me miró a los ojos, buscando la verdad.

"Acabo de terminar con Ricardo," solté.

Mi tía Carmen parpadeó, sorprendida. Abrió la boca para decir algo, probablemente para preguntar por qué, pero la cerró. Estudió mi rostro, la nueva dureza en mis ojos, la ausencia de la adoración ciega que siempre tenía por Ricardo.

Una pequeña sonrisa se formó en sus labios.

"Ya era hora," dijo simplemente, y su apoyo incondicional casi me hace llorar de alivio. "Ese hombre nunca me dio buena espina. Demasiada sonrisa y poco corazón."

Nos quedamos en silencio un momento. Luego, decidí plantar la primera semilla.

"Tía, ¿recuerdas la campaña de café para la que Ricardo hizo el logo?"

Ella asintió. "Claro, dijeron que fue su idea genial. Le pagaron una fortuna."

"No fue su idea," dije, fingiendo una revelación tardía. "Ahora que lo pienso, con la cabeza más clara... yo dibujé ese mismo diseño en una servilleta una noche que cenamos. Se lo mostré. Él dijo que no era gran cosa."

Mi tía se quedó quieta. La vi procesar la información, conectar los puntos. Su expresión se endureció.

"Ese infeliz," susurró.

Justo en ese momento, la puerta de la habitación se abrió con violencia. Ricardo estaba allí, con el rostro rojo de furia. Ignoró por completo a mi tía y caminó directamente hacia mí.

"Sofía, ¿qué demonios fue esa llamada? ¿Es una broma? ¿Por el accidente? Porque si es así, no tiene gracia," dijo, su voz era un siseo bajo y amenazante.

"No es una broma, Ricardo. Te dije que se acabó," respondí, mi voz tan tranquila que pareció enfurecerlo más.

Agarró mi brazo, su mano apretando con fuerza.

"No, no puedes hacerme esto," dijo, acercando su cara a la mía. Su aliento olía a menta y arrogancia. "Nuestro futuro ya está escrito. Tengo todo planeado, la fiesta, el anuncio..."

Luego, sus ojos se oscurecieron y dijo las palabras que me confirmaron que era un monstruo.

"No me puedes dejar. No después de todo lo que me debes."

La frase era tan absurda, tan manipuladora, que casi me reí. En mi vida anterior, me habría confundido, me habría hecho sentir culpable. ¿Qué le debía yo? ¿Mi talento? ¿Mi vida?

Ahora, solo veía a un hombre patético y desesperado perdiendo el control.

Mi tía Carmen dio un paso al frente, su voz cortando el aire como un látigo.

"Suéltala, Ricardo. Ahora mismo."

Él la miró como si acabara de notar su presencia. Su sonrisa falsa volvió a su lugar.

"Carmen, qué gusto. Solo hablábamos de un malentendido," dijo, pero no me soltó.

"He oído suficiente," dijo mi tía. "Y vi suficiente. Suelta a mi sobrina o llamo a seguridad. Y créeme, no querrás ese tipo de publicidad."

Ricardo finalmente me soltó, como si mi piel quemara. Dio un paso atrás, arreglándose la camisa de diseñador. Me lanzó una última mirada, una mezcla de confusión y veneno.

"Esto no se queda así, Sofía," prometió.

Luego se dio la vuelta y salió de la habitación tan rápido como había entrado.

Me quedé mirando la puerta cerrada, el lugar en mi brazo donde sus dedos habían apretado todavía ardía. Pero por dentro, sentía un frío absoluto.

La guerra acababa de empezar. Y esta vez, yo estaba lista.

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