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Portada de la novela La Pena Merecida Tardía Pero Llega

La Pena Merecida Tardía Pero Llega

Al despertar en un hospital, Sofía recupera las memorias de una vida anterior marcada por la traición de Ricardo y Camila. Un accidente le permite eludir el compromiso que causó su ruina. Decidida a salvaguardar su legado y talento, abandona a su manipulador novio y acude a Mateo, su fiel amigo. Con el fin de protegerse de la codicia ajena, ella le propone una boda inesperada, iniciando una lucha implacable por recuperar el destino que le fue arrebatado.
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Capítulo 3

El recuerdo del dolor era una cosa física. A veces, sentada en la cama del hospital, sentía un eco fantasma del frío del pavimento contra mi espalda, o el sabor a sangre en mi boca. Eran los últimos momentos de mi otra vida, y se negaban a desaparecer.

No era solo el dolor físico. Era el dolor de la humillación. Recordaba cada palabra condescendiente de Ricardo, cada sonrisa burlona de Camila. Recordaba cómo me hicieron sentir pequeña, insignificante, una herramienta que se desecha una vez que ha cumplido su propósito.

La rabia era un fuego constante en mi pecho, pero debajo de ella, había una tristeza profunda por la chica que fui. La Sofía ingenua que creía en el amor por encima de todo, que pensaba que el talento y el trabajo duro siempre serían recompensados.

Esa Sofía estaba muerta. Y yo estaba de luto por ella.

Recordé el sacrificio más grande que hice por Ricardo. Mi abuela me había dejado un pequeño departamento en la colonia Roma. Era mi herencia, mi único patrimonio. Lo vendí. Lo vendí para financiar el primer gran evento de Ricardo, la fiesta de lanzamiento que lo puso en el mapa.

"Es una inversión en nuestro futuro, mi amor," me había dicho, besándome la frente. "Te lo devolveré multiplicado por cien."

Nunca vi un peso de ese dinero.

Y ahora, en esta nueva vida, el departamento todavía era mío. El dinero estaba seguro en mi cuenta. Era un pensamiento que me daba una satisfacción amarga. Era la primera pieza de mi vida que le había arrebatado.

Estaba perdida en estos pensamientos oscuros cuando la puerta se abrió suavemente. Era Mateo.

Mateo Durán. Mi mejor amigo. Un chef increíblemente talentoso con un restaurante que empezaba a hacer ruido en la escena culinaria de la ciudad. Y el hombre que siempre me había amado en secreto, aunque yo, en mi ceguera, nunca lo había visto.

En mi otra vida, cuando todo se vino abajo, fue el único que intentó ayudarme. Le rogué que me dejara en paz, consumida por la vergüenza. Murió sin saber que yo también lo amaba, un descubrimiento que hice demasiado tarde.

Ahora estaba aquí, con una bolsa de papel en la mano y una expresión de preocupación genuina en su rostro. No había falsedad en sus ojos, solo una calidez que me envolvía.

"Sof," dijo en voz baja. "Tu tía me llamó. ¿Cómo estás? ¿Qué pasó?"

Se sentó en el borde de la cama, manteniendo una distancia respetuosa. El olor a pan recién horneado y a café emanaba de la bolsa.

"Mejor," dije, y me sorprendió que fuera verdad. "Mateo, terminé con Ricardo."

Sus cejas se alzaron. Una mezcla de sorpresa y algo más, algo parecido al alivio, cruzó su rostro.

"¿De verdad?"

"Completamente de verdad," afirmé.

Él no hizo más preguntas. No me presionó. Simplemente asintió, como si fuera la noticia más lógica del mundo.

"Te traje un pan de elote de mi restaurante. Sé que es tu favorito," dijo, sacando un panecillo dorado y tibio de la bolsa.

El gesto era tan simple, tan él. Me llenó los ojos de lágrimas. En mi otra vida, Ricardo nunca recordó cuál era mi pan favorito.

"Gracias," susurré.

Mientras comía el pan, el silencio entre nosotros era cómodo. Con Mateo, siempre lo era. Él era mi hogar, y yo había sido demasiado tonta para darme cuenta.

No iba a cometer el mismo error dos veces. Tenía que asegurarme de que Ricardo no pudiera tocarlo, de que no pudiera hacernos daño esta vez. Necesitaba un escudo. Necesitaba una declaración de intenciones tan fuerte que nadie, y mucho menos Ricardo, se atreviera a cuestionarla.

Tomé una decisión. Audaz. Loca. Pero necesaria.

Dejé el pan a un lado y lo miré directamente a los ojos.

"Mateo."

Mi voz era seria. Él se inclinó un poco hacia adelante, escuchando atentamente.

"Cásate conmigo."

El silencio que siguió fue absoluto. Mateo se quedó paralizado, con los ojos muy abiertos, buscando cualquier señal de que estuviera bromeando. No la encontró.

"Sofía... ¿qué?" tartamudeó, luciendo completamente perdido. "Tú... acabas de terminar con Ricardo. Tuviste un accidente. No estás pensando con claridad."

"Nunca en mi vida he pensado con tanta claridad," le aseguré. "Sé que es una locura. Sé que no tiene sentido. Pero por favor, solo di que sí. Te lo explicaré todo, lo prometo. Pero necesito que confíes en mí ahora."

Él seguía mirándome, su mente trabajando a toda velocidad. Vi la duda, la confusión, pero también vi la chispa de esperanza que trató de ocultar. El amor que siempre había sentido por mí, luchando contra la lógica.

Justo en ese momento crucial, la puerta se abrió de nuevo. Eran Ricardo y Camila.

Ricardo había vuelto, y esta vez, trajo a su cómplice. Camila Soto era hermosa de una manera fría y calculada. Llevaba un vestido blanco que costaba más que mi renta de seis meses y me miraba con una falsa expresión de preocupación.

"¡Sofía, querida! ¡Nos enteramos del accidente y vinimos corriendo!" dijo, su voz era puro almíbar. "Ricardo está destrozado. No puede creer que lo hayas dejado en un momento como este."

Ricardo se quedó atrás, interpretando el papel del novio herido, con la cara larga y los ojos tristes. Era una actuación digna de un Oscar.

Ambos se detuvieron en seco cuando vieron a Mateo sentado en mi cama. La mirada de Ricardo se endureció, pasando de la falsa tristeza a la furia helada en un segundo.

"¿Qué hace él aquí?" espetó Ricardo, señalando a Mateo.

Antes de que Mateo pudiera responder, yo lo hice. Tomé la mano de Mateo, entrelazando mis dedos con los suyos. Su mano estaba cálida y fuerte.

"Está aquí conmigo," dije, mi voz resonando en la habitación silenciosa. "Le acabo de pedir que se case conmigo."

La mandíbula de Camila cayó literalmente. Se quedó boquiabierta, su máscara de perfección se resquebrajó por completo. Ricardo se puso pálido, luego rojo. Parecía que iba a explotar.

"¿Qué?" gritó, su voz perdiendo todo el encanto. "¡Te has vuelto loca! ¡Estás en shock por el accidente! ¡No sabes lo que dices!"

Se acercó a la cama, tratando de intimidarme.

"Ayer me decías que me amabas," siseó. "Ayer planeábamos nuestro futuro. ¿Y ahora esto? ¿Con él? ¿Un simple cocinero?"

La forma en que dijo "cocinero", como si fuera un insulto, encendió la última chispa de mi ira.

"Ese 'simple cocinero' es más hombre de lo que tú serás en toda tu patética vida," respondí, mi voz goteando desprecio. "Y sí, me voy a casar con él. Así que ahora, por favor, lárgate de mi habitación."

Ricardo me miró, completamente derrotado por mi calma. Intentó una última táctica, la que siempre usaba: la culpa.

"No puedes hacerme esto, Sofía," dijo, su voz de repente suave y suplicante. "Después de todo lo que he hecho por ti. Te saqué de la oscuridad. Te di un propósito. Me necesitas."

Me reí. Una risa corta y sin alegría.

"No, Ricardo. Tú me necesitas a mí. Pero esa fuente se secó. Se acabó el juego."

Se quedó sin palabras. Camila, recuperándose del shock, lo tomó del brazo.

"Vámonos, Ricardo," dijo, arrastrándolo hacia la puerta. "Claramente no está bien de la cabeza. Necesita ayuda psiquiátrica."

Mientras se iban, Ricardo me lanzó una mirada llena de odio. Era una promesa. Una promesa de que intentaría destruirme por esto.

Pero esta vez, yo no estaba sola. Apreté la mano de Mateo. Él me devolvió el apretón, su pulgar acariciando mis nudillos. Todavía estaba en shock, pero en sus ojos vi una nueva determinación.

La batalla por mi futuro había comenzado, y acababa de elegir a mi general.

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