
La Novia del Escorpión
Capítulo 2
El día de mi boda, el sol de Sinaloa caía a plomo sobre la histórica hacienda. Llevaba un vestido blanco, sencillo pero elegante, y en mi mano, apretaba el pequeño milagro de plata que mi abuela me había dado. Un amuleto, mi protección. A mi lado, Ricardo, el hijo del senador, sonreía para las fotos. Nuestro matrimonio era un acuerdo, una alianza social para su poderosa familia de Ciudad de México. Yo era la respetada restauradora de arte, de buena familia pero sin su riqueza. Era un buen partido.
Todo era perfecto, hasta que dejó de serlo.
Un zumbido colectivo recorrió el patio. Los invitados, la élite de la sociedad, miraban sus teléfonos con expresiones que pasaban de la curiosidad al horror. Un video, enviado por AirDrop a todos, sin excepción.
Mi corazón se detuvo.
En la pantalla de un teléfono cercano, vi mi propia cara. Asustada, sucia, con la ropa rota. Eran imágenes de mi secuestro, ocurrido semanas atrás. Un evento que mi familia y la de Ricardo habían intentado ocultar con todo su poder. Ahora, estaba expuesto de la forma más cruel.
El murmullo se convirtió en un clamor de escándalo.
Ricardo me soltó el brazo como si quemara. Su padre, el senador, se acercó con el rostro endurecido por la furia. No me miró a mí, sino a la multitud.
"Este matrimonio queda anulado. Mi familia no puede tolerar semejante deshonra."
Sus palabras fueron un martillo. Me quedé sola en el centro del patio, el vestido blanco ahora una mortaja de vergüenza. Mis padres intentaron acercarse, pero la humillación los paralizó. Nadie me defendió.
Entonces, el silencio cayó como una losa.
Un convoy de camionetas negras entró en la hacienda, levantando polvo. Hombres armados hasta los dientes bajaron y formaron un pasillo. Del vehículo principal descendió un hombre. Alto, vestido con una elegancia letal, con un rosario de ónix negro moviéndose entre sus dedos.
Mateo. "El Escorpión".
El líder del cartel más poderoso de Sinaloa. Su presencia silenció a todos. Caminó directamente hacia el senador, su mirada helada.
"Usted no sabe nada de honor, senador."
Su voz era tranquila, pero cargada de una autoridad que nadie se atrevió a desafiar. Luego, se giró hacia mí. Sus ojos, oscuros e indescifrables, me examinaron.
"Esta mujer está bajo mi protección."
Se quitó un anillo del dedo, una pieza maciza con un diamante que cegaba. Tomó mi mano, la que todavía sostenía el milagro de plata, y deslizó el anillo en mi dedo anular.
"Padre," llamó al sacerdote corrupto que temblaba en un rincón. "Cásenos. Ahora."
El sacerdote obedeció sin dudar. Rota, abandonada y sin opciones, acepté. En el corazón de mi propia humillación, Mateo, El Escorpión, se convirtió en mi salvador. Y yo, Sofía, pasé de ser la novia de un político a la esposa de un monstruo.
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