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Portada de la novela La Novia Abandonada, la Ilusión Destrozada

La Novia Abandonada, la Ilusión Destrozada

Durante cuatro años, sostuve la carrera de Damián Rojas y rescaté a sus parientes por su parecido con mi prometido muerto. Sin embargo, antes de la boda, descubrí que él y su amante, Karla, planeaban humillarme por interés económico. Pese a mi generosidad, su familia también me despreciaba. Para defenderme, grabé un video cancelando el compromiso, lo proyecté en la iglesia y escapé a Madrid, frustrando su complot antes de que lograran destruirme.
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Capítulo 2

Juliana miró a Damián, su expresión indescifrable. Ella siempre había sido la que tenía el control, la mecenas, la mujer poderosa que había construido su carrera de la nada. Él estaba acostumbrado a sus humores, pero esta calma era nueva. Era desconcertante.

"Sí", dijo ella, con voz plana. "Lo escuché".

Tomó un sorbo lento de su vino, sin apartar los ojos de él.

"Solo eran habladurías, Juliana", dijo él, quitándose la chaqueta y arrojándola a una silla. Era un gesto familiar y casual que había realizado mil veces en ese departamento. "Karla se pone sentimental. Ya sabes cómo es".

Se acercó al bar, con movimientos relajados. Pensó que esta era otra de sus pruebas, un momento de drama antes de la boda. Pensó que ella estaba jugando, haciendo un berrinche. Se sirvió un whisky, el hielo tintineando contra el vaso.

"Ya lo arreglé. Todo está bien", dijo, volviéndose hacia ella. "Todavía nos casamos mañana".

"No, no lo haremos", respondió ella.

Finalmente pareció registrar la seriedad en su tono. Se acercó a ella, con el ceño fruncido. "¿Qué quieres decir? No te pongas así, Juliana. Es la noche antes de nuestra boda".

Intentó alcanzarla, un movimiento que usualmente la calmaba. Ella se apartó de su toque. Fue un movimiento pequeño, pero fue tan definitivo como el portazo de una puerta.

Él se detuvo, su mano suspendida en el aire. "¿Qué te pasa?"

"No quiero que duermas aquí esta noche", dijo ella, poniéndose de pie. "Puedes usar el cuarto de huéspedes".

Él la miró fijamente, completamente desconcertado. En sus cuatro años juntos, nunca le había negado su cama. Era posesiva, exigiendo su presencia cada noche. Era parte de su acuerdo.

"¿El cuarto de huéspedes?", repitió, con un dejo de incredulidad en su voz. "¿Hablas en serio?"

"¿No le dijiste a tu familia que te sentías controlado?", preguntó ella, su voz teñida de una ironía leve y afilada. "¿Que estar conmigo era como estar en una jaula de oro? Considera esto un momento de libertad".

Su rostro se endureció. Sintió una oleada familiar de resentimiento. Odiaba cuando ella le devolvía sus propias palabras. Odiaba que siempre pareciera saber lo que él estaba pensando.

"Bien", dijo, con voz fría. Se dio la vuelta y caminó hacia el cuarto de huéspedes sin decir una palabra más. Todavía creía que esta era una tormenta pasajera, que por la mañana, ella volvería a ser la misma de siempre, aferrándose a él.

Juliana lo vio irse. Por primera vez, sintió una sensación de liberación.

A la mañana siguiente, Juliana se levantó antes del amanecer. Se vistió con un sencillo y elegante traje sastre, un marcado contraste con el elaborado vestido de novia que colgaba en su clóset.

El mayordomo le informó que Damián se había ido hacía una hora.

"¿Dijo a dónde iba, Roberto?", preguntó ella.

"No, señorita De la Vega. Simplemente se fue".

"Bien", dijo ella. "No lo esperaremos".

Pasó la mañana en el Registro Civil, finalizando su cambio de nombre de nuevo a De la Vega en todos los documentos oficiales y actualizando su pasaporte. Era una tarea pequeña y administrativa, pero se sentía monumental. Era el primer paso para reclamar su vida.

Después, fue a un pequeño café en la Condesa, un lugar que a Carlos le encantaba. Se sentó junto a la ventana, bebiendo su café, viendo despertar a la ciudad. Sintió una extraña sensación de paz.

Y entonces lo vio.

Damián caminaba por la calle, y no estaba solo. Karla estaba con él, su brazo entrelazado con el de él. Reían, sus cabezas juntas.

Se detuvo en un puesto callejero y compró un elote preparado, partiéndolo a la mitad para darle un trozo a Karla. Sabía que a ella le gustaban con mucho chile del que pica. Luego, con el pulgar, le limpió una mancha de mayonesa de la comisura de los labios, un gesto tan natural y tierno que a Juliana le dolió el pecho.

Miraron escaparates, señalando cosas en las vitrinas, pareciendo cualquier otra pareja de enamorados en una mañana de sábado. Él no era el artista resentido y conflictivo que era con ella. Estaba relajado, feliz y completamente él mismo.

Con ella, siempre estaba actuando, siempre interpretando el papel del protegido agradecido. Era un eco hermoso y hueco del hombre que había perdido. Pero con Karla, era real.

Juliana los observó, una profunda comprensión asentándose en ella. Vio el abismo que existía entre ser amada y ser simplemente tolerada. Era una brecha que todo el dinero del mundo no podía cerrar.

Finalmente lo entendió. Él nunca había sido suyo. Solo había estado tomando prestada una vida que ella había pagado, y ahora el contrato había terminado.

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