
La niñera del CEO.
Capítulo 3
Miurel ya había comenzado a acostumbrarse a la rutina diaria en la mansión, pero algo seguía en el aire, algo intangible, que la mantenía alerta. La frialdad de la casa, la precisión de cada movimiento, el silencio que impregnaba cada rincón, eran detalles que ya no la sorprendían. Sin embargo, había una presencia que aún no lograba descifrar: la de Ángel Davis, el padre de Alex.
Ángel era un enigma. Miurel había oído hablar de él antes de aceptar el trabajo, y aunque las historias coincidían en un punto -su éxito, su viudez y su incapacidad para dejarse conocer-, nada la había preparado para el hombre que se presentaba ante ella cada vez que sus caminos se cruzaban.
Lo primero que notó fue la distancia con la que él se movía en su propia casa. Era como si estuviera siempre rodeado de un espacio invisible, como si cada gesto, cada palabra, estuviera cuidadosamente controlado. Nunca parecía estar completamente presente, como si su mente estuviera en otro lugar, siempre más allá de los límites de la mansión. Solo sus ojos, de un marrón oscuro e intenso, dejaban entrever algo más profundo, algo que Miurel comenzaba a sospechar: el dolor.
Las primeras interacciones fueron breves. Ángel llegaba a la mansión tarde, casi siempre después de que Miurel había dado a Alex su cena y lo había acostado. La única vez que coincidieron durante el día fue cuando Miurel, al terminar sus tareas, lo veía cruzar el salón, con pasos firmes y rápidos, siempre con la mirada fija en algún punto lejano, como si su mente estuviera atrapada en algo que solo él entendía.
-¿Cómo está Alex? -le preguntó un día, al encontrarla ordenando el salón después del almuerzo.
Miurel se giró hacia él, sorprendida por la simple pregunta. Ángel no solía dirigirle la palabra sin una razón clara, y mucho menos sin que fuera estrictamente necesario. Estaba acostumbrada a sus breves interacciones, pero esta vez parecía diferente. Sus ojos, normalmente tan fríos, parecían buscar algo en ella, como si hubiera una frágil conexión entre ellos, aunque la distancia entre ambos continuaba siendo abrumadora.
-Bien, señor Davis. Está tomando su siesta ahora -respondió Miurel, sin saber si debía ser más formal o si podía ser más cercana. En los días anteriores había aprendido que él no apreciaba la familiaridad.
Ángel asintió sin decir nada más, y al momento siguiente, se desvió por el pasillo, tomando su teléfono móvil de la mesa de la entrada. Miurel observó cómo se alejaba, su figura alta y recta, como siempre, envuelta en una nube de indiferencia. No había sido una conversación significativa, y Miurel se dio cuenta de que era una de las características de Ángel: su incapacidad para estar presente de verdad.
Las semanas pasaron y las interacciones seguían siendo mínimas. Ángel llegaba tarde y se iba temprano, a menudo no dejando espacio para más que un intercambio breve sobre Alex o sobre las rutinas que ella debía seguir. Sin embargo, Miurel comenzó a notar algo en su comportamiento. Aunque él se mantenía distante, había momentos, fugaces, en los que su mirada se posaba sobre ella por más tiempo del que sería apropiado. Y aunque él nunca lo reconoció, Miurel podía sentir que algo en él se movía cada vez que miraba a su hijo. Algo que no podía dejar de tocarle el corazón.
Una tarde, cuando Miurel terminó de bañar a Alex y lo acomodó en su cuna, decidió que era el momento de hablar con Ángel sobre un par de detalles que aún no había aclarado. Necesitaba saber más sobre las preferencias de Alex, sobre sus horarios, y aunque había aprendido a manejarlos en los días anteriores, pensó que era el momento adecuado para acercarse a él, al menos por cortesía.
Esa tarde, Ángel estaba en su oficina, como siempre. Miurel había pasado por su escritorio antes de ir a acostar a Alex, pero la puerta estaba cerrada. Se dijo a sí misma que tal vez mañana sería el día en que finalmente hablarían más.
Sin embargo, cuando pasó cerca de la oficina de Ángel al final de la tarde, vio que la puerta estaba entreabierta. Decidió aprovechar el momento, tocó suavemente y, al no recibir respuesta, empujó la puerta con precaución.
Ángel estaba sentado en su escritorio, rodeado de papeles y pantallas de ordenador, la luz tenue de la lámpara iluminando su rostro serio. Estaba concentrado, como siempre, y no pareció notar la presencia de Miurel hasta que ella habló.
-Perdón, señor Davis. Solo quería preguntarle... -comenzó, dudando, mientras avanzaba hacia él-. Algunas cosas sobre Alex. Sus horarios... y algunas preferencias.
Ángel levantó la vista de su trabajo, y Miurel sintió un pequeño estremecimiento al encontrarse con sus ojos. Algo en su mirada parecía estar evaluándola, como si analizara cada palabra que saliera de su boca.
-¿Prefieres que lo haga a esta hora? -continuó Miurel, sin saber si debía ser tan directa o si su pregunta sonaba demasiado trivial. Sin embargo, no pudo evitar sentir que, de alguna manera, era más que una simple consulta. Era su intento de acercarse, de crear algún tipo de vínculo, aunque él no lo mostrara.
Ángel suspiró levemente, como si el simple hecho de hablar con ella le costara más esfuerzo del que estaba dispuesto a dar. Se recostó en su silla, cruzando los brazos sobre su pecho, como si se protegiera de algo.
-No te preocupes por los horarios, Miurel -dijo en un tono que, aunque firme, no estaba exento de cierta suavidad-. Haz lo que creas mejor para él. Yo confío en tu criterio.
Miurel se quedó parada allí, sorprendida por la respuesta. Ángel no era de dar elogios fácilmente, y esa pequeña muestra de confianza la hizo sentir algo que no había anticipado: un leve destello de esperanza. Si bien sus palabras eran secas y su tono distante, había algo en su postura que indicaba que no todo estaba perdido, que quizás él, a su manera, comenzaba a confiar en ella.
-Gracias -respondió ella, finalmente recuperando su compostura. -Solo quería asegurarme de que todo estuviera bien.
Ángel asintió sin decir nada más, su atención ya volviendo a los papeles en su escritorio. Miurel se sintió vacía por un momento. Era como si el encuentro hubiera sido tan breve, tan carente de significado para él, que no había logrado el objetivo de acercarse. Pero al menos, por unos segundos, había tenido la oportunidad de mirar de cerca a Ángel Davis, de percibir algo más allá de su fría fachada.
Cuando se dio la vuelta para salir, Ángel la detuvo con una sola palabra:
-Miurel.
Ella se giró rápidamente, sin esperar que él la llamara.
-¿Sí?
Ángel levantó la mirada, esta vez más fija en ella, pero sin la intensidad de antes. Era como si algo de él estuviera siendo revelado, aunque solo fuera una pequeña fisura en su imperturbable exterior.
-Hazlo a tu manera. Alex está en buenas manos.
Miurel sintió una mezcla de alivio y desconcierto. Las palabras eran sencillas, pero el peso que tenían era considerable. Sin embargo, antes de que pudiera responder, Ángel ya había vuelto a sumergirse en su trabajo, lo que significaba que la conversación había terminado.
Miurel salió de la oficina en silencio, con la mente llena de preguntas. Cada interacción con Ángel era un rompecabezas que, a pesar de su aparente indiferencia, parecía estar dejando pistas. Pistas que ella aún no lograba descifrar, pero que sin duda seguiría buscando.
El hombre que tenía enfrente era como un océano profundo y turbulento: distante, insondable, y, sin embargo, con una complejidad que solo los valientes se atreverían a explorar. Pero Miurel sabía que algo estaba cambiando, aunque no pudiera decir con certeza qué. Algo se movía bajo la superficie, y ella, por primera vez en mucho tiempo, estaba dispuesta a descubrirlo.
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