Portada de la novela La niñera del CEO.

La niñera del CEO.

8.3 / 10.0
En La niñera del CEO, Miurel debe cuidar al hijo de Angel Davis, un viudo frío con un pasado oculto. Este romance novel narra cómo la cercanía profesional desafía el duelo del empresario. Descubre esta historia en nuestra plataforma de web novels free y lee este billionaire romance books hoy.
Resumen de La niñera del CEO.
Miurel acepta el desafío de trabajar como niñera para el hijo de Angel Davis, un exitoso empresario viudo marcado por la tragedia. Aunque su relación comienza con un estricto acuerdo laboral, la ternura de la joven logra traspasar la fría fachada del hombre. Mientras cuidan juntos del pequeño, surgen secretos que obligan a Angel a decidir entre permanecer cautivo de su pasado o arriesgar su corazón por la mujer que ha transformado su vida familiar.
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La niñera del CEO. Capítulo 1

La mansión de Angel Davis era imponente, de esas que dejan una marca imborrable en la memoria, aunque uno solo haya estado en su umbral. El sol de la tarde doraba las columnas de mármol blanco y los jardines, que se extendían como un oasis a lo lejos, parecían perfectamente cuidados, como si se tratara de una obra de arte inalcanzable. Miurel observó el edificio desde el asiento del coche con una mezcla de emoción y aprensión. Sabía que este trabajo iba a cambiar su vida, aunque aún no sabía exactamente cómo.

El motor del coche se apagó con un suave ronquido, y ella suspiró, recogiendo su bolso con nerviosismo. Había trabajado con niños antes, pero cuidar al hijo de Angel Davis, un hombre tan reservado y conocido por su éxito, era algo completamente diferente. Miurel había escuchado los rumores: el CEO de Davis Corp. era un hombre de hielo, eficiente en su trabajo, pero emocionalmente inaccesible, un hombre que había quedado marcado por la muerte de su esposa hacía años. Y ahora, con su hija-un bebé de seis meses llamado Alex-era evidente que su vida no era tan perfecta como la fachada de la mansión.

Miurel tocó el timbre con suavidad. El sonido resonó por todo el vestíbulo, y tras unos segundos, la puerta se abrió. Un hombre alto, de aspecto serio, apareció ante ella. Llevaba un traje oscuro que le ajustaba perfectamente, pero su rostro estaba marcado por una expresión impasible. Aquel debía ser Angel Davis, sin duda. Aunque no lo conocía personalmente, era fácil reconocerlo; su presencia era tan poderosa que casi se podía sentir el peso de su mirada desde el primer momento.

-¿Miurel? -dijo con una voz grave que no invitaba a la conversación, pero tampoco era hostil. Solo... neutral.

Miurel asintió, tomando una respiración profunda antes de contestar. No quería parecer nerviosa, aunque la situación la ponía en una posición incómoda.

-Sí, soy yo. Gracias por recibirme, señor Davis -respondió, extendiendo su mano.

Él la miró un segundo, como evaluando si debía aceptar el gesto o no. Finalmente, estrechó su mano, y la sensación de frialdad de su saludo hizo que Miurel se sintiera aún más pequeña. Era como si todo lo que él hacía estuviera cuidadosamente calculado para mantener una distancia entre él y los demás.

-Pasa -dijo simplemente, apartándose para dejarla entrar.

Miurel cruzó el umbral de la puerta, y al instante el aire frío de la mansión la envolvió. El interior era aún más impresionante que el exterior: techos altos, paredes adornadas con obras de arte caras y muebles impecables. El lujo era evidente, pero lo que realmente llamó la atención de Miurel fue el silencio. Un silencio profundo que parecía asentarse sobre todo, como si la casa misma estuviera guardando algún tipo de secreto.

-Alex está en su habitación -dijo Angel sin volverse, guiándola por un pasillo largo y luminoso-. Como ya sabes, soy muy estricto con su rutina, así que espero que lo sigas al pie de la letra.

Miurel asintió nuevamente. La verdad era que no sabía mucho sobre las rutinas de Alex; había recibido una breve orientación en su entrevista, pero poco más. No obstante, se sentía preparada. Había cuidado a otros niños antes, y aunque no podía negar que había algo diferente en la atmósfera de la mansión, estaba decidida a hacerlo bien.

-Por supuesto, no se preocupe -dijo, y su voz sonaba un poco más firme, como un intento por ganar confianza.

Al llegar a la habitación de Alex, Angel abrió la puerta con un gesto que podría haber sido casual, pero que en ese momento le pareció muy medido. Dentro, la luz tenue de la tarde entraba por las cortinas abiertas, iluminando una cuna de madera oscura y perfectamente ordenada. En ella, el bebé Alex estaba dormido, su pequeño rostro rosado descansando sobre una almohada de felpa. Sus manos cerradas se mantenían tan relajadas que parecía que no tenía ni la más mínima preocupación en el mundo.

Miurel se acercó en silencio, no queriendo despertar al niño, pero sintiendo una fascinación inexplicable al ver su carita inocente. Era la primera vez que veía a Alex en persona, y algo en su pequeño ser la conmovió de inmediato. Sus ojos, aunque cerrados, parecían tan llenos de vida que Miurel sintió que algo especial se encontraba ante ella. El bebé tenía una calma profunda que, por alguna razón, la tranquilizaba.

-Es un niño tranquilo -dijo Angel, quien la observaba desde la puerta-. Pero también muy sensible. No quiero que le hagas sentir tu inseguridad. Asegúrate de que su vida sea lo más ordenada posible.

Miurel asintió nuevamente, intentando encontrar sus palabras mientras estudiaba a Alex. Sabía que no era solo un niño; era el hijo de un hombre muy importante, un hombre con un pasado tan enigmático como su presencia. Y ahora, ella sería quien lo cuidara. No solo como niñera, sino como una figura que podría ser vital en su vida. Pero por alguna razón, sentía que debía protegerlo, como si su bienestar dependiera no solo de su cuidado físico, sino también de la atención emocional que él necesitaba, aunque no lo pudiera expresar todavía.

-Lo haré bien -dijo, mirando a Angel con una determinación que ni siquiera ella sabía de dónde venía.

Angel no respondió inmediatamente. Se quedó allí, en el umbral de la puerta, con las manos en los bolsillos de su traje. Observaba a Miurel con atención, como si tratara de leerla. Finalmente, dijo en voz baja:

-Es importante que entiendas algo, Miurel. Este trabajo no es solo cuidar a un niño. Es cuidar lo más valioso que tengo en el mundo. Si no puedes con ello... no sigas.

Miurel se giró hacia él, sorprendida por la dureza en sus palabras. Pero, al mismo tiempo, algo en su voz revelaba una vulnerabilidad oculta. A pesar de su frialdad exterior, había algo en Angel que no podía esconderse. Y Miurel, aunque no entendía bien qué era, podía percibirlo. Era un hombre herido, un hombre que había perdido mucho, y que temía perder lo único que le quedaba.

-Entiendo -respondió, su voz más suave que antes-. Haré todo lo posible para cuidar de Alex como se merece.

Un leve asentimiento fue todo lo que Angel ofreció como respuesta. Luego, dio media vuelta y salió de la habitación, dejando a Miurel sola con el bebé.

Miurel se acercó a la cuna y, con mucho cuidado, se inclinó sobre Alex, tocando suavemente su pequeño brazo. El niño, sin embargo, se movió ligeramente, y sus ojos se abrieron, encontrando los de Miurel. No lloró, ni se mostró incómodo. Solo la miró, sus ojos grandes y curiosos, como si estuviera observando una extraña, pero no le importaba. En ese momento, Miurel sintió una extraña conexión con él, una sensación de que algo en su vida estaba a punto de cambiar.

"Lo haré bien, Alex" pensó para sí misma. Y por un momento, olvidó por completo la mansión, el frío de su padre, y todo lo que había dejado atrás. Solo existían ella y ese pequeño ser que necesitaba de ella.

Y así comenzó su nueva vida.

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Tabla de contenidos de La niñera del CEO.

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Ch. 11
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