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Portada de la novela La Mujer equivocada

La Mujer equivocada

El magnate textil Maximiliano busca justicia tras la extraña muerte de su hermano Simón, convencido de que una mujer es la culpable. Su rastro lo conduce hacia las hermanas Valentina y Valeria, dos jóvenes de carácteres drásticamente distintos que ocultan oscuros secretos familiares. Entre engaños y una atracción peligrosa, el empresario deberá descubrir la verdad antes de que su plan de venganza lo condene a un matrimonio con la mujer equivocada.
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Capítulo 2

Valentina Montero

Mi nombre es Valentina Montero y pertenezco a una de las familias más poderosas de este país. Nuestra familia posee una textilera que ha estado en nuestras manos durante generaciones, un legado que siempre he sentido como una gran responsabilidad.

Estudié diseño de modas y soy una de las mejores en mi carrera. Durante años, soñé con trabajar junto a mi padre en la empresa familiar, revolucionando la moda desde nuestras propias raíces. Sin embargo, la realidad ha sido dura. La empresa está prácticamente en la ruina, ahogada por deudas y mala administración de mi padre, yo lo amo, pero él tiene un problema con el juego. Ahora, todas mis esperanzas están puestas en el nuevo socio que podría ayudarnos a salir de esta crisis.

En este momento, me encuentro probándome un vestido de novia en el taller. Las modelos no estaban disponibles y necesitábamos urgentemente unas fotografías para la nueva colección. Me miro en el espejo, ajustando la seda y los encajes con cuidado. El vestido es una obra de arte, una pieza que he diseñado con cada fibra de mi ser.

—Valentina, el señor Gonzalo te está buscando necesita presentarte a alguien—anuncia Marta, una de las costureras, asomándose por la puerta del probador.

—Gracias, Marta. Enseguida me cambio.—respondo, mientras me doy un último vistazo en el espejo.

Me quedé mirando mi vestido, observando los últimos retoques que le hacían falta. El encaje en las mangas aún necesitaba ajustes, y el dobladillo debía ser levantado unos centímetros. Mi mente estaba absorta en estos detalles cuando noté que alguien se acercaba.

Un hombre con cabello oscuro y ojos de un azul intenso se plantó frente a mí, observándome de arriba a abajo con una intensidad que me hizo sentir expuesta.

—Usted no puede estar aquí. Es el probador de mujeres —dije, intentando sonar firme a pesar del temblor en mi voz.

Él sonrió, una sonrisa que no alcanzó sus ojos.

—No tenía idea que tenían una modelo tan hermosa. No me grites si no deseas perder tu empleo —respondió con una arrogancia que me dejó helada.

—¿Quién demonios se cree que es? —repliqué, cruzando los brazos sobre mi pecho en un intento de protegerme de su mirada invasiva. Sin embargo, en ese momento él centro su mirada en mis senos. Es un descarado.

—Maximiliano Rivas, el nuevo socio —respondió, sin inmutarse.

El mismo Maximiliano del que papá hablaba tanto. Mi mente trataba de procesar la situación: este hombre, que parecía tener todo el poder del mundo, estaba aquí en el probador, rompiendo cualquier tipo de protocolo.

—Esto no es apropiado —le dije, bajando la voz pero manteniendo mi firmeza.

—Tal vez no, pero tampoco lo es que la hija del dueño tenga que probarse los vestidos en lugar de una modelo profesional —respondió, levantando una ceja—. Pero entiendo, a veces hay que hacer sacrificios para mantener una empresa a flote.

Sentí una oleada de rabia mezclada con humillación. ¿Quién se creía para juzgar la situación de nuestra empresa y mis esfuerzos por salvarla?

—Hago lo que sea necesario para ayudar a mi familia y a nuestros empleados —respondí, enderezándome—. No necesito sus comentarios ni su condescendencia.

Maximiliano pareció sorprendido por mi respuesta, pero su expresión se suavizó ligeramente.

—Esa es la actitud que se necesita para levantar esta empresa —dijo, finalmente apartando su mirada de mí—. Me preguntó que estarías dispuesta a hacer para salvar el legado de tu familia. Pronto lo descubriré, cariño.

Se dio la vuelta y salió del probador, dejándome con una mezcla de emociones que no podía entender del todo. Volví a mirar mi reflejo en el espejo, tratando de recuperar mi compostura.

Maximiliano Rivas era un hombre peligroso, no solo por el poder que ejercía, sino también por la forma en que podía hacerme sentir tan vulnerable y furiosa al mismo tiempo. Sabía que tendría que enfrentar muchos desafíos en los próximos meses, pero estaba decidida a no dejarme intimidar por él o por cualquier otro obstáculo que se interpusiera en mi camino.

Cuando me cambié, me dirigí a la oficina de mi padre, quien me esperaba con una expresión molesta. Pude notar la tensión en su postura y en la forma en que fruncía el ceño. Cerré la puerta detrás de mí y me preparé para la confrontación que sabía que venía.

—Ya me comentaron los empleados que fuiste grosera con el señor Rivas. Yo le di mi autorización para que explore la empresa —dijo mi padre, su voz llena de reproche.

Sentí una oleada de indignación y me crucé de brazos, intentando mantener la calma.

—Pues es un idiota, papá. Me trató muy mal y me amenazó pensando que yo era una empleada —repliqué, mi voz temblando ligeramente por la ira contenida.

Mi padre suspiró, frotándose las sienes como si tratara de calmar un dolor de cabeza.

—Ese hombre será nuestra salvación, Valentina. Necesitamos su inversión para mantener la empresa a flote. Y hay algo más que debes saber —dijo, haciendo una pausa que me puso aún más nerviosa—. Él será tu futuro esposo.

Sentí como si me hubieran golpeado en el estómago. Las palabras de mi padre resonaron en mi mente, incapaz de creer lo que estaba oyendo.

—¿Qué? —mi voz salió en un susurro incrédulo.

—Hemos acordado un matrimonio entre nuestras familias. Es la mejor manera de asegurar la estabilidad de la empresa y de nuestra familia —explicó, como si fuera la cosa más lógica del mundo.

—Papá, no puedes estar hablando en serio. ¿Quieres que me case con ese hombre, con ese... arrogante? —exclamé, sintiendo que la ira y la desesperación se mezclaban en mi pecho.

—Lo digo en serio, Valentina. Es un hombre poderoso y su influencia puede salvarnos. Además, no es una mala persona, solo está protegiendo sus intereses —respondió, tratando de sonar conciliador.

Me dejé caer en una de las sillas frente a su escritorio, tratando de procesar todo esto. Mi vida, mis sueños, todo parecía derrumbarse a mi alrededor.

—Papá, yo... yo no puedo hacer esto. No quiero casarme con alguien a quien no amo, especialmente con alguien que me trata así —dije, mi voz quebrándose.

—Sé que es difícil, hija. Pero a veces tenemos que hacer sacrificios por el bien de la familia. Confío en que con el tiempo, llegarás a entender y aceptar esta decisión —dijo mi padre, mirándome con una mezcla de tristeza y determinación.

Me quedé en silencio, sintiendo que una parte de mí se estaba rompiendo. No sabía cómo iba a enfrentar esta nueva realidad, pero una cosa era segura: no iba a dejar que Maximiliano Rivas destruyera mi vida sin luchar

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