Portada de la novela Caprichoso Destinó

Caprichoso Destinó

8.0 / 10.0
En la billionaire romance novel Caprichoso Destinó, Charlotte Sinclair protege su vida de lujos ocultando un romance pasado. El regreso de James Caldwell como su jefe pone en riesgo su matrimonio y estatus, convirtiendo esta mystery story en una lucha por mantener su fachada social.
Resumen de Caprichoso Destinó
Charlotte Sinclair parece tenerlo todo: una existencia rodeada de lujos y un matrimonio perfecto junto al magnate Parker Kensington. No obstante, su felicidad es una fachada que oculta un tórrido romance veraniego en Barcelona con James Caldwell. A pesar de sus esfuerzos por silenciar aquel pasado, James reaparece como su flamante jefe. El reencuentro pone en riesgo su estabilidad y amenaza con desmoronar el mundo de privilegios que tanto le costó construir.
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Caprichoso Destinó Capítulo 1

El champán tenía el sabor amargo de la resignación. Podía sentir las burbujas estallando contra mi paladar, pero no me producían ni un ápice de alegría. A mi alrededor, el salón de baile de la mansión Kensington vibraba con una elegancia que me resultaba ajena, a pesar de que yo era la protagonista de aquel despliegue de opulencia. Las lámparas de araña, con sus miles de cristales tallados, proyectaban una luz fría y deslumbrante que parecía diseccionarme, exponiendo mi alma ante una multitud de rostros desconocidos que aplaudían mi "futuro perfecto".

Parker estaba a mi lado. Su mano, firme y posesiva, descansaba sobre mi cintura con una presión que no admitía espacio para el error. Él era el heredero indiscutible, el hombre que cualquier mujer de nuestro círculo desearía tener como compañero de vida. Tenía una mandíbula afilada que parecía esculpida en mármol y unos ojos que siempre escaneaban la sala, calculando el valor neto de cada invitado. Cuando me miraba, no veía a la mujer que se escondía detrás del vestido de seda diseñado a medida; veía un trofeo, una pieza necesaria para completar la imagen de estabilidad que su imperio exigía.

—Te ves radiante, Charlotte —murmuró cerca de mi oído. Su voz era grave, carente de cualquier atisbo de ternura, como si estuviera cumpliendo con una obligación diplomática más que con una declaración de amor—. Asegúrate de sonreír cuando mi padre nos mire. La prensa está al fondo.

Sonreí. Practiqué esa sonrisa durante años frente al espejo de mi habitación. Era una sonrisa impecable, vacía, que no llegaba a mis ojos. Sentí un vacío creciente en mi pecho, una sensación de asfixia que ni siquiera el aire acondicionado del salón lograba disipar. Todos los presentes —los Sinclair, los Kensington y las docenas de familias de la élite que se movían entre nosotros como depredadores en un festín— celebraban el acuerdo, la fusión de apellidos, la solidez de una unión que nadie se atrevía a cuestionar. Pero yo me sentía como un pájaro con las alas recortadas dentro de una jaula de cristal puro.

Había pasado la última semana sumida en una pesadilla de catálogos de bodas, pruebas de telas y listas de invitados que parecían más un censo de poder que una invitación al afecto. Cada conversación era una serie de preguntas sobre el estilo de vida que nos esperaba: la mansión de verano, los viajes de negocios que él emprendería y la expectativa de que yo fuera el elegante complemento silencioso que completaría su mesa en cada banquete.

—Lo sé —le respondí, forzando mi tono a sonar dulce, suave, sumiso—. Todo es perfecto, Parker.

Él asintió, satisfecho, y me soltó momentáneamente para estrechar la mano de un senador. Aproveché la oportunidad para dar un paso hacia atrás, retirándome hacia la periferia del salón, donde las sombras eran un poco más densas y el bullicio se convertía en un rumor sordo. Necesitaba aire. Necesitaba recordar quién era yo cuando no estaba bajo la luz de los proyectores. Charlotte Sinclair, la heredera, la hija modelo, la futura señora Kensington. ¿Dónde había quedado la chica que solía leer poemas a escondidas o que soñaba con pintar paisajes bajo cielos abiertos en lugar de alfombras rojas?

La presión de la realidad se volvió casi insoportable. Cerré los ojos por un segundo, imaginando un lugar distinto, cualquier sitio que no estuviera impregnado del perfume caro y la ambición desmedida de los presentes. No conocía la libertad; solo conocía los límites. Había vivido entre paredes acolchadas por la fortuna, sintiendo que cada paso estaba cronometrado por las expectativas familiares. La idea de que el resto de mi vida consistiría en replicar esta fiesta, una y otra vez, hasta el final de mis días, me provocó un escalofrío que recorrió mi columna vertebral.

Me encontré frente al gran ventanal que daba al jardín trasero. La noche estaba oscura, sin luna, y las estatuas de piedra del jardín parecían vigilarme desde la oscuridad. Parker volvió a mi lado, deslizando nuevamente su brazo por mi espalda, reclamando su posesión frente a todos.

—Es hora de brindar —anunció, elevando la voz para llamar la atención del salón.

Cientos de personas se giraron, levantando sus copas de cristal al unísono. Las luces del salón parecieron intensificarse, cegándome. Por un momento, el sonido de las risas y las conversaciones se convirtió en un zumbido metálico. Me sentí desmayar, pero mi entrenamiento fue más fuerte. Enderecé la espalda, levanté la barbilla y acepté la copa que Parker me extendía. El brindis comenzó, una serie de halagos vacíos sobre el amor y la eternidad que, en realidad, solo hablaban de conveniencias.

Mientras escuchaba las palabras de los demás, sentí una extraña urgencia, un impulso impulsivo de correr lejos de allí, de arrebatarme los diamantes que me pesaban en el cuello y desaparecer en la oscuridad de la noche. Era una locura, por supuesto. Charlotte Sinclair no corría. Charlotte Sinclair sonreía y aceptaba su destino.

Pero, en ese instante, en medio de la celebración más importante de mi vida, una pequeña grieta apareció en mi fachada. Un deseo prohibido, una semilla de rebeldía que no sabía que tenía, se plantó profundamente en mi conciencia. No quería ser un trofeo. No quería ser una posesión de lujo. Quería, por primera vez en mi existencia, ser dueña de algo que fuera únicamente mío, aunque fuera un error.

Miré a Parker, quien ahora hablaba con un inversor sobre las fluctuaciones del mercado, y me di cuenta de que él nunca me vería realmente. Nunca vería mis sueños, mis miedos o el fuego que, muy dentro de mí, comenzaba a arder, hambriento de algo que su mundo estéril nunca podría ofrecer.

Sin saber por qué, mis ojos se desviaron hacia la puerta principal del salón. Un presentimiento inexplicable me golpeó: mi vida estaba a punto de fracturarse, no por mi voluntad, sino por algo que aún no podía nombrar. No sabía que, muy pronto, un viaje y un desconocido cambiarían el mapa de mi destino, lanzándome lejos de esta jaula dorada. En ese momento, solo era yo, Charlotte, intentando no ahogarme en el champán, prometiéndome que este sería el último día en que dejaría que otros escribieran mi historia. Pero esa promesa era una mentira, porque en el fondo de mi corazón, sabía que el juego apenas estaba empezando.

La noche terminó como un borrón de luces y saludos forzados. Cuando por fin me encontré sola en el baño, lavándome el rostro con agua fría, me miré en el espejo buscando alguna señal de la mujer que acababa de jurar amor eterno ante cientos de personas. Lo que vi fue una extraña, una joven con ojos tristes que parecía estar esperando que algo, lo que fuera, destruyera este mundo de cristal antes de que terminara de asfixiarla. No sabía que el caos tenía nombre y apellido, y que estaba esperando, paciente, en una ciudad donde el mar besaba la tierra y las reglas no significaban absolutamente nada. Barcelona sería mi perdición, o quizás, mi única oportunidad de salvación.

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Tabla de contenidos de Caprichoso Destinó

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