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Portada de la novela La mujer de los ecos

La mujer de los ecos

La prosperidad de Belguiz depende del rígido Burdel Esprit Lubrique, hogar de la solitaria Greta Heredia. Famosa por su arte abstracto, su vida da un vuelco cuando comienza a experimentar sueños tan intensos que parecen memorias de otra existencia. En medio del desconcierto por estas visiones y los secretos que esconden, la aparición del aventurero Percival Jansen resultará fundamental para que Greta logre desentrañar la verdad oculta tras su propio pasado.
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Capítulo 1

La mañana alumbraba las llanuras esmeraldas de Belguiz. Los únicos rincones que permanecían en penumbras eran aquellos que se encontraban debajo de los espesos bosques y entre los profundos acantilados rocosos. El viento ayudó a disipar las pequeñas gotas de agua que todavía descansaban sobre la superficie. Anoche hubo una lluvia moderada, pero ninguna inclemencia del clima era suficiente para detener la principal actividad económica de este país. Belguiz era reconocido a nivel mundial como el epicentro del placer carnal. No había ninguna empresa asentada en su territorio, pero cada fin de semana se movían cantidades obscenas de dinero que contrastaban enormemente con la vida que llevaban sus habitantes. Para empezar, no existía ninguna industria, comercio o medio de producción relevante. Las personas manufacturaban sus propios productos y cosechaban sus alimentos; aquellos que estuvieran fuera de su alcance eran adquiridos en el extranjero. La tecnología era modesta, con muy pocos vehículos. Lo único que podría considerarse moderno eran los artículos de belleza, ya que eran sumamente útiles para los trabajadores y trabajadoras del país. Aunque no existía una ley que lo prohibiera abiertamente, los medios de comunicación, tales como televisión, radio, celulares, internet, estaban estigmatizados y solo uno que otro poblador los utilizaba sin recelo, sobre todo cuando se trataba de alguna emergencia médica o compra de bienes en el extranjero. La población total era bastante reducida, tanto, que prácticamente todos los habitantes se conocían entre sí, lo que ayudaba a que el lugar tuviera una atmósfera agradable y fraternal. La parte donde se asentaban las casas podía recorrer fácilmente a pie en un solo día, pero como país, Belguiz contaba con un territorio vasto. No obstante, la mayor parte todavía no había sido explorada, ya que desafíar a la zona salvaje era desafiar a la muerte en persona; muy pocas personas habían regresado con vida. De hecho, solo algunos pobladores, denominados Medijays, tenían la autorización de cruzar el país para llegar a la frontera. Allí había unos cuantos puntos de control por donde cruzaban los turistas, quienes eran los principales clientes. Los Medijays se encargaban de escoltarlos y trasladarlos al poblado para finalmente conocer el centro de entretenimiento más famoso del planeta: el Burdel Esprit Lubrique. Las instalaciones eran las más grandes y ostentosas, rivalizando e incluso superando con creces a las que se encontraban en las ciudades más modernas a nivel mundial. Era como un parque de diversiones donde solo podían verse torres rojas acentuadas con cúpulas redondas, las cuales presumían ornamentos sacados de un sueño psicodélico. Todos los que visitaban el burdel por primera vez quedaban hipnotizados y tenían la impresión de que las luces y edificios bailaban al unísono, comandados por la música que se perdía entre los gritos de euforia y placer. ¿Por qué los extranjeros hacían un viaje tan largo solo para despilfarrar sus riquezas en algo que quizás podrían encontrar cerca de su hogar? Cabe aclarar que en el Burdel Esprit Lubrique no se hacía ninguna práctica ilegal y nadie estaba ahí en contra de su voluntad. La experiencia consistía en lo siguiente: los clientes sólo eran admitidos los viernes. Por las mañanas se les daba un tour por el poblado además de un refuerzo de las normas y costumbres para evitar cualquier conflicto. El servicio del burdel solo estaba disponible desde la noche del Viernes hasta la madrugada del lunes, pero antes de ingresar cada cliente debía tener una audiencia privada con una chica en particular. Ningún extranjero podía quedarse de manera permanente en Belguiz, y aquellos que se negaran a cumplir las reglas eran expulsados hacia la zona salvaje, donde la naturaleza se encargaría de castigarlos y arrebatarles la vida. Todo cliente debía pagar una cuota antes de ingresar al país. Luego, pagaría por el hospedaje en el pueblo. En el Burdel se cobraban otras tarifas. Lo que lo hacía especial era la manera en que se manejaban los servicios. Los clientes, los cuales eran en su mayoría hombres adinerados, y en ciertos casos también mujeres, tenían la libertad de escoger a la pareja que fuera de su agrado. Los empleados del burdel, llamados anfitriones y anfitrionas, estaban divididos en diferentes clases. Dependiendo de las cosas que hacían y de la belleza que ostentaban, su costo se modificaba. Entre más excéntrico el placer a cumplir, mayor la cantidad de dinero que debía desembolsar el cliente. No obstante, ese no era el principal ingreso del país. Los ‘Retos’ eran la actividad que contribuía con un 90% de la riqueza. Cuando un cliente mencionaba que visitaría el país para asumir un reto, la cuota se elevaba por los cielos. En este caso, ellos elegían a su pareja de antemano y se les otorgaba una pequeña biografía sobre sus intereses, gustos, platillos favoritos, etc. El cliente recibiría todo su dinero de regreso si cumplía con 2 requisitos: satisfacer a su pareja en un tiempo predeterminado y enamorarla. Durante todos estos años, nadie había logrado tal hazaña.

18 de Noviembre.

Querido diario.

¡Qué extraño es escribir por las mañanas!  La gente suele hacerlo por las noches, pero decidí cambiar la rutina porque mis sueños se borran después de todas las cosas que hago durante el día. Hoy soñé que era una mujer madura. Yo decía algo sobre un divorcio pero me alegraba por haber reencontrado el amor con un hombre que parecía ser muy listo. Tal como ha sucedido con todos mis sueños, estaba en una casa que jamás había visto. Era pequeña y se encontraba en un edificio muy alto. Mientras mi supuesto esposo dormía, yo me levantaba y miraba hacia el balcón. Era una ciudad con muchos edificios similares y un desierto oscuro se vislumbraba a lo lejos. Parecía ser un lugar tranquilo, ya que no había muchas luces encendidas. ¿Por qué mi mente imagina lugares que jamás he visto? Mis maestros evaden todas mis preguntas al respecto. Dicen que mi imaginación es demasiado activa por culpa del accidente que sufrí y me mantuvo en coma dos años. Dicen que nací y crecí en Belguiz, pero no recuerdo ningún pasaje de mi infancia y adolescencia. Solo hay visiones borrosas sobre lo que ha pasado desde que desperté del coma. Sin embargo, en mis sueños hay una historia que se visualiza a la perfección, una en la que yo soy la protagonista. Ahí sí he aparecido como niña y adolescente, pero en lugares y con personas que desconozco por completo. De todos mis maestros, ninguno tiene conocimientos sobre historia, y en la biblioteca del pueblo no hay información sobre el exterior. Le pedí a Madame Leyxa que contratara a algún maestro del extranjero a que impartiera la clase de historia, pero dice que sería demasiado costoso. ¡Creo que es hora de que cobre por mis servicios! Me parece ridículo que el dinero sea una excusa. ¡Aquí todos son ricos! O por lo menos eso aparentan. Por eso me gusta estar aislada y pasar la mayor parte de mi tiempo libre en el bosque, con los animales salvajes. No todos son tan peligrosos como se presume. Y estoy segura de que ellos no mienten. Además, nunca me hacen caso cuando les digo que deberían de traer a gente joven para que me haga compañía. Todos son mayores que yo. No hay ningún chico o chica de mi edad. A mis 20 años ya me consideran una mujer, pero siento que me tratan con demasiada delicadeza. Para ser honesta, no me llama la atención trabajar en el burdel, no porque sea algo malo, después de todo, los libros de sexualidad me han ayudado a entender del tema, pero creo que necesitaría practicar mucho para ser igual de hábil que los demás anfitriones y anfitrionas. Por otro lado, los garabatos que dibujo los viernes parecen ser mucho más valiosos. Madame Leyxa es la única que logra descifrarlos, pero no me dice mucho al respecto. Solo los toma y los comparte con las personas que trabajan en el burdel. De vez en cuando he intentado preguntar a los clientes sobre el exterior, su historia, pero parece que lo tienen prohibido, ya que de inmediato cambian de tema. Creo que esas charlas privadas me están hartando, pero lo resisto porque los empleados del burdel se me acercan y externan su gratitud, lo que hace ver que mi trabajo los pone muy felices. Denjan me ha dicho que él es el único que no utiliza mis dibujos ni la ayuda de nadie. Es muy guapo y cuando habla parece hipnotizarte, así que no cuestionó la veracidad de lo que me platica. No es mi tipo de chico, después de todo, parece que disfruta mucho su trabajo. La gente del pueblo dice que él es de los pocos anfitriones que ha obtenido el permiso de acompañar a sus clientes al extranjero y regresar después de un tiempo. Le he preguntado sobre sus viajes, pero al igual que todos, solo evade mis dudas con su gran sonrisa.

Alejada del pueblo y del burdel, se encontraba una casa de fachada azul, la cual contaba con dos pisos y no tenía bardas que la rodearan. Lo único que la adornaba eran varias coníferas y arbustos. Uno que otro perro descansaba sobre el pasto y varios borregos formaban sus propios grupos en un amplio establo. Greta Heredia despertó temprano ese día, ya que al ser viernes, le correspondía charlar con los clientes que pronto llegarían al pueblo. Ella escribió una página de su diario, y después de cepillar su cabello castaño y limpiar sus labios rojos que se mancharon con el desayuno, la chica salió con el vestido blanco que tanto le gustaba y portando aquella mirada triste que la caracterizaba.

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