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Portada de la novela La Mujer Ciega en AMOR Despertó

La Mujer Ciega en AMOR Despertó

Sofía ha soportado tres años de un matrimonio gélido, pero la verdad estalla al descubrir que su esposo Ricardo la traiciona con Mateo, su hermano adoptivo. Usada por su patrimonio, la obligan a una fertilización forzada para asegurar un heredero a los Valdivia. Tras rebelarse y destruir los embriones, Sofía se niega a ser una incubadora. Decidida a vengarse, contacta a su abuela en Jalisco para reclamar su propio imperio y destruir a quienes la humillaron.
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Capítulo 2

Era nuestro tercer aniversario de casados, y yo había pasado toda la tarde preparando la cena favorita de Ricardo.

Me puse el vestido rojo que él siempre decía que le encantaba, arreglé mi cabello y me maquillé con esmero, esperando que esta noche fuera diferente.

Cuando Ricardo llegó a casa, tarde como de costumbre, intenté recibirlo con un abrazo.

"Mi amor, feliz aniversario", le dije, tratando de sonar alegre.

Él se apartó, esquivando mi contacto con una frialdad que ya me era demasiado familiar.

"Estoy ocupado, Sofía", dijo sin mirarme, aflojándose la corbata mientras caminaba hacia su estudio.

"Pero... preparé la cena", insistí, sintiendo cómo la esperanza se desvanecía.

"No tengo hambre. Come tú".

La puerta del estudio se cerró, dejándome sola en el pasillo con el olor a la comida que se enfriaba en la mesa. Era una escena que se había repetido incontables veces en los últimos tres años, una rutina de rechazo que había aprendido a soportar en silencio. Nuestra vida íntima era inexistente, un desierto donde yo era la única sedienta.

Más tarde, lo encontré en el balcón. Me acerqué con cuidado, rodeando sus hombros con mis brazos por la espalda.

"Ricardo, por favor, hablemos", supliqué en un susurro.

Él se tensó al instante y se quitó mis manos de encima con brusquedad.

"¿No entiendes que quiero estar solo?", espetó, su voz cargada de fastidio.

"¿Qué te pasa? ¿Por qué eres así conmigo?", pregunté, con la voz rota. "Llevamos meses, años, sin... sin tocarnos. ¿Ya no me deseas?".

Ricardo soltó una risa amarga, una risa que me heló por dentro.

"¿Desearte?", repitió con burla. "Sofía, mírate. Si tienes tantas necesidades, ¿por qué no buscas a alguien que te las cumpla? Hay muchos hombres ahí fuera".

Sus palabras me golpearon. Me sentí humillada, sucia. La confusión y el dolor luchaban en mi interior. No entendía cómo el hombre que me había prometido amor eterno podía ser tan cruel.

Retrocedí, con las lágrimas nublando mi vista, y corrí hacia nuestra habitación. Me encerré, incapaz de entender qué había hecho mal. Minutos después, escuché la puerta del estudio abrirse de nuevo. Impulsada por una extraña mezcla de desesperación y sospecha, salí sigilosamente y me asomé por la rendija de la puerta del estudio, que había quedado entreabierta.

Lo que vi me dejó sin aliento.

Ricardo no estaba solo. Mateo, mi "hermano" adoptivo, el que siempre me trataba con una amabilidad fraternal, estaba con él. Ricardo lo sostenía por la cintura, y su rostro, que para mí siempre era una máscara de frialdad, estaba lleno de una ternura que yo jamás había conocido. Le susurraba algo al oído, y Mateo sonreía, pasando sus dedos por el cabello de Ricardo.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. El aire se volvió pesado, irrespirable. Eran ellos dos. Siempre habían sido ellos dos.

Regresé a la habitación como una autómata, mi mente en blanco. Vi el celular de Ricardo sobre la mesita de noche. Lo había olvidado en su apuro por ir al estudio. Con manos temblorosas, lo tomé. No tenía contraseña. Mi corazón latía con fuerza mientras abría sus mensajes.

Lo que encontré fue la confirmación de la peor de mis pesadillas. Cientos de mensajes entre él y Mateo, llenos de palabras de amor, de planes secretos, de burlas hacia mí.

"La ingenua de tu hermana ya preparó otra de sus cenitas románticas. Qué patética", leía un mensaje de Ricardo.

"Aguanta un poco más, mi amor. Pronto tendrás el control de la fortuna de los Valdivia y nos libraremos de ella para siempre", respondía Mateo.

"Solo me casé con esta tonta por el dinero de su familia. Es una simple herramienta. Una vez que sus padres me den el control de la empresa, la botaré como la basura que es".

Cada palabra era una puñalada. Mi vida entera, mi matrimonio, el supuesto cariño de mi "hermano", todo era una farsa. Yo, Sofía, una ingeniera de software con una mente brillante, había sido reducida a un peón en su juego de ambición. Mis padres adoptivos, los Valdivia, me habían sacado de un orfanato en México cuando era niña, prometiéndome una familia. Ricardo, a quien conocí en la universidad, se había mostrado como un príncipe azul, el hombre perfecto que me amaba por ser yo misma, no por el apellido que llevaba. Recordé cómo me defendió una vez de unos chicos que se burlaban de mis orígenes humildes, cómo me prometió que siempre me protegería. Todo mentira. Una manipulación calculada.

El dolor era tan intenso que me doblé por la mitad, ahogando un sollozo. Me habían engañado todos. La familia que creía mía, el hombre que amaba, el hermano en el que confiaba. Estaba completamente sola.

En medio de mi desesperación, un recuerdo lejano vino a mi mente. Una mujer de cabello plateado y ojos llenos de fuerza, mi abuela. La matriarca de una poderosa familia tequilera en Jalisco, a quien los Valdivia me habían alejado, diciendo que era una mala influencia.

Busqué mi propio teléfono, mis dedos marcando un número que no había usado en años, un número que había memorizado como un salvavidas secreto.

La voz al otro lado respondió al primer tono, cálida y fuerte.

"¿Sofía, mi niña? ¿Eres tú?".

Al escuchar su voz, el dique que contenía mi dolor se rompió.

"Abuela", lloré sin control. "Abuela, me engañaron... todos me engañaron".

"Lo sé, mi amor. Lo sé todo", dijo con una calma que me sorprendió. "Ya es hora de que vuelvas a casa. Tu verdadero hogar te espera, y tu imperio también. Es hora de que el mundo sepa quién eres en realidad, Sofía Herrera".

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