Seguir
Capítulos
Compartir
Portada de la novela La muerte de mis heridas

La muerte de mis heridas

Con el firme objetivo de solicitar el suicidio asistido, Amaya Vega se traslada a Ámsterdam buscando poner fin a su dolor. Sin embargo, su destino se cruza con el de Leonardo Burgos, un médico que posee una visión perturbadora sobre la vida y la muerte. Este encuentro inesperado genera una conexión profunda que obliga a la joven española a replantearse sus intenciones, debatiéndose entre el deseo de morir y la posibilidad de sanar sus heridas.
Capítulos
Compartir

Capítulo 2

Cerré los ojos y pensé en esperar unos segundos antes de llamar a la puerta, pero no fue necesario porque el sonido del cierra puertas se hizo presente y ante mis ojos de color azul, apareció una mujer de unos treinta años de edad.

Era una despampanante rubia, de sonrisa simpática que irradiaba alegría con tan sólo percibir su presencia.

—Hola, mucho gusto. Soy Cristina Ayala. —Extendió su mano hacia mí en forma de saludo y yo gustosa la acepté — Puedes pasar adelante, me han hecho saber de tu visita a nuestra organización.

—Sí, hace unos minutos llegué, estaba un poco perdida. No sabía cómo ubicarme aquí —pronuncié un poco temerosa. Vi a todos los lugares posibles.

—Entra, lo bueno es que ya estás conmigo. —Hizo un ademán con su mano para indicarme que pasara.

Vaya amabilidad para darle la muerte a alguien, pensé en mi interior. Obedecí ante el llamado de la doctora y entré sin miedo, necesitaba perderlo. Cuando tenía un pie adentro de la habitación suspiré de forma cansada y observé muy detenidamente.

Parecía una habitación normal, con la única diferencia que había una camilla de hospital y unos cuantos equipos médicos. Observé a la doctora buscando una respuesta.

— ¿Y esto es seguro? —Pregunté muy confundida — Es decir no parece un lugar para... Usted ya sabe.

La doctora sonrió, parecía como si se estuviera burlando de mí; lo que me molestó un poco.

—No, no aquí no es jajaja

No entendía porque se reía, me había visto cara de payaso. Aclaré mi garganta para hacerle saber que su risita no me agradaba para nada.

—Entonces... ¿Para qué es? —pregunté con el ceño fruncido.

—Oh, lo siento, lo siento mucho. Lamento haberte incomodado. Este lugar es para hablar con el paciente antes de llevarlo hasta…—se llevó una mano hacia su mejilla — Su destino podría decir.

—¿Es usted psicóloga?

La doctora bajó sus manos hasta la altura de su pecho y con ellas empezó a negar mi pregunta.

—No, no nada de eso. Soy doctora en medicina. Es sólo que me gusta mantener una charla con mis pacientes antes de que tomen una decisión tan crucial. ¿No te parece que la vida es muy linda? — me preguntó muy risueña, y yo ignoré su pregunta.

—No entiendo... Su trabajo no es para ayudarle a morir a las personas que ya desean descansar, ¿para qué hace todo eso? — Estaba muy confundida. La doctora seguro que estaba un poco mal de su cabeza.

—No hay algo que valga más que la vida de un ser humano, y al menos intento que tomen la mejor decisión; pero si no quieres no te obligaré a que mantengas una charla conmigo.

La actitud de la doctora había cambiado por completo desde que había formulado aquella pregunta, ya no sonreía, estaba muy seria como si hubiese dicho algo que a ella le molestara. No sabía que responderle, por una parte, estaba muy segura de mi decisión; sin embargo, no lo había platicado con nadie antes. No tenía en quien confiar y cuando decidí que era mejor morir me lo guardé para mí.

El frío aire entró por las ventanas de la habitación y los mechones rubios de la doctora y mis mechones castaños se movieron con el viento. Un silencio sepulcral se apoderó del cuarto, mientras muy confusa me dirigí hasta ella para contestarle

—Está bien. Me gustaría hablar con usted un momento. ¿Dónde me puedo sentar? —Observé toda la habitación, y aparte del escritorio de la doctora el único lugar libre era la camilla y no me apetecía mucho sentarme en aquel lugar.

La despampanante rubia se encogió de hombros y, con sus ojos de color avellana, dirigió su mirada hacia el único lugar disponible: la camilla

—Te puedes acostar en la cama. — Ella se quitó su gabacha, y la dejó tirada en su escritorio —Ahora mismo quiero que me veas como tu amiga, no como tu doctora.

Bueeeno... Su actitud era demasiado extraña y logró incomodarme un poco con su actitud, pero ya no me quedó otra opción más que hablar.

— ¿Con qué quieres qué empiece? — pregunté, mientras me acostaba en la suave camilla.

—Quiero saber qué te trae por aquí, por qué has decidido tomar esta decisión tan crucial. — La doctora se cruzó de brazos, mientras con su mirada buscaba analizarme, descifrarme e incluso entrar en lo más profundo de mi ser: mi alma.

—Bueno, yo... —sentí como mis ojos se cristalizaron y como mi cuerpo tragaba las lágrimas que querían salir de ellos.

—No es necesario que me cuentes con detalles todo sobre tu vida, quiero algo general. Entiendo que no te sientas cómoda ahora mismo, tus razones tendrás para estar parada frente a mí, para estar de pie frente a la misma muerte.

Asentí levemente con mi cabeza, las palabras de mi "amiga" me habían tranquilizado un poco, ya no sentía aquella gran presión en mi pecho, ni un calor queriendo liberarse de él y aquel gran número de palabras que querían salir de mi boca de forma incoherente las había logrado mantener dentro de mí, había logrado ordenarlas en el desorden que era mi mente.

—Sabes, todo esto empezó a rondar por mi cabeza desde que perdí a mis padres, y no logré superar mi depresión... — Por un momento, pensé en contarle mi mayor problema, uno de los causantes del porqué mis padres ya no estaban más conmigo; sin embargo, no me sentí capaz de hacerlo.

— ¿Has tenido alguien que te apoye? Siento mucho lo de tus padres. — Sus palabras se escucharon muy suaves, creo que trataba de que nadie escuchara nuestra conversación de las puertas para fuera y mis suposiciones podrían ser ciertas, ya que el ruido de los pasillos traspasaba la puerta de la habitación.

Agarré un mechón de mi cabello y lo llevé atrás de mi oreja, mientras veía por la ventana el exterior del hospital. Era un día muy nublado y hacía mucho frío. El cielo reflejaba perfectamente mi estado de ánimo: triste y sin ganas de vivir.

—Digamos que tengo un tío, pero a veces no le suelo contar todo, y este es el caso, él no sabe lo que estoy haciendo en este momento. — Una imagen de las vacaciones que tuve en Brasil junto a mis padres y Enzo se vino a mi cabeza, una leve sonrisa se formó en mi rostro.

—Creo que sigues así, porque en verdad no has tenido a alguien que te apoye en todo, y sobre todo una persona en la que confiar; pero vamos seguramente tienes algo por lo que luchar, si lo tienes aférrate a ello y no lo sueltes, si no tienes algo por lo que vivir, pues búscalo. —Juntó sus manos y se las llevó hasta su boca, parecía estar ansiosa por mi respuesta, mientras yo me desahogaba cada vez más.

Al escuchar su pregunta no dudé ni en un segundo en pensar en los niños de la Fundación Deseo. En los últimos días ellos, habían sido mi motor para seguir adelante. Así que levemente asentí con mi cabeza y respondí:

—Sí, si lo tengo. Estoy trabajando en una fundación, cuido de unos niños maravillosos; pero aún no sé si sea suficiente. — Mis labios comenzaron a temblar, temía llorar frente a la doctora, que no me quitaba el ojo de encima.

— ¡No, no! No vayas a llorar, no quiero que te pongas triste, piensa positivo. — La doctora se acercó muy alterada hasta mí y con mucha delicadeza me dio unas palmaditas reconfortantes en la espalda. —¿Tienes algún sueño?, ¿quieres casarte? — La doctora Ayala extendió su mano y me regaló un pequeño dulce, que yo acepté gustosa. Abrí el dulce, lo llevé hasta mi boca y sentí como una gota de saliva resbalaba por mi mentón, de inmediato lo limpié avergonzada.

—Sí, he pensado en casarme; pero por los momentos estoy sola y mi mayor sueño ha sido ayudar a los demás. Desde hace algunos años he luchado por eso. —Pude calmar mi agitada respiración. El dulce me había ayudado para no romper en llanto.

—Yo te veo muy bien, solamente debes recuperarte de la depresión, ¡vamos, eres una mujer con una muy buena salud! Créeme he conocido casos de personas que luchan con enfermedades extremas y aún sienten esas ganas de vivir, yo los considero súper humanos.

Desde la muerte de mis padres no había tenido una plática de este tipo, tan profunda, llena de sentimentalismo; simplemente me había encerrado en un fuerte caparazón y aquella mujer tan fuerte, tan decidida y valiente que mis padres conocieron ya no existía más.

Sin embargo, la doctora Ayala no conocía la historia completa; si se diera cuenta de todo lo que yo escondía su opinión cambiaria. Me quedé muda pensando en lo que ella me había dicho, creo que ni siquiera podía parpadear.

—¿Te sucede algo? — preguntó muy preocupada por mí y yo respondí con un:

—Todo bien. —Con un movimiento brusco, coloqué mi mano derecha en la pequeña mesa que estaba cerca de la camilla y sin darme cuenta derramé una taza de café caliente sobre mi mano. La doctora Ayala abrió sus ojos de par en par por el asombro; pero yo me mantenía como si nada, mi mano no sentía absolutamente nada.

Y ese era mi mayor problema: el no sentir absolutamente nada...

Mi mundo se detuvo y sólo podía observar como una preocupada doctora Ayala hacía todo lo posible por ayudarme, mientras yo me mantenía como un cuerpo inerte... Mi piel se quemaba, y las ampollas: aquellas pequeñas bolitas de agua se estaban formando en mi mano, a la vez se teñía de un color carmesí.

También te puede gustar

Portada de la novela Amor, Deseo y Venganza
9.3
Velkan Rottenberg, un implacable mercenario con un pasado oscuro bajo las mafias del Cáucaso, ve su destino transformado tras enamorarse de la hija de un peligroso líder georgiano. Este romance prohibido vulnera los estrictos códigos del hampa, donde la traición se castiga con sangre. Al morir la mujer del hombre más poderoso, surge una espiral de venganza y peligro. Ahora, Velkan deberá enfrentar una odisea de acción y riesgo por un amor que desafió toda ley.
Portada de la novela Después de ti
7.9
Evelyn Carter y Leonardo Hill desafiaron las barreras sociales en Wyoming con un romance prohibido, pero la familia de ella logró separarlos mediante crueles engaños. Tras quince años de distancia, el destino fuerza un reencuentro marcado por el rencor y viejas heridas. La situación se complica con la llegada de Michael Anderson, un hombre seductor que sacudirá los sentimientos de Evy. Entre intrigas y mentiras, ella decidirá si recuperar su pasado con Leo o apostar por el misterioso Mike.
Portada de la novela El Peso De La Traición
8.8
La ciudad sucumbe ante el cartel enemigo mientras Ricardo, mi esposo y jefe de policía, me abandona para salvar a su amante. Tras morir por su culpa, regreso al pasado recordando la pérdida de mi hijo y su cruel desprecio. Decidida a no ser la heroína, permito que su familia vea su verdadera cobardía. Pese a mi intento de cambiar el destino, el dolor me consume y vuelvo a perder a mi bebé en medio del caos. ¿Podré escapar de este círculo de traición?
Portada de la novela El Testamento. Dada en Matrimonio
9.7
Tras el fallecimiento de Don Américo del Corral, la fachada de su linaje se desmorona ante una revelación oculta en su herencia. El testamento priva a sus sucesores de la fortuna familiar, imponiendo una condición extrema para recuperarla. Julietta y Marcos, sus bisnietos, se ven obligados a aceptar un matrimonio concertado con los Di Cavalcanti, una poderosa dinastía italiana. Este pacto antiguo los arrastra a un mundo de intrigas, mafia y deberes ineludibles.
Portada de la novela Idilio Y Aflicción
9.0
Vivir con Robert Dawson en Londres no es el cuento de hadas esperado. Pese a la intensa pasión que comparten, la rutina y las dudas constantes desgastan su relación. Cuando surge la propuesta de matrimonio, lo que debería ser una promesa de futuro se convierte en una crisis que sacude su estabilidad emocional. En esta secuela de Amor y Prejuicio, la pareja debe luchar contra la angustia y la monotonía para salvar su vínculo en la gran ciudad.
Portada de la novela La pequeña esposa traviesa del Ceo.
9.6
Un beso fortuito en un bar vincula a una universitaria de diecinueve años con un poderoso CEO. Al descubrir que él es su prometido por contrato, la joven rebelde se ve forzada a simular ser la esposa perfecta, chocando con su esencia indomable. Mientras ella provoca desastres con su actitud, el magnate intenta mantener la cordura y resguardar un secreto oscuro. ¿Logrará él controlar la rebeldía de su mujer o sucumbirá al caos de sus enredos?