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Portada de la novela La muerte de mis heridas

La muerte de mis heridas

Con el firme objetivo de solicitar el suicidio asistido, Amaya Vega se traslada a Ámsterdam buscando poner fin a su dolor. Sin embargo, su destino se cruza con el de Leonardo Burgos, un médico que posee una visión perturbadora sobre la vida y la muerte. Este encuentro inesperado genera una conexión profunda que obliga a la joven española a replantearse sus intenciones, debatiéndose entre el deseo de morir y la posibilidad de sanar sus heridas.
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Capítulo 3

Poco a poco abrí mis azulados ojos y lo primero con lo que me encontré fue con el techo de la habitación. La noche anterior había sido pesadita, llena de recuerdos, sucesos que ocurrieron hace más de diez años. Mi mente seguía un poco dormida, pero cuando desperté por completo, lo primero que hice fue tocar alrededor de mí, toqué con desesperación: ahí estaban mis dos pequeñas.

Sonreí para mí misma, se encontraban sumergidas en un profundo sueño. No quería levantarlas, hoy no tenían clase y su padre les exigía mucho en sus estudios, pienso que mucha presión para un niño puede ser mala. Sin duda alguna, se merecían un descanso.

Empecé a juguetear con mi lengua, tocaba mis encillas y los costados de los dientes. Últimamente me había despertado con un sin número de heridas en mi boca y ya me estaba hartando de esto. Desde hace mucho no me pasaba, quizá la última vez ocurrió cuando tenía unos diecisiete años.

Con mucho cuidado, me levanté de la cama y me dirigí hasta el baño que compartíamos con Leonardo. Toda la casa estaba llenada de él, su ropa, sus zapatos, su olor y lo más importante: su esencia. Todo parecía un sueño hecho realidad.

Llegué al baño y lo primero que hice fue buscar el espejo de la pared. Al encontrarlo, abrí mi boca en su totalidad y vi las heridas internas que me había realizado yo solita. Eran muchas y me ardían demasiado, tenía que buscar la forma de desinfectarlas o qué sé yo, no soy doctora.

Mi lengua no paraba de jugar con las heridas y revolvía la sangre, que salía de ellas, por toda la boca. ¡Vamos! Si mis hijas me vieran, pensarían que soy un vampiro.

Abrí el grifo del lavamos y me enjuagué la boca. El maldito dolor era muy fuerte, pero tenía que soportarlo, al menos hasta que Cristina llegara y me atendiera.

Primer enjuague: más sangre que agua.

Segundo enjuague: el agua se mezclaba con la sangre.

Tercer enjuague: el agua ya dominaba a la sangre.

Cuarto enjuague: lo que salía de sangre era mínimo.

Quinto enjuague: el ardor había bajado y el agua salió prácticamente incolora.

Me limpié la boca con la toalla que estaba más cerca, me vi nuevamente en el espejo sólo para decirme:

—Maldición Amaya. ¿Cómo puede ser que te sigas haciendo esto?

Al verme de nuevo el espejo del baño, me di cuenta que había una pequeña foto de Leonardo y yo cuando estuvimos en Países Bajos. Éramos tan jóvenes que a penas me reconocía. Saqué la fotografía del vidrio y la tomé entre mis manos, la vi con mucha nostalgia, mucha tristeza.

Más de diez años de nuestras locas aventuras, me reí por lo bajo y vi de reojo la habitación de los niños.

—Hemos construido mucho.

Con mucha tristeza, guardé muestra fotografía en el bolsillo del buso. En ese instante, escuché que llamaban a la puerta con cierta desesperación, pero no una desesperación de "estoy enojado, abre la puerta ya" sino más bien, una desesperación por contar algo.

Abrí la puerta y lo primero que apareció fue Cristina con una sonrisa de oreja a oreja, una sonrisa que nunca antes, en estos más de diez años de ser amigas, se la había visto. Ella se mantenía inmóvil sin decirme nada, sólo de pie y sonriendo como toda una boba que es.

—Buenos días, Cristina — dije con un poco de sarcasmo para que ella entendería el mensaje y supiera que me tenía de pie sin decir nada.

Cristina se abalanzó sobre mí y prácticamente me tumbó en el sillón de la sala. Intentó gritar de la alegría que traía dentro, pero en el preciso instante en el que iba abrir su boca le puse una mano encima y le hice un gesto con mi dedo índice para que se callara, señalé la habitación de las niñas y ella entendió mi mensaje.

Cristina se levantó de mí, sí de mí, casi me saca el aire.

—¿Qué es lo que te sucede?, ¿por qué tanta alegría? — Aún no quería decirle nada sobre las mordidas de mi boca. Se le notaba muy feliz y no quería arruinarle esa felicidad.

—Está bien, está bien. Antes de empezar a contarte. Necesito un poco de agua. — Como Pedro por su casa, mi rubia amiga se dirigió hasta la cocina y tomó un vaso de agua. Bueno, Cristina era prácticamente de la familia.

—Está bien, espero que te tomes el agua — dije, mientras la veía caminar graciosamente de un lado a otro con el vaso de vidrio en mano. Luego de unos segundos lo colocó en la pequeña mesa que estaba en el centro de los sillones.

Ambas tomamos asiento.

—Lo he decidido, al fin lo he decidido.

—¿El qué has decidido? — pregunté totalmente perdida.

—¡Ay!, ¿acaso no lo recuerdas? — me dijo decepcionada —Bueno, está bien. He decidido adoptar un niño de tu fundación, hoy, necesito ir hoy. He tenido muchas inseguridades en mi vida, pero mira que ya voy para vieja y no puedo quedarme sola de por vida, Amaya, tengo treinta y siete años, y creo quedarme solterona de por vida. El tiempo pasó volando y mi carrera consumió gran parte de mi vida. Es más, a veces miro a Savannah y Nevada y no puedo creer que ha pasado diez años desde que llegaste a Holanda, ha sido un largo camino; ¿no crees?

Cristina parecía un loro, pero claro más parlanchín que los normales, y yo estaba más pérdida que una cabra. Agaché mi mirada, tragué grueso. No quería arruinar el momento de felicidad de mi amiga, pero tenía que decírselo.

—Cristina, hoy iremos a la fundación. Veremos a los niños, estoy segura que cualquiera que tú escojas, él o ella estará muy feliz de tener una madre como tú. Pero antes de ir, necesito contarte algo.

El rostro alegre de Cristina había desaparecido, ahora tomó un semblante más serio. Se acomodó en el sillón y sus ojos de color avellana me vieron directamente.

—¿Qué es lo que sucede?

No quería hablar; sabía que con un simple movimiento ella entendiera lo que me pasaba. Abrí mi boca en su totalidad y le mostré lo que había ocurrido.

—Eso paso, otra vez las heridas de las últimas semanas. Me he tomado el medicamento como tú me has dicho, pero esto no para y en algunas ocasiones, siento que pierdo el conocimiento. Es tan difícil, temo que llegué al punto en el que el medicamento no surtirá efecto en mí. — Solté un suspiro cansado y me tumbé en el mueble, sentí la suave mano de Cristina apoyarse en mi hombro.

—Yo te ayudaré a curar esas heridas para que Leonardo no se dé cuenta de nada. No son muchas y no son tan graves. — Su tono de voz había cambiado por completo, ya no era la Cristina emocionada porque por fin iba a ser mamá, ahora era la Cristina doctora, la que llevaba atendiéndome por más de diez años y la que le escondía el secreto a su amigo.

—Son más de diez años ocultándole esto a Leonardo, ¿lo sabes?; hace años hablábamos que algún día se lo contarías, pero cada vez el tiempo se fue extendiendo más y más, le dábamos más largas al asunto, hasta llegar a este punto: diez años de matrimonio, bienes compartidos, dos hijos en común y mi incapacidad de ser sincera y contarle todo. Temo que ya no podré seguir ocultando esto por más tiempo.

Cristina se puso de pie, se llevó su dedo índice hasta su boca, sus ojos avellana me miraron preocupados como si esperarán una respuesta.

—¿Qué piensas hacer? Dímelo.

—Creo que ya lo supones. No tengo más opción, Cristi. He tenido recuerdos del tiempo que estuve en Países Bajos, cuando te conocí a ti y conocí a Leo. Debo decirle la verdad, aunque tenga miedo de su reacción, de nuestro futuro después de tremenda noticia. — Vi la habitación de las niñas —. Leonardo merece saber que su esposa puede convertirse en un mo...

Cristina me interrumpió.

—Shuuu, ya. ¡Calla! No digas más, este tema me pone muy mal a mí también. Cuando hablamos de esto, quisiera ser un súper héroe y poder destruir al maldito villano. Me llego a sentir incapaz. Apoyo la decisión que tomes, eso tenlo por seguro.

No pudimos culminar la conversación, porque, en ese momento, se escuchó el claxon de un auto. Lo tocaban con desesperación, esta vez, si con la desesperación de: "Abre, que estoy enojado".

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