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Portada de la novela La mentira del Amor

La mentira del Amor

Lía Salazar, una joven huérfana, logra ser contratada en la corporación del severo CEO Felipe Navarro. En la oficina surge un romance intenso con Tomás, el hijo de su superior, mientras colaboran estrechamente. No obstante, una oscura realidad se oculta tras el lujo: Lía es en verdad la hija biológica que Felipe decidió borrar de su pasado. Entre intrigas y poder, esta verdad prohibida amenaza con destruir su relación y transformar su destino.
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Capítulo 2

Era una tarde cálida, con un sol dorado que comenzaba a desvanecerse detrás de las altas torres del centro de la ciudad. Lía Salazar salía del edificio de Navarro & Cía después de su primer día de trabajo, sintiendo una mezcla de emociones. La jornada había sido exhaustiva, llena de reuniones y nuevos procedimientos que aprender, pero lo que más le ocupaba la mente no era el cúmulo de tareas por delante, sino el encuentro con Tomás Navarro, el hijo del CEO.

Durante todo el día, sus pensamientos se habían centrado en él. Desde su mirada intensa, hasta la manera en que su presencia llenaba la habitación sin esfuerzo. Había algo magnético en Tomás, algo que la hacía sentirse como si no pudiera escapar de su influencia. Su imagen seguía rondando en su mente, haciéndola sentir un poco perdida en un mar de sensaciones. Pero lo que más la inquietaba era la atracción que había sentido por él. Aquel primer encuentro había sido... inesperado.

No estaba acostumbrada a sentir esa electricidad tan fuerte al estar cerca de alguien. Lía era una mujer de control, de lógica, y siempre había mantenido su corazón a distancia. Sin embargo, con Tomás, algo era diferente. Había algo en la forma en que la miraba, en su tono de voz, en su gesto tranquilo pero lleno de autoridad que la hacía sentir como si sus emociones fueran un terreno desconocido, difícil de explorar, y sin embargo, tan fascinante.

Mientras caminaba hacia la salida del edificio, se detuvo un momento a observar el bullicio de la calle. El tráfico, las personas entrando y saliendo de los cafés cercanos, el ruido de la ciudad. Todo parecía normal, pero en su interior, todo estaba cambiado. La ciudad, tan familiar, ahora se sentía ajena, como si fuera parte de una escena en la que ella no encajara del todo.

Fue entonces cuando lo vio.

Tomás estaba allí, de pie junto a la entrada, hablando con alguien por teléfono. Su figura destacaba entre la multitud, como si el mundo a su alrededor se desvaneciera para enfocarse solo en él. Estaba vestido con una camisa de lino blanco, sus mangas enrolladas ligeramente hacia los codos, mostrando una postura relajada pero poderosa al mismo tiempo. El viento jugaba con su cabello oscuro, y por un segundo, Lía sintió que el mundo se detenía a su alrededor.

Tomás colgó el teléfono y levantó la mirada. Fue entonces cuando sus ojos se cruzaron.

Lía sintió una sacudida en su pecho. Era como si toda la atmósfera se hubiera vuelto más densa, más cálida, como si solo existieran ellos dos en ese preciso momento. Intentó disimular, desviar la mirada, pero no pudo. Algo la mantenía allí, atrapada en su mirada.

-Lía. -Tomás dijo su nombre con una suavidad que la hizo estremecerse, casi como si estuviera reconociendo algo en ella, algo que solo él podía ver.

-Tomás. -Respondió ella, tratando de sonar lo más natural posible, aunque su voz sonó un poco más baja de lo que había planeado.

Hubo un silencio incómodo. Ambos estaban allí, inmóviles por un segundo, como si no supieran qué hacer con esa energía palpable entre ellos. Lía no podía evitar sentir que había algo más en ese momento, algo que no podía poner en palabras.

Tomás fue el primero en romper el silencio, dándose cuenta de que ambos se sentían extraños en la situación. Sonrió con una leve inclinación de cabeza, esa sonrisa suya que era tan tranquila y, sin embargo, tan magnética.

-¿Terminado por hoy? -preguntó él, con un tono casual, pero su mirada seguía fija en ella, como si buscara leer algo más allá de sus palabras.

Lía asintió, sintiendo su corazón latir más rápido de lo habitual. -Sí, por fin puedo respirar. Fue un día largo. -Intentó sonreír, pero sus palabras se sintieron algo vacías, como si no pudieran cubrir la distancia que se había abierto entre ellos.

Tomás dio un paso hacia ella, acercándose sin prisa, como si cada movimiento estuviera calculado. Algo en la forma en que se acercaba la hacía sentir que no podía moverse, que todo su cuerpo estaba fijado en ese instante.

-¿Te gustaría tomar un café? -La pregunta fue directa, pero la forma en que la hizo sentir fue diferente. No era una invitación común. Había algo en su tono que sugería algo más, como si en ese momento todo fuera posible, como si el mundo fuera pequeño comparado con la conexión que sentían.

Lía vaciló. No era como ella aceptara ofertas de esa naturaleza tan fácilmente. Estaba allí para trabajar, no para distraerse con un romance fugaz. Pero algo en sus ojos la hizo dudar. No podía explicarlo, pero sentía que algo la impulsaba a decir sí, a no rechazarlo.

-Claro. -Respondió finalmente, su voz un poco más suave de lo que había planeado.

Ambos caminaron juntos hacia un pequeño café al final de la calle. La ciudad seguía su ritmo frenético a su alrededor, pero dentro de esa burbuja que parecía haberse formado entre ellos, el tiempo se movía de una manera diferente.

El café, pequeño y acogedor, tenía una atmósfera cálida, con luces suaves y el murmullo bajo de conversaciones lejanas. Tomás pidió un café negro, y Lía se quedó mirando la carta sin decidirse. Siempre había sido una persona de decisiones rápidas, pero esa tarde, sentía como si todo estuviera ralentizado, como si cada acción tuviera un peso diferente.

-¿Tú también eres de tomar café negro? -Tomás preguntó con una sonrisa divertida al ver su indecisión.

Lía levantó la mirada, encontrando una chispa de diversión en sus ojos. -No. Generalmente, me gusta con leche. Pero... -Hizo una pausa, luego sonrió, buscando algo que la hiciera parecer menos nerviosa-. Supongo que esta es una excepción.

Tomás la observó por un momento, como si estuviera analizando cada palabra que ella decía. Luego, asintió.

-Me alegra que lo digas. A veces es bueno romper con la rutina. -Su voz tenía una suavidad que contrastaba con su naturaleza acostumbrada a controlar todo a su alrededor.

Lía no pudo evitar sonreír. En ese momento, el ambiente se suavizó, como si la tensión de antes se desvaneciera. La conversación continuó de forma fácil, fluyendo de un tema a otro, y Lía comenzó a relajarse. Había algo reconfortante en su compañía, una calma extraña que la hacía sentirse a gusto, a pesar de la incomodidad inicial.

Al final, cuando se levantaron para irse, Lía se dio cuenta de que el sol ya había desaparecido por completo, y la luz suave de la noche comenzaba a envolver la ciudad.

-Gracias por el café, Tomás. -Dijo ella, sintiendo una extraña calidez en su pecho.

Él la miró por un momento, esa mirada profunda y penetrante que parecía comprender más de lo que él mismo mostraba.

-Gracias a ti por aceptar. No me esperaba esta tarde, pero me alegra que haya pasado así.

Un silencio cayó entre ellos, y por un segundo, Lía pensó que todo lo que había experimentado en ese encuentro había sido un simple juego del destino. Sin embargo, el brillo en los ojos de Tomás le decía que las cosas no serían tan simples. Algo había comenzado entre ellos, algo que ninguno de los dos podría ignorar.

Cuando se despidieron con un leve gesto, Lía sintió que algo en su interior se había despertado, algo que no podía controlar ni entender. Sabía que no sería la última vez que se encontrarían. Y aunque no quería admitirlo, algo en su corazón le decía que este encuentro era solo el principio de algo mucho más complicado, pero también, más maravilloso de lo que había imaginado.

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