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Portada de la novela La luna que le faltaba al rey

La luna que le faltaba al rey

Tras la muerte de sus padres, Lía sobrevive en la sombra hasta que descubre un poder inusual: ver la verdad tras las mentiras. Kael, el soberano de los alfas, la salva de su opresor Árgon al descubrir que son almas gemelas. Pero la paz es breve; mercenarios armados con plata acechan para atraparla. En un mundo al borde del conflicto, Lía debe usar su don para desenmascarar conspiraciones, reclamar su origen y salvar al hombre que ama de una traición mortal.
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Capítulo 2

No sé si había sido suerte, pero el destino me había puesto en sus manos. Mis dedos se crisparon sobre el suéter y no aparté la vista. 

-¿Kael? -susurré, y los guerreros bajaron la cabeza.

Él inclinó un poco el rostro.

Nos quedamos callados un segundo. Todo lo que había contenido durante años se acumuló en ese silencio: la suciedad debajo de las uñas, las noches sin sueño en el suelo de la despensa, las cucharas robadas por otros sirvientes. Mis padres muertos. Mi lobo dormido.

Y, de pronto, empezó a despertar.

No fue un estallido. Un calor fue subiendo, la vibración de mi esternón que subió a mi garganta y me llenó la boca de un sabor a cobre dulce, salvaje. 

-Olí a Kae, no solo su piel, sino también su esencia.

Kael parpadeó una vez. Lo sintió, lo supe. Y aun así, se quedó inmóvil ante lo que nacía.

-Lía -dijo, casi en un murmullo-. Vamos a sacarte de aquí.

-Si me encuentran contigo... -murmuré, mirando hacia el lado del bosque que pertenecía a mi manada-. Declararán que nos invadiste. Que me robaste.

-No se roban personas, se liberan.

El rubio carraspeó nervioso.

-Señor... -dudó-. Si ella es quien creo que es... su marca. Su olor... Los nuestros ya lo captaron.

El joven asintió apretando el borde de su chaqueta con dedos temblorosos. El mayor, en cambio, me miró con una mezcla de respeto y tristeza. Como si viera más atrás que mis moretones.  

Kael no apartó los ojos de los míos. No necesitaba. Su manada ya había leído lo que el aire decía.

-Pagarán por esto -dijo, sin subir la voz.

Era una sentencia.

Intenté incorporarme y me caí. Kael adelantó las manos y me levantó como quien alza algo que ama. Su calor me envolvió, casi me puse a llorar.

-Capa -ordenó sobre el hombro, y el rubio me cubrió con una capa gruesa. La tela cayó hasta mis tobillos y por primera vez en años no tuve frío.

-Nos movemos en silencio -dijo Kael a los suyos. Sin dejar rastro.

-Sí, Alfa -respondieron a la vez.

Dio un paso, y yo respiré hondo una última vez del lado del bosque que alguna vez fue mío. Olía a grasa rancia, a cuero húmedo. A las manos de él. A la cocina donde había aprendido a caminar de puntillas para que no crujieran las tablas. No me despedí. ¿De qué?

El primer tramo lo hicimos bordeando el arroyo. Aprendí rápido el ritmo de su paso, cada vez que tropezaba, su brazo me sostenía sin apretar. El zarpazo del dolor en el antebrazo iba y venía, pero otra cosa iba ganando: esa vibración nueva que me dejaba un calor bajo las costillas. Mi lobo iba desperezándose.

-No tienes que hablar -dijo de pronto-. Pero si quieres decirme algo, escucha: te creeré. 

No supe qué contestar. Tantos años intentando que alguien me creyera a la primera -"No fui yo". "No puedo con ese balde". "No quise llorar".

-No soy débil -dije, para mí-. Era importante dejarlo claro. Aunque me temblaran las piernas. Aunque el brazo doliera.

Kael exhaló algo que no era risa ni pena, fue alivio.

-Las cosas fuertes también se quiebran.

Los árboles se abrieron, y vi luces a lo lejos. Eran luces domésticas, cálidas. Casas. Un territorio que no me conocía.

El joven se adelantó corriendo y se perdió entre las sombras.

-Cuando crecemos esa línea -dijo Kael señalando una marca en la piedra-, estarás en mi territorio. 

En nuestra cultura, eso lo cambiaba todo.

-No tienes por qué... 

-Si tengo -me cortó-. Porque soy quien soy. Y porque tú eres quien eres, aunque te lo hayan arrancado de la boca.

Sentí que la respiración se me desordenaba. Me odié por eso. Pero también, por primera vez, no traté de corregirla. Dejé que mi pecho hiciera lo que necesitaba.

Cruzamos.

El aire cambió otra vez. No sé explicarlo sin parecer una tonta supersticiosa. Una mujer salió de una cabaña cercana con un botiquín en la mano.

-Vamos a atenderla, el equipo está listo -indicó.

Kael asintió. Me cargó un poco más alto y aún me dolía, pensé que olerlo tan cerca era peligroso. Porque poblaría mis noches y si luego se iba dolería.

-Kael -dije, antes de que me metieran a la cabaña-. Si me quedo... él vendrá.

-Que venga -respondió. Que todos miren lo que hicieron.

No tembló. Yo sí.

La sala era limpia, cálida. Una camilla, luces suaves. La mujer del botiquín me tocó con manos seguras. Cuando vio los moretones en las costillas, apretó los labios, pero no dijo nada. Agradecí ese silencio.

-Voy a colocar algo para el dolor -anunció-. Te va a marear un poco. No te duermas todavía. Necesitamos hacer placas.

Asentí. Ella preparó la inyección. Kael se quedó a mi lado, a un paso de distancia.

-¿Por qué me salvaste? -pregunté de nuevo.

-Porque respirabas. Y porque, al olerte, supe que llevaba demasiado tiempo esperando.

El mareo me tomó desde los pies. Antes de que me sumiera en la oscuridad, lo oí hablar con alguien en la puerta:

-Avisa al Consejo. Mañana al amanecer. Voy a presentarla.

-¿Presentar? -preguntó el mayor.

-A mi manada y a la ley.

Un silencio tenso.

-¿Y si él la quiere de vuelta? ¿Qué diremos?

Kael me miró.

-Diremos que ya no tiene derecho sobre lo que nunca fue suyo. Diremos que yo la reclamo.

Mi lobo rugió bajo, feliz, dentro de mí. Y yo, por primera vez en años, me dejé caer sin miedo.

Oscuridad.

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