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Portada de la novela La luna que le faltaba al rey

La luna que le faltaba al rey

Tras la muerte de sus padres, Lía sobrevive en la sombra hasta que descubre un poder inusual: ver la verdad tras las mentiras. Kael, el soberano de los alfas, la salva de su opresor Árgon al descubrir que son almas gemelas. Pero la paz es breve; mercenarios armados con plata acechan para atraparla. En un mundo al borde del conflicto, Lía debe usar su don para desenmascarar conspiraciones, reclamar su origen y salvar al hombre que ama de una traición mortal.
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Capítulo 3

Me sostuve del borde de la camilla mientras la mujer del botiquín Irene, se llamaba- ajustaba el entablillado: el dolor disminuyó, al menos me dejaba pensar.

Kael se quedó a mi izquierda, oía el ir y venir de su pecho como se oye el oleaje detrás de una puerta.

-Voy a tomar una placa -anunció Irene.

Asentí. En mi manada los tratamientos eran paños y silencio. La máquina vibró suave, un clic, y luego Irene volvió con una transparencia que sostuvo frente a una lámpara. 

-Fractura limpia -dictaminó-. Bien entablillada, sin desplazamiento. Descanso, vendajes cada veinticuatro horas y caldo. Mucho caldo.

En la cocina de mi antigua vida, el caldo olía a grasa vieja. Aquí olía a hueso y laurel.

-Gracias.

Irene me miró sin pena. Con respeto.

-Te llevarán a una cabaña. No estarás sola.

Kael hizo un gesto leve, y el guerrero mayor se adelantó.

-Soy Mikel -se presentó-. Andaremos dos casas más abajo. Si necesitas algo, golpea la pared dos veces. Se escucha.

No sabía qué responder cuando Kael habló:

-Quiero presentarte al Consejo al amanecer.

-No puedo. No hoy. No con esto -señalé el brazo.

-¿No puedes o no quieres?

Me callé. Irene escondió una media sonrisa de enfermera que ha oído demasiadas excusas de humanos y de lobos.

Nos movimos. Mikel abrió la puerta y el aire de afuera estaba más frío y traía aroma a pan. Caminé despacio envuelta en el suéter y la capa. El campamento de Kael no era una aldea improvisada, era un territorio. Senderos de tierra limpia, casas de madera con cimientos de piedra, faroles, guardias. Nadie me señaló. Nadie cuchicheó. 

La cabaña que me asignaron tenía una cama real, una mesa y una jarra de cobre. Mikel dejó otra jarra. El joven nervioso -ahora supe que se llamaba Ares- encendió el fuego con dos palitos. El rubio, Eidan, destapó una olla con caldo.

-Te lo dejo aquí -dijo, y el aroma me abrió el apetito.

-Gracias -volví a decir.

Cuando nos quedamos solos, Kael no llenó el vacío con palabras.

-¿Por qué presentarme? -pregunté al fin-. Podrías ...

-Porque no se reclama lo que no se honra. Quiero que todos sepan que estás aquí.

Miré el fuego. Las sombras hacían figuras en la pared. A veces, de  niña, mi madre jugaba a nombrar animales en las sombras. Lobo, ciervo, lechuza. 

-Si me presentas, él vendrá.

-Lo sé. Y también sé que vendrá de todas formas, si no hoy, mañana, o en un mes. Los que hacen daño no soportan que su obra les sea arrebatada.

Me senté en la cama con cuidado y tomé la taza. El líquido me calentó desde la lengua hasta el estómago. Una paz tibia, desconocida, se deslizó por mis costillas.

-No voy a tocarte -anunció de pronto-. No voy a marcarte. No voy a pedirte que duermas bajo mi techo. No hoy. Pero sí voy a poner a los míos entre tú y cualquiera que intente hacerte daño.

No supe si quería llorar o dormir veinticuatro horas. En lugar de eso, asentí. Mis ojos pesaban.

-Descansa. Despierta antes de que el cielo se encienda. Saldré a la puerta cuando me llames.

-¿Te quedarás aquí?

-A dos pasos -dijo. Y lo cumplió. Se acomodó fuera, contra la pared.

Cerré los ojos, soñé con agua y dientes, con una luna que no estaba y aun así lo iluminaba todo. Soñé con mi madre peinándome el cabello mojado, sus dedos suaves.

Desperté antes de que el primer tono naciera en el cielo. Mi cuerpo sabía dónde estaba Kael sin abrir la puerta. Me incorporé. El brazo dolió. Me vestí con una túnica limpia que alguien había dejado doblada sobre la mesa. Me quedaba grande. Me gustó.

Abrí. Él ya estaba de pie. 

-Buenos días -dijo.

Le respondí el saludo y caminamos hacia una construcción más amplia: un círculo de piedra bajo un techo abierto por el centro, para que el humo de una hoguera saliera. Esperaban cinco personas. No eran jóvenes, tampoco viejos. Olían a madera, campo, metal.

Kael no me adelantó, entramos juntos. Se colocó a mi derecha.

-Consejo -saludó-. Les presento a Lía.

La mujer del centro -piel oscura y ojos negros- inclinó la cabeza.

-Te veo -dijo.

No era un saludo de cortesía. Era el ritual de reconocimiento antiguo. Me lo habían enseñado de niña, pero a las de la cocina no les permitían repetirlo.

El hombre a su izquierda -cabello blanco atado atrás- olió el aire, como hacen los de nuestra especie cuando no quieren ser irrespetuosos y aun así quieren saber.

-La mancha en tu brazo...

-Fractura limpia y bien tratada.

El de cabello blanco asintió con el dato preciso.

-Mi intención -dijo Kael- es invocar amparo de frontera para Lía. Queda bajo mi protección directa a partir de este amanecer. Cualquier reclamo sobre su persona deberá presentarse ante mí. No ante ella.

-Habrá guerra -observó el más joven del Consejo.

-Habrá justicia -corrigió la mujer de ojos negros-. Y después, si tienen ganas, hablaremos de guerra.

-Aceptamos el amparo -dijo la mujer-. Pero la muchacha debe quererlo.

Todos los ojos vinieron hacia mí. Sentí el viejo impulso de buscar una esquina. Respiré. Puse los pies firmes.

-Lo quiero -dije.

 El círculo respiró distinto. Kael no se movió.

-Entonces queda dicho -cerró la mujer-. A mediodía encenderemos la piedra y lo marcaremos en los libros. Al anochecer lo sabrán las fronteras.

En ese mismo instante un aullido quebró el aire. No vino de cerca, pero tampoco de tan lejos como me habría gustado. El cuerpo se me tensó. Mikel, en la puerta, ya miraba hacia el norte.

Eidan apareció corriendo.

-Kael -dijo-. Bandas en el lindero alto que vienen con insignias de Árgon.

Árgon era el Alfa que me había llamado "Nadie" más veces de las que puedo contar. Mi lobo enseñó los dientes en algún lugar de mi estómago.

-¿Nuestro lindero o el común? -preguntó la mujer de ojos negros.

-El nuestro -respondió Eidan-. Pero no cruzan. Aúllan para que nos enteremos.

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