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Portada de la novela La luna que le faltaba al rey

La luna que le faltaba al rey

Tras la muerte de sus padres, Lía sobrevive en la sombra hasta que descubre un poder inusual: ver la verdad tras las mentiras. Kael, el soberano de los alfas, la salva de su opresor Árgon al descubrir que son almas gemelas. Pero la paz es breve; mercenarios armados con plata acechan para atraparla. En un mundo al borde del conflicto, Lía debe usar su don para desenmascarar conspiraciones, reclamar su origen y salvar al hombre que ama de una traición mortal.
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Capítulo 1

El golpe sonó como si algo se rompiera por dentro y el mundo quedara hueco. Primero fue el zumbido en los oídos, luego la pared entró de costado, y después el frío del suelo. El olor a lejía y a sangre. Mi sangre.

-No sirves ni para fregar -escupió él, y la bota cayó una vez más directo al antebrazo que había levantado por instinto.

Sentí el chasquido. El dolor fue indescriptible. No grité. Aprendí hace tiempo que los gritos solo lo animaban. Aguanté la respiración. Conté. Uno, dos, tres. El corazón se me fue a galope.

Mi "padre".

Desde que el Alfa tomó la manada tras la muerte de mis verdaderos padres -el alfa y la luna que todos decían venerar-, decidieron que yo era útil como ejemplo. Un trapo con pulso. La hija de los caídos convertida en sirvienta, más abajo que un Omega. Ni siquiera me llamaban por mi nombre. "Niña".

Me arrastré con la mano buena hasta la puerta de servicio. Afuera, había luna nueva. Nadie vigilaba la parte trasera de la cocina, creían que nadie en su sano juicio huiría descalza y con un brazo roto a través del bosque. Y quizás tenían razón. Pero yo ya no estaba en mi sano juicio.

Cruzando el umbral, el aire olía a pino húmedo y hierro. A mí misma. A dolor.

"Lárgate", susurró algo dentro de mí. No era todavía mi lobo, era apenas un murmullo adormecido, una brasa. Desde niña lo había sentido, pero el miedo y las humillaciones lo habían dejado enterrado bajo cenizas.

Bajé la cabeza y corrí.

Las ramas me arañaban las pantorrillas, las piedras se clavaban en las plantas de los pies. El bosque se inclinaba y se enderezaba con cada paso, y yo rezaba a cualquier dios de lobos que aún me mirara; solo un poco más, solo un poco, por favor. El brazo colgaba como si no fuera mío, cada trote lo sacudía con punzadas que me nublaban la vista.

Oí voces a lo lejos, las de los guardias que a veces patrullaban los límites. No sabía si eran los nuestros o si había traspasado sin darme cuenta los límites. Daba igual. Si me encontraban los míos, volvería a la cocina. Si me encontraban otros... moriría. O eso creía. Elegí apostar al destino.

El bosque cambió. El olor del suelo era distinto, más limpio, como si la tierra estuviera mejor cuidada. Una brisa levantó el borde de mi camisón y me heló el sudor. Tropecé con una raíz y, esta vez, sí, grité. El mundo se me volteó. Caí de costado. El dolor del brazo me hizo ver chispas.

Me arrastré un metro más. Dos. El borde del arroyo brillaba. Bebí agua con torpeza, sintiendo cómo me mojaba el mentón y su sabor al mezclarse con la sangre del labio partido. El zumbido en los oídos volvió. Me acurruqué tratando de proteger el brazo y miré al cielo sin luna.

Entonces lo oí.

-Basta.

Una sola palabra, dicha con una voz potente.

Abrí los ojos de golpe. No lo vi. Primero lo olí. Almizcle, humo de madera y tormenta. Mi lobo prendió. Un latido nuevo, hondo, le respondió desde mi pecho. Era como si un hilo invisible se tensara desde mi esternón hacia su voz.

-¿Quién eres? -quise decir...

La sombra se acercó sin hacer ruido. Un hombre alto, hombros anchos, imponente. Noté la manera en que los árboles parecían apartarse y pensé que deliraba.

-Nadie puede tratarte así -dijo él.

Se acuclilló a mi lado. Sus dedos rozaron mi mejilla con una delicadeza que contradecía el tono de su voz. Sentí la yema cálida, la piel callosa. Un buen tacto, sabía medir su fuerza.

-Estás cubierta de moretones -murmuró-. Y ese brazo...

Apenas rozó el hueso roto, vi estrellas. Me mordí la lengua para no gritar. Él apartó la mano al instante.

-¿Quién eres y por qué me ayudas? -pregunté.

-Porque estás viva y porque no tolero a los cobardes que maltratan a los suyos.

Tragué saliva. El olor de su piel me rodeaba y aumentaba mi miedo. Mi lobo empujó desde abajo, como si quisiera sacar la cabeza por fin. No estaba preparada. No estaba lista para sentir nada que no fuera dolor, y, sin embargo, allí estaba.

-¿De qué manada eres? -pregunté, forzándome a no llorar.

-De la que no te dejará tirada -respondió. Luego alzó la vista como si buscara a alguien más-. Salgan.

Tres sombras emergieron entre los troncos, sin hacer ruido. Guerreros. Los reconocí por la manera de plantar los pies, por la mirada. Se detuvieron un par de metros, con la cabeza inclinada. A él.

-Señor -dijo uno, rubio, con una cicatriz en la ceja-. El perímetro está limpio. Nadie la sigue.

El "señor" asintió, y en ese gesto simple hubo obediencia. Jerarquía. Poder. 

-Vendajes -ordenó-. Agua. Y un suéter.

El rubio se movió con rapidez. El más joven dejó una cantimplora y se apartó dos pasos, con los ojos bajos. El tercero sacó un rollo de vendas y una tabla de entablillar. Andaban preparados, como si esperaran encontrar heridos en el bosque a medianoche.

-No me toques -susurré cuando el mayor acercó las vendas. Fue un reflejo por lo maltratada que estaba.

-Nadie te pondrá una mano encima sin tu permiso -dijo -. ¿Me dejas ayudarte?

Supe que podía decir que no. Arrastrarme otra vez y morir un poco más allá. Pero el dolor me tenía sin fuerzas y el olor de él... la parte que era mía y que nunca me habían dejado conocer estaba desesperada por acercarse.

Asentí.

El mayor trabajó con eficacia, entablillando el antebrazo y limpiando la sangre de mi cuerpo. Cada tirón de venda me sacaba sudor frío. El joven me dejó la cantimplora en la mano buena y bebí sorbos cortos, cuidando de no atragantarme. El rubio apareció con un suéter oscuro, grande, que olía a pino y metal. Me lo puso por encima, sin rozarme los hombros desnudos.

-Listo -dijo el mayor y miró al líder-. Se puede mover, pero con cuidado.

-Ahora dime - volvió a mí-. ¿Cómo te llamas?

Quise decir que era la hija de Luna Helena y Alfa Íñigo, la que corría por estos bosques sin miedo cuando todavía nos pertenecían. Pero la lengua me pesó.

-Lía -pude decir.

Era mi nombre recortado.

-Lía -repitió, y mi lobo empujó con más fuerza. Su voz decía mi nombre como si lo hubiera estado guardando-. Yo soy Kael.

El nombre resonó, no necesité que nadie me lo explicara. Había oído historias del Rey de los Alfas: el que unía clanes para detener guerras que otros provocaban por capricho. El que no tenía pareja. El que no se arrodillaba. El que no perdonaba.

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