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Portada de la novela La Luna perfecta del Rey Alfa

La Luna perfecta del Rey Alfa

Nadia Castillo, hija de un Beta, encontró el amor en Alonso Pacheco, futuro líder de la manada Sangre Roja. Tras su unión y transformación a los dieciocho años, se consolidó como una Luna ejemplar y una guía excepcional. No obstante, la traición de su esposo y oscuros complots enemigos la conducen a un desenlace trágico. Frente a su propia muerte, Nadia resurgirá para encarar los engaños y probar que cada desafío superado solo aumenta su fuerza.
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Capítulo 3

"¡¡¡Nadia!!! ¡Nadia, por favor, despierta!

No distinguía quién me llamaba, pero conocía esa voz...

"¡Por ​​favor, Nadia, abre los ojos! Abre los ojos, mujer, y ayúdame a sobrevivir en este maldito agujero negro o lo que quiera que sea el lugar donde estamos, voy a enloquecer.

¿Katie? ¿Katie me hablaba? Era imposible. Alonso me había ejecutado. ¿Cómo podía ser que escuchara a Katie?

"¡Abre los ojos ya!", Katie me gruñó de forma imperativa. Obedecí, cuando lo hice, quedé perpleja.

No tenía idea de dónde diablos estaba.

"Ya te dije que estamos en un agujero negro. ¡Estamos en otra dimensión!", Katie insistió. Podía sentir sus emociones, estaba confundida y asustada por no saber lo que estaba pasando.

Por un instante, creí estar en el cielo, pero no podía ser un lugar tan frío y solitario. Si eso era el cielo, entonces, me habían estafado, porque me había pasado toda la vida haciendo cosas buenas a cambio de nada.

"¿Puedes caminar?", me preguntó Katie. "¿Puedes ver si hay una puerta secreta que haya que abrir para salir de aquí?".

Mi loba tenía que estar bromeando, allí no había nada, era un vacío infinito, era imposible distinguir dónde empezaba y dónde terminaba.

Había oído historias sobre el cielo, donde lobos blancos corrían libres por bosques paradisíacos. Pero también sobre el infierno, un sitio que solo si se lo comparaba con el planeta Venus, podía verse como un vergel. Los que caían allí, la mayoría pícaros y delincuentes, se prendían fuego del calor que hacía, parecían hienas en vez de lobos.

Alonso había terminado con mi vida, estaba segura de que lo había hecho, así que esperaba ir directo al cielo y encontrar mi recompensa lo antes posible, pero no había resultado así, no conocía ese lugar.

"¿Hay alguien aquí?", grité. Lo único que escuché fue mi eco: "Aquí. Aquí. Aquí".

"No puede ser", susurré, y me di vuelta tratando de descubrir si era real o si estaba alucinando.

"¡Pellízcate!", Katie me ordenó.

"Estoy muerta, Katie". La situación empezaba a fastidiarme.

"¡Hazlo!", me repitió. Le hice caso, de lo contrario, no dejaría de pedírmelo.

"¿Ves?". Volví a apretar mi brazo. "¡No siento nada!".

"¡M*erda! ¡Estamos muertas de verdad!", susurró decepcionada.

"Sí, para tu información, nuestro compañero nos mató, y eso es para siempre. Ahora que hemos aclarado ese temita, ¿puedes callarte y dejarme pensar?", refunfuñé sarcástica. Ella dio un paso atrás.

"No me gusta este lugar", murmuró mi loba.

"Entonces, cállate un segundo, déjame pensar, Katie".

Estiré el brazo e intenté tocar lo que parecía ser una pared, pero, en cuanto lo hice, entré en un nuevo sitio. Me quedé estupefacta, se trataba de un espacio vacío diferente. Hice lo mismo varias veces hasta que quedé exhausta y, cuando comenzaba a considerar que me había vuelto loca, surgió de la nada una intensa luz. Esta hizo que el desesperante y oscuro vacío que me atormentaba se tornara cada vez más tenue, hasta que todo a mi alrededor se aclaró.

"¡Estoy en el cielo! ¡Lo logré!", pensé en ese momento.

Todo era espléndido: aguas cristalinas, montañas hermosas, bosques verdes y lobos blancos.

"¿Te gusta?", preguntó de repente una voz femenina desde atrás. Me sobresalté, pensé que estaba sola allí.

La miré boquiabierta, no creía lo que veía, tenía el mismo aspecto que el que me habían descripto: alta, delgada, pelo rubio y largo hasta la cintura, trenzado y decorado con estrellitas brillantes. Esa mujer tenía la piel tan blanca y pura que parecía no tener ni una gota de sangre en su organismo. De hecho, empezaba a pensar que no la tenía y que ella también estaba muerta.

"Deja de elaborar teorías, Nadia", me dijo la mujer, y me indicó con un ademán que me acercara. Yo le hice caso sin chistar.

"Tú eres la Diosa de la Luna". La reconocí y me paré frente a ella. Yo comenzaba a asumir mi muerte.

"Así es", me contestó observando el paisaje.

"¿Esto es el cielo?". Necesitaba que me lo aclarara.

"¿Te gusta este lugar?", me preguntó, pero lo hizo con una expresión que me confundía muchísimo. Sus ojos eran como dos brillantes gemas turquesas, y su mirada era tan poderosa que me vi obligada a desviar la vista de ella.

"Me encanta este lugar, pero ¿por qué estoy aquí?", le pregunté.

"¿No está claro?". Volvió a mirar a sus lobos blancos, los cuales nos saludaban cada vez que corrían cerca de nosotras. "Estás muerta".

"Lo sé, ¿puedo quedarme aquí?", le pedí permiso, o mejor dicho, le rogué; sin embargo, no respondió.

"Este lugar es tan agradable, Diosa", susurré. Inhalé profundo el aire puro del lugar y me sentí tranquila por primera vez desde que había comenzado toda la locura con Laura y Alonso. Su presencia me hacía sentir segura.

"Quiero hacerme una guarida y vivir aquí si me lo permites".

Me senté y esperé a que ella me diera el visto bueno, a que me dijera que me había estado esperando, pero, en cambio, no me respondió.

"No me digas que nos enviará al infierno...", elucubró Katie.

"Diosa de la Luna, ¿me puedo quedar aquí?", repetí algo desconcertada.

"¡No, no puedes!".

Ahora sí se dirigía a mí.

"Pero me dediqué a hacer buenas obras mientras viví en la tierra. ¡No me envíes al infierno!". Sentía que volvía a morir, estaba por romper en llanto.

"¿Infierno? ¿Quién habló del infierno, Nadia?", me preguntó la Diosa de la Luna.

Para ese entonces, yo estaba muy confundida.

La Diosa de la Luna me miró a los ojos. "Escucha, Nadia, encajas a la perfección en este lugar. El cielo fue hecho para personas como tú, pero si permito que te quedes aquí, en este momento, todo por lo que trabajé durante miles de años será en vano".

¿Qué d*monios? ¿Acaso el cielo tenía cupos limitados?

"No entiendo". Fui sincera, no sabía cuál era el punto.

"Tienes que regresar, Nadia". Solté una carcajada, tenía que ser una broma, algún tipo de prueba.

"¿Regresar a dónde?", le pregunté ni bien dejé de reír.

"A la Tierra, tonta", dijo con dulzura. "No es una decisión fácil, pero te necesito allí, te necesito en esa manada. Tu presencia ahí tendrá un impacto significativo.

¿Quería que volviera a la Manada Sangre Roja?

"¡De ninguna manera!", le gruñí; la Diosa frunció el ceño.

"No voy a volver allí. No hay nada para mí ahí, solo traición y dolor. ¡No quiero volver!", me opuse firme, con respeto, pero firme.

"Envíame al infierno si quieres, pero no a mi vida anterior".

"¿Crees que hago esto todos los días y con cada lobo que muere, Nadia? Estoy haciendo una excepción, y te estoy dando la oportunidad de reencarnar, de reconstruir tu vida".

"¡No!", le gruñí.

La Diosa se enojó y resolvió chasqueando los dedos: "Bueno, en este caso, no me das opción". Sentí que alguien me agarraba con fuerza y me jalaba por detrás para arrojarme por un túnel oscuro. Todo comenzó a girar a mi alrededor.

"¡Socorro! ¡Sáquenme de aquí!". Me hubiera gustado agregar que me enviaran a cualquier lugar menos a la manada, pero, antes de que pudiera decirlo, me encontré en el medio de mi cama, en la habitación que compartía con Alonso.

Maldita Diosa, me había enviado de regreso. Me pellizqué y me dolió muchísimo esta vez. Miré de nuevo a mi alrededor, en efecto era mi dormitorio, pero con la decoración de hacía tres años, cuando Alonso y yo nos acabábamos de casar.

"Por favor, envíame de regreso al cielo", susurré, y cerré los ojos. Nadie respondió. De repente, la puerta golpeó la pared. Y ahora me quería morir de nuevo, ya entendía por qué me había enviado de regreso. Estaba reviviendo el episodio más horrible de mi vida.

"¡Levántate de la cama, Nadia!", Alonso me ordenó. Cargaba en brazos a una mujer herida: era Laura, su compañera predestinada.

La primera vez que atravesé por una situación así, fue como si me hubiera clavado un puñal en el corazón, y me quedé callada, pero ahora no podía reaccionar de la misma manera, así que me crucé de brazos, me apoyé en la almohada y me impuse: "¿Qué di*blos estás haciendo, Alonso? ¡Sácala de mi dormitorio! ¿Estás loco? ¿Cómo vas a traer a esta mujer a nuestra cama?".

"No puedo", me dijo. Claro que no podía hacerlo, porque era un hombre cobarde y débil.

"Ella es mi compañera predestinada, Nadia, la encontré".

"¿Y qué?", le pregunté. Él me había marcado, y ya no importaba si ella era su compañera o no. Yo era su Luna, y él me había jurado, que si en algún momento la encontraba, la rechazaría.

"¿Qué?". No dejaba de abrazarla, y la muy maldita se aferraba a su camisa, en la cual se secaba las lágrimas. Teatro barato, recién en ese momento lograba darme cuenta.

"¡Deshazte de ella!", le ordené sin piedad. No me habían obligado a reencarnar para cometer los mismos errores, someterme, y ser débil ante Alonso. Esa z*rra tenía que alejarse de mi vida, porque ya sabía lo que buscaba.

"¿Estás loca, Nadia? ¡No puedo hacerle eso!". Alonso la abrazó todavía más fuerte.

"Quiero ofrecerle un lugar en nuestra manada. Aquí estará protegida".

No le iba a permitir que se saliera con la suya, así que exclamé: "Ella es una pícara traidora y una Omega. ¡No permitiré que ponga un pie en nuestra manada!".

Dicho eso, me levanté de la cama y, señalándolo con el dedo, le repetí: "¡Deshazte de ella!".

Luego salí de nuestro dormitorio.

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