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Portada de la novela La Luna equivocada

La Luna equivocada

Tras la pérdida de su loba, su familia y el habla, Kate Brennan sobrevive marginada en Silvercrest. Su realidad se transforma cuando Dylan, futuro Rey Alfa, la rescata y reconoce en ella a su compañera eterna. Pese a su compromiso previo y las presiones del mando, él decide arriesgar su legado por ella. En medio de una inminente guerra y el desprecio social, esta omega muda deberá evaluar si su vínculo es suficiente para superar el dolor y la exclusión.
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Capítulo 2

POV Dylan:

Me desperté a las cinco y media sin necesidad de alarma, como había hecho cada día desde los dieciséis años cuando mi padre decidió que ya era hora de que aprendiera lo que significaba ser un Alfa. El cuarto estaba oscuro todavía, y por un segundo me permití quedarme ahí, mirando el techo, antes de levantarme.

Solo un segundo. Más sería debilidad.

Me duché con agua fría porque el agua caliente te vuelve blando, según mi padre. Me vestí: jeans negros, camiseta gris, y las botas de combate que había usado durante cinco años y que ya tenían la suela desgastada pero no importaba, funcionaban.

Bajé las escaleras de la mansión Silvercrest sin hacer ruido, aunque sabía que mi padre ya estaba despierto en su oficina y que probablemente había escuchado cada paso. Nada se le escapaba a Marcus Silvercrest. Nada.

Ezra, mi mejor amigo, me esperaba afuera apoyado contra su camioneta, bostezando.

—¿Por qué hacemos esto tan jodidamente temprano? —me preguntó cuando me acerqué—. Los lobos son criaturas nocturnas. Deberíamos estar durmiendo.

—Los lobos cazan al amanecer —le recordé—. Vamos.

—Sí, sí, lo que digas, Alfa perfecto.

Le di un golpe en el hombro. Él se rio.

Llegamos al campo de entrenamiento a las seis en punto. Ya había diez lobos esperando, la mayoría jóvenes entre dieciocho y veinticinco años que querían subir en rango o simplemente necesitaban quemar energía. Algunos me saludaron con la cabeza, otros con un «Buenos días, Dylan» formal.

No exigía que me llamaran por mi título. No todavía. Eso vendría cuando mi padre finalmente me cediera la posición de Alfa y, honestamente, no tenía prisa porque eso pasara.

—De acuerdo —dije, mirando al grupo—. Calentamiento primero. Cinco kilómetros en forma de lobo. El último en llegar hace cincuenta lagartijas.

Hubo algunos gemidos pero nadie protestó. Nos quitamos las camisetas, dejamos nuestra ropa en una pila, y nos transformamos. El cambio era tan natural como respirar después de años haciéndolo, el chasquear de los huesos recolocándose, el estiramiento de los músculos, y luego cuatro patas en lugar de dos.

Mi lobo era grande, más grande que la mayoría, con pelaje negro azabache que había heredado de mi padre. Ezra era café rojizo, más pequeño pero más rápido. Corrimos.

El bosque Silvercrest era hermoso a esa hora con el sol apenas asomándose entre los pinos y el rocío todavía en las hojas. Ese era mi territorio, lo conocía cada árbol, cada sendero, cada roca. Había crecido aquí, y algún día lo protegería oficialmente. Algún día sería responsable de cada lobo que vivía dentro de estos límites.

No era una responsabilidad que tomaba a la ligera.

Regresamos al campo cuarenta minutos después. Jordan, un chico de diecinueve años que era demasiado entusiasta y poco coordinado, llegó de último. No se quejó cuando le indiqué que hiciera las lagartijas.

Pasamos las siguientes dos horas entrenando combate cuerpo a cuerpo en forma humana. Yo supervisaba, corregía posturas, peleaba contra algunos para mostrarles dónde estaban fallando. Ezra era mejor maestro que yo, tenía más paciencia, pero yo era mejor peleador. Así eran las cosas.

A las ocho y media terminamos. Los dejé ir a desayunar mientras Ezra y yo nos quedamos atrás, limpiando el área.

—¿Tienes patrullaje hoy? —me preguntó Ezra.

—De nueve a once en la frontera este. ¿Y tú?

—Marcus me asignó supervisar a los equipos de construcción en el nuevo complejo de cabañas. Aparentemente algunos trabajadores humanos están haciendo preguntas sobre por qué necesitamos tanta seguridad.

—¿Y?

—Y les voy a decir que es porque somos paranoicos. Rico paranoico, pero paranoia al fin.

Me reí un poco. Ezra siempre podía hacer eso, hacer que las cosas parecieran más ligeras.

El patrullaje fue tranquilo. Recorrí los límites orientales del territorio con tres guardias, revisamos las marcas de olor que definían nuestra frontera y nos aseguramos de que no hubiera señales de intrusos. Había rastros viejos de venados, algunos coyotes, pero nada peligroso. Bien.

Regresé a la mansión al mediodía. Mi madre había preparado el almuerzo o, más bien, había ordenado a las empleadas que lo prepararan, pero ella estaba ahí en el comedor supervisando que todo estuviera perfecto. Elena Silvercrest no hacía nada a medias.

—Dylan, cariño —me saludó cuando entré—. Justo a tiempo. ¿Cómo estuvo el patrullaje?

—Tranquilo.

—Bien, bien. Tu padre quiere verte después del almuerzo. Algo sobre la reunión con los Montrose la próxima semana.

Por supuesto que sí. Siempre había algo sobre los Montrose últimamente. Desde que el compromiso se había formalizado seis meses atrás, mi vida había girado alrededor de alianzas territoriales, acuerdos comerciales, y planes de boda que no me interesaban en lo más mínimo.

Pero era mi deber. Y yo no fallaba en mi deber. Jamás.

Pasé la tarde atendiendo disputas menores entre miembros de la manada. Los Jameson estaban peleando otra vez con los Carter sobre la propiedad limítrofe entre sus casas. La señora Morrison quería un permiso para expandir su negocio de jardinería al territorio vecino, lo cual requería aprobación del Alfa. Había un joven lobo que quería desafiar su rango actual, así que programé un combate formal para el viernes.

Papeleo. Siempre había papeleo. Permisos de construcción. Reportes de seguridad. Presupuestos. A veces me preguntaba si ser Alfa era más administración que liderazgo.

A las seis, Ezra apareció en mi oficina con dos cervezas.

—Se acabó el día —anunció, dejando una botella en mi escritorio—. Deja eso y vamos a hacer algo que no sea aburrido.

—Tengo que terminar...

—No, no tienes. Lo que sea que estés leyendo puede esperar. Vamos.

Sabía que no iba a ganar esa discusión. Dejé la pluma, agarré la cerveza, y seguí a Ezra afuera hacia el balcón trasero que daba al bosque.

Nos sentamos en las sillas de madera y bebimos en silencio por un rato, mirando el sol bajar entre los árboles.

—¿Estás nervioso? —me preguntó Ezra finalmente.

—¿Por qué estaría nervioso?

—Por la boda, es en seis meses.

Ah. Eso.

—No —le dije—. No estoy nervioso.

—¿Emocionado, entonces?

Tomé otro trago de cerveza. ¿Cómo respondía a eso honestamente sin sonar como un bastardo?

—Valeria es... buena —le dije al fin—. Es inteligente, viene de buena familia, entiende lo que significa esta unión para ambas manadas. Será una buena Luna.

—Eso no es lo que te pregunté.

—Es suficiente.

Ezra me miró de esa forma que significaba que quería decir algo pero estaba decidiendo si debía o no.

—¿Qué? —le pregunté.

—Nada, solo... ¿nunca te preguntaste si podrías tener una pareja destinada por ahí? ¿Una verdadera?

Alma gemela. El vínculo. La conexión que supuestamente era más fuerte que cualquier cosa, que te completaba de formas que no sabías que estabas incompleto. Solo que era rara. Muy rara. La mayoría de los lobos nunca la experimentaban.

—Estadísticamente, es probable que no —respondí—. Y aunque la tuviera, el deber viene primero, Ezra, ya sabes eso. Esta alianza con los Montrose fortalece ambas manadas, protege nuestras fronteras, asegura el futuro de cientos de lobos. No puedo poner mis deseos personales por encima de eso.

—Suenas como tu padre.

Lo dijo sin malicia pero dolió de todas formas porque era verdad.

—Mi padre construyó esta manada en lo que es hoy —le dije—. Si sonar como él significa que estoy haciendo lo correcto, entonces bien.

Ezra no respondió. Solo bebió su cerveza y miró hacia el bosque.

Más tarde esa noche, después de que Ezra se fuera y después de que cenara con mis padres en un silencio incómodo interrumpido solo por comentarios de mi madre sobre flores para la boda, subí a mi habitación.

Tomé un baño, me vestí y me dejé caer en la cama. Debía dormir, mañana sería otro día igual, pero mi mirada cayó en el escritorio, en el último cajón a la derecha. El que siempre mantenía cerrado.

No debía. No había razón para hacerlo.

Pero me levanté de todas formas, abrí el cajón y saqué la foto.

Era vieja, tenía los bordes gastados y los colores un poco desvanecidos. Yo tenía diez años en ella, quizás once. Estaba parado junto a una niña de la misma edad, ambos sonriendo y cubiertos de lodo después de haber jugado en el bosque. Ella tenía el cabello castaño oscuro enredado, sus ojos color avellana brillantes, y un diente frontal un poco chueco.

Su nombre era Kate Brennan.

No había pensado en ella en... bueno, eso era mentira. Pensaba en ella mucho más de lo que debía, sobre todo después de conversaciones como la que había tenido con Ezra esa tarde. Pensaba en ella más de lo que era apropiado.

Habían pasado años desde la última vez que habíamos hablado. Después de lo que le había pasado, después de que había perdido a sus padres y su loba se había bloqueado, ella se había retirado. Había dejado claro que no quería nada que ver con la manada ni con nadie de su pasado.

Y yo había respetado eso.

Pero a veces me preguntaba cómo estaba. Si estaba bien, si alguna vez pensaba en los días cuando éramos niños, cuando éramos mejores amigos, y todo era más simple.

Probablemente no. De seguro me había olvidado por completo.

Guardé la foto, cerré el cajón, apagué la luz y me acosté en la oscuridad, mirando el techo otra vez.

Al día siguiente tenía una reunión con mi padre sobre los acuerdos territoriales. Al otro más arriba, entrenamiento con los nuevos reclutas. El viernes, supervisar el combate de rango. El sábado, la reunión de la manada donde tendrá que estar con los Montrose y Valeria.

Mi vida estaba planeada. Cada día. Cada semana. Cada año hasta que eventualmente tomara el lugar de mi padre. Así era como debía ser.

Cerré los ojos e intenté no pensar en esos ojos color avellana y la sonrisa con el diente chueco. Funcionó... más o menos.

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