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Portada de la novela La Luna equivocada

La Luna equivocada

Tras la pérdida de su loba, su familia y el habla, Kate Brennan sobrevive marginada en Silvercrest. Su realidad se transforma cuando Dylan, futuro Rey Alfa, la rescata y reconoce en ella a su compañera eterna. Pese a su compromiso previo y las presiones del mando, él decide arriesgar su legado por ella. En medio de una inminente guerra y el desprecio social, esta omega muda deberá evaluar si su vínculo es suficiente para superar el dolor y la exclusión.
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Capítulo 3

POV Kate:

Meredith me había dejado la nota en la mesa del desayuno el jueves: «Reunión el sábado. Tienes que ir, no es opcional». Como si sus notas tuvieran más autoridad que las conversaciones normales. Bueno, tal vez sí. No era que pudiera discutir con un pedazo de papel.

Pasé los siguientes dos días tratando de encontrar excusas. Que tenía que trabajar era una mentira muy obvia, mi turno en la cafetería acababa a las dos y ni siquiera abría los fines de semana. Que estaba enferma era otra mentira a la cara, pues mi salud era de las pocas cosas que funcionaba bien. Tal vez que mi auto no arrancaba... bueno, esa todavía no era verdad, aunque estaba a muy poco de serlo, pues el ruido estaba empeorando.

Pero el sábado por la mañana, Meredith apareció en mi cuarto a las diez, todavía en su uniforme de enfermera después del turno nocturno y con esa mirada que significaba que no iba a aceptar un no como respuesta.

—Te vas a bañar, te vas a vestir con algo que no sea jeans y camiseta, y vas a ir —me dijo—. Somos parte de esta manada, Kate. Por muy marginales que seamos, seguimos siendo parte. Y cuando el Alfa hace un anuncio oficial, se espera que mostremos respeto.

Respeto. Ja. ¿Respeto por qué? ¿Por el sistema que me había dejado afuera desde el momento en que mi loba se bloqueó? ¿Por la manada que me veía como rota, como menos?

Pero Meredith tenía esa arruga entre las cejas que aparecía cuando estaba preocupada y cansada, y ella había hecho mucho por mí, así que... en fin.

Me bañé y me puse el vestido azul oscuro que había comprado para el funeral de la señora Peterson el año anterior y que era lo más formal que tenía. Me cepillé el cabello y me lo dejé suelto porque no tenía energía para hacer algo más complicado. Ni siquiera me maquillé, ¿para qué? No es que alguien fuera a mirarme de todas formas.

Llegamos a los terrenos de la manada a las tres de la tarde. El estacionamiento ya estaba lleno de camionetas caras y algunos autos deportivos de los lobos más jóvenes que les gustaba presumir. Estacioné mi viejo auto lo más lejos posible del edificio principal.

—¿Estarás bien? —me preguntó Meredith, tocando mi brazo.

Asentí. Estaría bien. Solo tenía que aparecer, quedarme una hora y después irme. Fácil.

Pero esa era una enorme mentira para darme ánimos a mí misma. Nada sobre esto era fácil.

El gran salón estaba decorado con flores blancas y doradas, los colores tradicionales de los Silvercrest. Había al menos doscientas personas adentro, quizás más. El olor a lobo era abrumador, todos esos cuerpos juntos, todas esas jerarquías y territorios y relaciones que yo no entendía porque hacía siete años que no participaba realmente en la vida de la manada.

Me quedé cerca de la entrada, en una esquina junto a una planta enorme y seguramente igual de cara. Nadie me notó. Bien, así era mejor.

La gente hablaba, reía, se saludaba. Vi a algunas caras conocidas: los Morrison, los Carter, los Jameson que siempre estaban peleando sobre algo. Maya estaba al otro lado del salón con Ezra, con su mano en el brazo de él, ambos sonriendo. Se veían... felices. Bien por ellos.

A las tres y media, Marcus Silvercrest subió al estrado en el frente del salón. El silencio cayó inmediatamente. Así era el poder de un Alfa, podía controlar una habitación completa sin decir una palabra.

—Gracias a todos por venir —comenzó Marcus con su voz autoritaria—. Hoy celebramos un evento importante para nuestra manada y para nuestro futuro.

Bla bla bla. Alianzas. Fortaleza. Tradición. Las mismas palabras que los Alfas habían usado por generaciones para justificar matrimonios arreglados y decisiones políticas.

Entonces Dylan subió al estrado. Y, maldita sea, se veía... bien. Traje negro, camisa blanca, el cabello oscuro peinado hacia atrás. Tenía esa presencia que hacía que todos lo miraran, esa autoridad natural que ni siquiera tenía que fingir.

No lo había visto de cerca en años, desde...bueno, desde todo lo que había pasado con mis padres y mi loba. Habíamos estado en la misma habitación en reuniones anteriores, claro, pero yo siempre me quedaba en las sombras y él siempre estaba rodeado de gente. Nunca habíamos... interactuado.

Era mejor así. Dylan ya no se parecía en lo absoluto al niño risueño y divertido que había sido mi mejor amigo durante toda mi niñez. De seguro ya se había olvidado por completo de mí.

Valeria Montrose subió después de él. Por supuesto que era hermosa, alta, rubia, delgada, con un vestido blanco que le quedaba perfecto. Se paró junto a Dylan y sonrió a la multitud como si hubiera nacido para estar ahí.

Y tal vez sí. Tal vez ella era exactamente el tipo de mujer que debía estar junto a un Alfa.

Marcus habló sobre la alianza entre los Silvercrest y los Montrose, sobre cómo este matrimonio fortalecería ambas manadas, sobre el futuro brillante que les esperaba.

Dylan no sonreía pero tampoco se veía infeliz. Solo... sereno. Aceptando. Como si esto fuera simplemente otra responsabilidad que debía cumplir.

Valeria tomó su mano. Él no se apartó.

La multitud aplaudió.

Y entonces sentí algo extraño en el pecho: una punzada, como si alguien hubiera halado una cuerda que no sabía que estaba ahí. Me llevé la mano al pecho sin pensar y presioné contra el dolor.

¿Qué demonios?

Miré hacia el estrado. Dylan estaba mirando a la multitud, sus ojos estaban escaneando las caras. Por un segundo, solo un segundo, me pareció que me veía. Que sus ojos se habían fijado exactamente donde yo estaba parada en las sombras junto a la planta cara.

Pero luego su mirada siguió moviéndose y el momento pasó.

Tal vez lo había imaginado.

El dolor en mi pecho también pasó. Probablemente había comido algo en mal estado en el almuerzo. Sí, eso era todo.

No podía quedarme más tiempo. No podía estar en esa habitación llena de lobos felices celebrando algo que no significaba nada para mí. Busqué a Meredith con la mirada pero ella estaba hablando con la señora Morrison y no quería interrumpirla.

Me escabullí hacia la puerta y nadie lo notó. Nadie notaba nunca cuando me iba.

Afuera el aire era fresco y limpio, sin el olor abrumador de demasiados lobos en un espacio cerrado. Caminé hacia donde estaba estacionado el auto, saqué las llaves y me subí.

El motor arrancó después de tres intentos. Bien. Al menos algo funcionaba hoy.

Conduje de regreso a casa por la carretera que bordeaba el territorio. El sol estaba bajando y el atardecer ofrecía una vista muy bonita, pero yo solo quería llegar a casa, quitarme ese vestido incómodo, y olvidar que alguna vez había ido a esa estúpida ceremonia.

El auto hizo el sonido raro en la primera curva. Luego un ruido nuevo: un chirrido agudo que hizo que me dolieran los dientes.

Genial.

«Vamos, solo unos kilómetros más. Puedes hacerlo», imploré mentalmente.

El auto hizo otro ruido, este como un gruñido.

Mierda...

Pero seguí conduciendo y el auto siguió funcionando, apenas, hasta que llegué a casa. Lo estacioné en la entrada y apagué el motor. Cuando intenté arrancarlo otra vez solo para probar, no pasó nada. Ni siquiera el sonido de arranque. Nada.

«Perfecto —me dije—. Más que perfecto».

Tendría que llamar a un mecánico. O pedirle a Maya que me llevara al trabajo los próximos días. O... algo. Lo resolvería al día siguiente.

Entré a la casa. Me quité el vestido, me puse unos pantalones viejos y una camiseta de una banda que ni siquiera me gustaba pero que había encontrado en una tienda de segunda mano.

Calenté sopa de lata y me la comí directamente de la olla porque no quería lavar un plato después. Luego me senté en el sofá y puse la tele, pero no le presté atención a lo que estaba pasando en la pantalla.

En lugar de eso, me quedé ahí sentada con la mano en el pecho otra vez, presionando donde había sentido ese dolor extraño.

No sentía nada ahora. Solo mi corazón latiendo normal.

De seguro no había sido nada. Quizás solo me estaba volviendo un poco loca.

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