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Portada de la novela La Luna Accidental del CEO

La Luna Accidental del CEO

Valentina Flores, una contadora de 28 años, acepta ser la esposa falsa del magnate Luciano Vargas para costear el tratamiento de su madre. Luciano, un Alfa presionado por su herencia, propone un contrato de un año, pero la firma desata una conexión mística imprevista. El lobo de Luciano la reconoce como su compañera y ella empieza a escuchar sus pensamientos. Lo que inició como un pacto financiero se transforma en un vínculo sagrado e inevitable.
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Capítulo 3

POV: Valentina

El lunes llegó y yo no estaba lista.

Había pasado el fin de semana entero preguntándome si había tomado la decisión correcta. Dejar un trabajo estable, aunque mal pagado, por una oferta extraña de un hombre aún más extraño. Mi mamá me dijo que la siguiera, que ella sentía que algo bueno iba a pasar. Mi mamá siempre decía esas cosas, confiaba en el destino y en las corazonadas. Yo solo confiaba en los números, y los números decían que necesitaba plata.

Así que ahí estaba, parada frente al edificio de vidrio a las ocho de la mañana, con un nudo en el estómago y las manos sudorosas. El edificio se veía aún más imponente que la primera vez. El sol de la mañana rebotaba en las ventanas y me hacía entrecerrar los ojos mientras buscaba la entrada.

Pasé por recepción y la misma mujer de antes me dio un pase de visitante.

-La esperan en el piso quince -dijo con una sonrisa profesional.

Subí en el ascensor sintiendo que el estómago me daba vueltas. Las puertas se abrieron y allí estaba la oficina elegante, los muebles modernos, el silencio perfecto. La recepcionista de aquella vez me llevó hasta una oficina más pequeña, al lado de la de Luciano.

-Esta será su oficina -dijo.

Entré y me quedé con la boca abierta. Era pequeña, sí, pero tenía una ventana enorme con vista a la ciudad, un escritorio de madera bonita, una silla cómoda y hasta una planta en la esquina. Comparado con mi cubículo en la otra empresa, esto era un palacio.

-¿Esto es para mí? -pregunté sin poder creerlo.

-Sí. El señor Vargas llega en una hora. Mientras tanto, puede revisar los manuales de la empresa. Están en la mesa.

Señaló una carpeta gruesa sobre el escritorio y salió. Me quedé sola, mirando todo a mi alrededor como una niña en una tienda de dulces. Toqué el escritorio, la silla, la ventana. Todo era nuevo, limpio, caro.

Me senté y abrí la carpeta. Eran documentos aburridos sobre políticas de la empresa, códigos de vestimenta, procedimientos. Nada fuera de lo común. Nada sobre lunas llenas ni nada raro.

Pasé una hora leyendo y tratando de calmarme. A las nueve en punto, la puerta se abrió y Luciano entró. Hoy vestía un traje gris claro que le hacía juego con los ojos. El nudo en mi estómago se apretó más.

-Buenos días, Valentina. ¿Cómo va su primer día?

-Bien, gracias. Estaba leyendo los manuales.

-Aburridos, ¿verdad?

Sonreí sin querer. Él también sonrió un poco, esa sonrisa rápida que había visto una vez.

-Venga conmigo. Le enseñaré las instalaciones.

Lo seguí por los pasillos. Me mostró la cocina, la sala de reuniones, los baños, la terraza. Todo era elegante y moderno. Los otros empleados nos saludaban con respeto, pero ninguno se acercaba demasiado. Luciano caminaba rápido y yo casi tenía que correr para seguirle el paso.

-¿Tiene alguna pregunta hasta ahora? -dijo mientras volvíamos a su oficina.

-Sí, la verdad es que sí.

-Dígame.

-¿Qué hace exactamente esta empresa? La página web dice inversiones, pero no vi muchos detalles.

Él se detuvo frente a su escritorio y me miró fijamente. Otra vez esa mirada intensa, como si pudiera ver dentro de mi cabeza.

-Hacemos muchas cosas. Inversiones, bienes raíces, consultoría. Pero lo principal es que somos una familia.

-¿Una familia?

-Un grupo de personas unidas por algo más que un contrato laboral. Eso es lo que necesita entender para trabajar aquí.

No entendía bien a qué se refería, pero asentí. Él siguió hablando.

-Hoy es su primer día, así que será tranquilo. Quiero que conozca a algunas personas, que se familiarice con el lugar. Mañana empezará con las tareas reales.

-¿Y qué tareas son esas?

-Organizar mi agenda, responder correos, acompañarme a reuniones. Lo normal para una asistente. Y luego están las tareas especiales.

-¿Las de las lunas llenas?

-Exacto. Las de las lunas llenas.

Se sentó detrás de su escritorio y yo me quedé de pie, esperando. Él parecía pensar en algo, como si estuviera decidiendo si decirme algo importante.

-Valentina, antes de seguir, necesito preguntarle algo.

-Dígame.

-¿Usted cree en cosas que no puede explicar? ¿Cosas que parecen imposibles pero podrían ser reales?

La pregunta era tan rara que no supe qué responder. ¿Cosas imposibles? ¿Como qué?

-No sé -dije con honestidad-. Supongo que nunca lo he pensado mucho.

-Pues va a tener que pensarlo. Porque lo que voy a decirle ahora puede sonar loco. Pero necesito que confíe en mí.

El corazón me latía fuerte otra vez. ¿Qué iba a decirme? ¿Qué la empresa era ilegal? ¿Qué el trabajo era peligroso? Mil cosas pasaron por mi cabeza en segundos.

-Dígame -repetí, con la voz más firme de lo que me sentía.

Él respiró profundo y se levantó de la silla. Caminó hacia la ventana y se quedó mirando la ciudad por un momento. Luego se volvió hacia mí.

-Lo de las lunas llenas no es una broma, Valentina. Es real. Y es la razón por la que necesito una asistente que pueda estar disponible esas noches.

-¿Por qué? ¿Qué pasa en las lunas llenas?

-Yo... -dudó, algo que no parecía hacer nunca-. Yo cambio.

-¿Cambia? ¿Cómo cambia?

-Físicamente. Mi cuerpo cambia.

Lo miré sin entender. ¿Cambiar físicamente? ¿Como un transformista? No, no podía ser eso.

-No entiendo -dije.

Él suspiró y se pasó una mano por la cara. Por primera vez, lo vi nervioso. Inseguro. No era el hombre seguro y frío de la entrevista.

-Mire, voy a mostrarle algo. Pero tiene que prometer que no gritará, que no saldrá corriendo. ¿Puede hacer eso?

-Yo... supongo que sí.

-Prométamelo, Valentina. Es importante.

-Lo prometo.

Él asintió y se quitó la chaqueta del traje. Luego se desabrochó los botones de la camisa. Yo empecé a ponerme nerviosa. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué se quitaba la ropa?

-Tranquila -dijo, notando mi expresión-. Solo necesito que vea algo.

Se bajó la camisa de los hombros y se dio la vuelta. En su espalda, justo entre los omóplatos, había una marca. No era un tatuaje, era algo diferente. Como una cicatriz, pero más oscura, más profunda. Tenía forma de algo que no pude reconocer al principio.

-¿Qué es eso? -pregunté.

-Mi marca. Todos los de mi especie la tenemos.

-¿Tu especie?

Él se volvió a poner la camisa y se sentó en el borde del escritorio, mirándome fijamente.

-Valentina, no soy humano. No del todo.

Las palabras tardaron en entrar en mi cabeza. ¿No humano? ¿Qué significaba eso? ¿Acaso me estaba volviendo loca?

-¿Cómo que no es humano? -logré decir.

-Soy lo que usted llamaría un hombre lobo. Pero nosotros nos decimos cambiaformas, o lobos. Durante el día soy como cualquier persona. Pero en luna llena, mi cuerpo se transforma. Me vuelvo lobo por completo.

Me quedé mirándolo sin poder hablar. Esto no podía estar pasando. Los hombres lobo no existen. Son cosas de películas, de novelas, de cuentos para niños. No pueden ser reales.

-Sé lo que está pensando -dijo él con calma-. Que estoy loco, que esto es una broma. Pero no lo es. Y necesito que lo acepte si va a trabajar para mí.

-¿Por qué me está diciendo esto? -pregunté-. Podría haberme contratado sin contármelo. Yo nunca lo habría sabido.

-Porque en la próxima luna llena, usted va a estar cerca de mí. Y cuando eso pase, va a ver la transformación. Prefiero que lo sepa antes, a que salga corriendo esa noche y se lastime.

-¿Lastimarme? ¿Usted me lastimaría?

-Yo no. Pero mi lobo... mi lobo no la conoce. Si se asusta y corre, podría perseguirla. Es un instinto. Por eso necesito que esté preparada, que sepa lo que va a ver.

Me levanté de la silla sin darme cuenta. Mis piernas temblaban. Quería salir corriendo, olvidar todo esto, volver a mi vida aburrida de números y facturas. Pero algo me detuvo.

Mi mamá. Sus medicinas. El dinero.

-¿Y si no quiero seguir? -pregunté.

-Puede irse ahora mismo. Nadie la detendrá. Le pagaré lo que acordamos por este día y no volverá a saber de mí.

Era tan sencillo. Tan fácil. Solo decir que no, irme, y olvidar que esto había pasado.

Pero entonces recordé la oficina bonita, el buen salario, el seguro para mi mamá. Recordé la grieta en el techo, la nevera vieja, las noches sin dormir pensando en deudas.

-¿Es peligroso? -pregunté-. Quiero decir, ¿usted es peligroso?

-Puedo serlo. Pero no para la gente que confía en mí, que trabaja conmigo. Mi manada... mi familia... ellos están seguros conmigo.

-¿Manada?

-Así llamamos a nuestro grupo. Los lobos que viven juntos, que se protegen. Aquí, en esta empresa, todos los que trabajan conmigo son parte de mi manada. Bueno, casi todos. Hay algunos humanos como usted, pero conocen la verdad y la aceptan.

Humanos como yo. Así que no era la única. Otras personas sabían y seguían aquí. Eso me dio un poco de valor.

-¿Puedo pensarle? -pregunté-. Solo un día.

-Claro. Váyase a casa, piénselo bien. Vuelva mañana con su respuesta. Pero si decide quedarse, no hay vuelta atrás. Saber la verdad significa compromiso. No puede contárselo a nadie, ni a su madre. Sería peligroso para usted y para ella.

Asentí sin decir nada. Salí de su oficina como en un sueño, crucé la recepción, bajé en el ascensor. Cuando llegué a la calle, el sol me cegó y tuve que apoyarme en una pared.

Hombre lobo.

Luciano era un hombre lobo.

Eso explicaba lo de las lunas llenas. Explicaba por qué la oferta de trabajo era tan extraña. Explicaba muchas cosas, pero también abría un millón de preguntas nuevas.

Caminé sin rumbo por un rato, perdida en mis pensamientos. ¿Cómo era posible que existieran los hombres lobo? ¿Cuántos había? ¿Vivían entre nosotros todo el tiempo? ¿Eran peligrosos de verdad?

Llegué a una plaza y me senté en un banco. Saqué el teléfono y estuve a punto de llamar a Patricia para contarle todo. Pero recordé las palabras de Luciano: no podía decírselo a nadie. Era peligroso.

Además, ¿quién me iba a creer? Sonaba completamente loco.

Pasé el resto del día en casa, tratando de actuar normal con mi mamá. Le dije que el trabajo era bueno, que la oficina era bonita, que el jefe parecía serio. No le conté lo demás, no podía.

Esa noche, acostada en mi cama, mirando la grieta en el techo, pensé en lo que había pasado. Tenía dos opciones: volver a mi vida miserable pero segura, o aceptar un trabajo raro con un jefe que se convertía en lobo una vez al mes.

Una opción significaba seguir luchando para pagar las cuentas, sin esperanza de mejorar. La otra significaba plata, estabilidad, seguro médico para mi mamá... y lobos.

¿Qué clase de persona acepta trabajar para un hombre lobo?

Una persona desesperada, supongo.

O una persona con esperanza.

Cerré los ojos y tomé una decisión. A la mañana siguiente, volví al edificio de vidrio. Subí al piso quince y entré a la oficina de Luciano sin que la recepcionista me anunciara.

Él levantó la vista de su computadora y me miró.

-¿Ya decidió?

-Sí.

-¿Y?

-Me quedo. Pero tengo condiciones.

Él levantó una ceja con interés.

-Dígame.

-Quiero conocer a otros como usted. Quiero entender cómo funciona esto. Y quiero estar preparada para la luna llena, saber qué hacer, cómo actuar para no lastimarme ni que usted me lastime.

Luciano sonrió, una sonrisa verdadera esta vez, no la rápida de antes.

-Me parece justo. Bienvenida a la manada, Valentina.

Y así, sin haber empezado siquiera mi segundo día de trabajo, me convertí en parte de algo que ni siquiera sabía que existía hasta ayer.

Una manada de lobos.

Y yo era la humana que había aceptado quedarse.

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