Portada de la novela La Luna Accidental del CEO

La Luna Accidental del CEO

9.2 / 10.0
En La Luna Accidental del CEO, Valentina pacta un matrimonio por contrato con el Alfa Luciano Vargas. Esta historia de romance y werewolf revela un vínculo místico inesperado, transformando un negocio millonario en un destino inevitable. Lee más en esta web novel sobre legados y poder.
Resumen de La Luna Accidental del CEO
Valentina Flores, una contadora de 28 años, acepta ser la esposa falsa del magnate Luciano Vargas para costear el tratamiento de su madre. Luciano, un Alfa presionado por su herencia, propone un contrato de un año, pero la firma desata una conexión mística imprevista. El lobo de Luciano la reconoce como su compañera y ella empieza a escuchar sus pensamientos. Lo que inició como un pacto financiero se transforma en un vínculo sagrado e inevitable.
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La Luna Accidental del CEO Capítulo 1

POV: Valentina

El despertador sonó a las cinco y media de la mañana, como todos los días. Lo odiaba con toda mi alma, pero no podía quedarme en la cama ni un minuto más. Mi madre necesitaba su medicina a las siete en punto, y si llegaba tarde al trabajo otra vez, me descontarían el bono de puntualidad. Ese bono era la única razón por la que podía comprar comida al final del mes.

Abrí los ojos y miré el techo de mi habitación. La pintura se estaba cayendo en una esquina, justo encima de mi cabeza, y llevaba tres meses prometiéndome que la arreglaría. Pero entre el trabajo, cuidar a mamá y dormir lo poco que podía, no había tenido tiempo. Además, arreglar eso costaba dinero, y el dinero era justo lo que no me sobraba.

Me levanté despacio, sintiendo el frío del piso en mis pies. Las baldosas estaban rotas en algunas partes y mi pie izquierdo siempre encontraba la misma grieta todas las mañanas. Me vestí rápido, con la misma ropa de siempre: unos pantalones negros que ya tenían la tela brillante de tanto uso y una blusa blanca que había comprado hacía tres años en una liquidación. Me miré al espejo y vi a una mujer de veintiocho años que aparentaba cuarenta. Ojeras profundas, piel pálida, el pelo recogido en una coleta porque no tenía tiempo para peinarlo bien.

Sonreír era un lujo que no me podía permitir.

Antes de salir de mi cuarto, revisé mi teléfono. Cuatro mensajes del banco recordándome que la deuda de la tarjeta de crédito seguía ahí. Dos mensajes de la farmacia confirmando que la medicina de mamá estaba lista para recoger. Y un mensaje de mi jefe que decía: -Espero que hoy no llegues tarde. Otra vez.

Suspiré y guardé el teléfono en el bolsillo. Ojalá pudiera borrar ese mensaje de mi mente, pero siempre me quedaba dando vueltas en la cabeza todo el día.

Fui a la habitación de mi madre y la encontré despierta, como siempre. Se sentaba en la cama todas las mañanas esperando que yo entrara con su medicina. Tenía sesenta y dos años, pero parecía mucho mayor desde que empezó con los problemas del corazón. Su pelo estaba completamente blanco y sus manos temblaban un poco cuando me vio entrar.

-Buenos días, mija -dijo con una sonrisa débil.

-Buenos días, mamá. ¿Dormiste bien?

-Regular, como siempre. No te preocupes por mí. Anda a trabajar, no vayas a llegar tarde.

Le di su medicina con un vaso de agua y la ayudé a incorporarse un poco en la cama. Le había comprado esas pastillas que supuestamente la ayudarían a estar mejor, pero cada mes subían de precio. La primera vez costaban treinta mil pesos. Ahora costaban casi el doble. Y yo no podía dejar de comprarlas porque si lo hacía, mi madre se ponía peor.

-Mamá, hoy llego un poco más tarde. Tengo que pasar a la farmacia antes del trabajo, así que no te preocupes si no estoy a la hora de siempre.

Ella asintió y me tomó la mano. Sus dedos estaban fríos.

-Hija, no trabajes tanto. Te estás matando por mí.

-No digas eso, mamá. Yo estoy bien.

Mentía, y ella lo sabía. Pero las dos sabíamos que era mejor no hablar de eso. Le di un beso en la frente y salí corriendo. Eran las seis y cuarto y el autobús pasaba a las seis y media. Si lo perdía, el siguiente era veinte minutos después y llegaría tarde sí o sí.

Salí del edificio y respiré el aire contaminado de la calle. Vivíamos en un barrio humilde, de esos donde las aceras están rotas y los perros callejeros pelean por la comida en las esquinas. Mis vecinos ya me conocían. La señora Gómez siempre estaba barriendo su puerta a esa hora y me saludaba con la mano.

-¡Vas tarde otra vez, mija! -me gritó.

-Ya sé, doña Gómez, ya sé.

Corrí a la parada del autobús y llegué justo cuando el bus doblaba la esquina. Subí, pagué el pasaje y me acomodé en un asiento cerca de la ventana. El bus estaba lleno de gente con cara de sueño, como yo. Todos íbamos a trabajar en empleos que odiábamos para pagar cuentas que nunca terminaban.

Saqué mi teléfono y revisé mi cuenta bancaria. No sé por qué lo hacía, si siempre veía lo mismo: menos de cien mil pesos hasta el próximo pago. Eso tenía que durarme dos semanas para comida, transporte, las medicinas de mamá y un montón de otras cosas que siempre aparecían. Como cuando se dañó la nevera el mes pasado. O como cuando el techo empezó a gotear y tuve que pagarle a un vecino para que lo tapara.

Mi vida era una lista interminable de gastos.

El viaje en bus duraba cuarenta y cinco minutos si no había tráfico. Casi siempre había tráfico. Me pasaba ese tiempo mirando por la ventana, viendo pasar la ciudad sin realmente verla. La gente en sus carros, los edificios, los semáforos. Todo pasaba rápido mientras yo iba ahí, apretada entre un señor que olía a cigarrillo y una señora que hablaba por teléfono bien duro de sus problemas con el esposo.

Llegué a la estación y caminé rápido las dos cuadras hasta la oficina. Era un edificio gris, de esos que no tienen nada especial. Trabajaba en una empresa de contabilidad que llevaba el nombre de un señor que ni siquiera conocía. Mi puesto era el más bajo de todos: asistente de contadores. Eso significaba que hacía el trabajo que nadie más quería hacer.

Entré al edificio, marqué mi tarjeta y vi la hora. Siete y cincuenta y ocho. Dos minutos antes de la hora límite. Lo logré por poco.

Subí al tercer piso en un ascensor que siempre olía a café viejo y me senté en mi escritorio. Era un cubículo pequeño, con una silla que ya no tenía ajuste de altura y una computadora que tardaba cinco minutos en encender. Puse mi bolso en el cajón de abajo, encendí la pantalla y esperé.

A mi lado estaba Patricia, la única persona en la oficina con la que hablaba de verdad. Tendría unos cincuenta años, era gorda y siempre tenía un chisme nuevo que contar. Cuando me vio llegar, se inclinó hacia mi lado.

-Valentina, ¿viste el correo que mandaron anoche?

-No, Paty. Apenas estoy prendiendo esto.

-Pues el jefe está furioso. Algo pasó con los reportes del cliente grande y dice que todos tenemos que quedarnos hasta tarde hasta arreglarlo.

Cerré los ojos un momento. Quedarme hasta tarde significaba llegar a mi casa después de las nueve de la noche. Significaba que mi madre estaría sola todo el día, que no podría darle su medicina de la noche a tiempo. Significaba menos horas de sueño y más estrés.

-¿Y no podemos hacerlo rápido? -pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

-Tú sabes cómo es esto. El cliente grande siempre es un problema.

Tenía razón. El cliente grande era una empresa que nos pagaba un montón de plata y por eso el jefe les aceptaba todo. Si ellos querían cambios a última hora, nosotros trabajábamos hasta tarde. Si ellos cometían un error, nosotros lo arreglábamos sin cobrarles más. Era así de simple.

A las ocho y media llegó mi jefe. Se llamaba Roberto y era un hombre delgado, de unos cuarenta años, que siempre parecía estar enojado. Caminaba rápido por la oficina con una carpeta en la mano y cuando llegó a mi escritorio, me miró con esa cara que ya conocía bien.

-Valentina, necesito que revises estos números otra vez. El cliente dice que hay errores en la última factura.

-Señor Roberto, yo revisé esos números tres veces. Están bien.

-Pues revísalos otra vez. El cliente paga, el cliente tiene la razón. Así funciona esto.

Tomé la carpeta sin decir nada. ¿Para qué iba a discutir? Él nunca me escuchaba. Nadie me escuchaba. Yo era la asistente, la que hacía el trabajo sucio, la que estaba ahí para recibir órdenes y no para opinar.

Pasé las siguientes horas mirando números en una pantalla. Sumando, restando, verificando, corrigiendo. A las doce, Patricia me tocó el hombro.

-¿Vamos a almorzar?

-No, traje comida.

-¿Otra vez? Vamos, un día no te va a matar.

-No tengo plata, Paty. De verdad.

Ella me miró con pena, de esas penas que no quieres que la gente sienta por ti. Asintió y se fue con otros compañeros. Yo saqué mi fiambrera del bolso. Adentro había arroz con un poco de pollo que había cocinado el domingo. Era la misma comida de ayer y de antier, pero seguía siendo comida. No podía quejarme.

Mientras comía, revisé mi teléfono. Mi mamá me había mandado un mensaje: -Ya tomé la medicina. No te preocupes. Te quiero.

Sonreí un poco, pero me duró poco. Inmediatamente después vi un mensaje del banco: recordatorio de pago. La deuda de la tarjeta no bajaba nunca, porque solo podía pagar el mínimo cada mes. Los intereses crecían y crecían y yo sentía que estaba nadando contra una corriente que siempre me ganaba.

La tarde fue larga. A las seis, la mayoría de la gente empezó a irse, pero yo seguí en mi escritorio. Roberto había dicho que todos debían quedarse, pero "todos" significaba los de abajo. Los jefes se fueron a las siete.

A las ocho de la noche, mis ojos ya no podían más. Había revisado los mismos números tantas veces que ya los veía hasta cuando cerraba los párpados. Patricia se acercó con una taza de café.

-Toma, te hace falta.

-Gracias, Paty. ¿Tú ya te vas?

-Sí, ya terminé lo mío. ¿Tú cuánto te vas a demorar?

-No sé. Todavía falta.

Ella me puso la mano en el hombro.

-Eres muy joven para vivir así, Valentina. Deberías buscar algo mejor.

-¿Como qué, Paty? ¿Qué voy a hacer? Si dejo este trabajo, no tengo otro. Y sin trabajo, mi mamá no tiene medicina.

Ella suspiró y se fue. Me quedé sola en la oficina con dos personas más que estaban en sus cubículos, tan cansadas como yo.

A las nueve y media, por fin terminé. Guardé mis cosas, apagué la computadora y bajé en el ascensor vacío. La calle estaba oscura y el frío de la noche me golpeó la cara. Caminé rápido a la parada del bus, pero cuando llegué, vi que el último ya había pasado.

Claro. El último pasaba a las nueve. Yo siempre lo perdía cuando me tocaba quedarme hasta tarde.

Saqué mi teléfono para pedir un taxi, pero cuando vi lo que costaba, casi lloro. Eso era lo que gastaba en comida para tres días. Pero no podía quedarme en la calle tampoco. Pedí el taxi y esperé.

Llegué a mi casa a las diez y media. Todo estaba oscuro, excepto la luz de la habitación de mi mamá. Entré despacio y la vi dormida en su cama, con el televisor encendido en un canal de novelas. Apagué el televisor, le subí las cobijas y le di un beso en la frente.

-Lo siento, mamá -susurré-. Llegué tarde otra vez.

Ella no respondió. Dormía profundo, y eso era bueno. Significaba que no había tenido problemas.

Fui a mi habitación, me cambié y me acosté en la cama. Eran las once de la noche. En seis horas, el despertador volvería a sonar. En seis horas, empezaría todo otra vez.

Miré el techo, la grieta que seguía ahí esperando a que la arreglara. Cerré los ojos y pensé en el mensaje de Paty: -Eres muy joven para vivir así.

Pero no había otra opción. Mi mamá me necesitaba. Yo era todo lo que ella tenía. Así que me levantaba cada mañana, trabajaba cada día, pagaba cada cuenta y seguía adelante. Sin quejarme, sin rendirme, sin esperar que nada cambiara.

Porque en mi experiencia, las cosas nunca cambiaban para bien.

Mañana sería lo mismo. Y pasado mañana también. Y así hasta que no sé cuándo.

Pero bueno, al menos hoy logré que mi mamá tuviera su medicina. Al menos hoy pagamos el arriendo. Al menos hoy sobrevivimos.

Eso tenía que ser suficiente.

Por ahora.

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Tabla de contenidos de La Luna Accidental del CEO

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Ch. 11
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