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Portada de la novela La ley de la Carne

La ley de la Carne

Lo que Manuel, Asun, Isa y Jandro planeaban como una escapada tranquila a León se transforma en una peligrosa ruptura de los lazos familiares. Aislados en el hotel El Roble Viejo por una tormenta, el alcohol y la tentación anulan cualquier rastro de lealtad. Con la aparición de Carlos y Elena, los propietarios, el grupo se sumerge en una oscura dinámica de sumisión y erotismo. Sin límites ni salida, sus relaciones se desintegran ante un deseo incontrolable.
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Capítulo 3

La lluvia arreció con una violencia inusitada a medida que el SUV devoraba las últimas rampas del puerto. Los limpiaparabrisas apenas daban abasto para apartar las cortinas de agua que golpeaban el cristal, aislando el habitáculo del resto del mundo. Dentro, la calefacción creaba un microclima denso, cargado con el vaho de sus respiraciones y el aroma que desprendían los cuerpos calientes tras el encontronazo en el área de servicio.

Manuel mantenía las manos firmes sobre el volante, con los ojos clavados en las líneas difuminadas de la carretera de montaña. La tensión del viaje ya no era fatiga; era una vibración eléctrica que le bajaba directo a la entrepierna. A su lado, Asun parecía saborear el efecto que su descaro había tenido en el grupo. Se había subido las rodillas contra el pecho, abrazándolas con los brazos, lo que provocaba que la camiseta gris de Manuel se tensara por completo sobre su generoso trasero y dejara al descubierto una amplia porción de sus muslos rotundos.

En los asientos traseros, el silencio no era de cansancio, sino de anticipación. Jandro permanecía con las piernas abiertas, ocupando gran parte del espacio, con una mano apoyada sobre su propio muslo, donde la tela gris del chándal seguía acusando el roce con Asun. Isa, apoyada contra la ventanilla, jugaba con el anillo de su piercing de la nariz, observando las siluetas de los robles que se retorcían con el viento exterior.

- Ya casi estamos -anunció Manuel, reduciendo a tercera marcha al divisar un desvío apenas iluminado por los faros-. El navegador dice que estamos a menos de dos kilómetros. Castrillo de los Polvazares queda a la izquierda, nosotros entramos directos al valle.

- Menos mal -suspiró Isa desde atrás, estirando el cuello. El movimiento hizo que el escote de su vestido negro de punto cediera, dejando ver la clavícula pálida y el inicio de la tinta que decoraba su pecho-. Tengo los músculos entumecidos de no moverme. Jandro parece una estatua de piedra a mi lado.

- Las estatuas no piensan en lo que yo estoy pensando, preciosa -respondió el policía con una voz ronca y pausada, sin apartar los ojos de la nuca de Asun. Extendió su mano grande y la deslizó por el cuello de su mujer, hundiéndola bajo la melena oscura y apretando con suavidad-. Estoy guardando fuerzas para cuando tengamos espacio para movernos.

Asun soltó una risita baja, un ronroneo que Manuel cazó al vuelo. Ella estiró una mano y la puso sobre la rodilla de su marido, apretando el tejido de su pantalón.

- Tu cuñado viene con ganas de mandar, Manuel. A ver si vas a tener que pararle los pies en tu propio viaje.

- Jandro sabe perfectamente hasta dónde puede llegar -replicó Manuel, esbozando una sonrisa de suficiencia mientras giraba el volante a la derecha-. Además, en "El Roble Viejo" no hay comisarios ni turnos de noche. El único que dicta las normas aquí soy yo, que para eso pago el vino.

El coche abandonó el asfalto para entrar en un camino de grava compacta flanqueado por muros de piedra seca cubiertos de musgo. Al fondo, recortándose contra la oscuridad de la montaña leonesa, apareció el caserón. "El Roble Viejo" era una construcción imponente: piedra de sillería oscura, ventanas de madera noble con contraventanas interiores y un tejado de pizarra que brillaba bajo la lluvia torrencial. Un único farol de forja iluminaba la entrada principal, proyectando un halo amarillento sobre los charcos.

Manuel aparcó el SUV lo más cerca posible del porche de piedra.

- Bien, hagamos esto rápido -dijo, apagando el motor. El silencio repentino del habitáculo fue sustituido por el estruendo del agua golpeando la chapa-. Jandro y yo bajamos las maletas pesadas del maletero. Vosotras entrad corriendo con las bolsas de mano y la nevera portátil. No quiero que se enfríe el embutido ni que os mojéis más de la cuenta.

- A mí no me importa mojarme, Manuel -soltó Asun con doble sentido, abriendo la puerta del copiloto de golpe.

El estallido de aire frío y húmedo de la montaña chocó contra el calor del coche. Asun saltó a la grava con una agilidad sorprendente para sus carnes generosas, agarrando la nevera de lona de un tirón. Su camiseta gris se empapó al instante en los pocos segundos que tardó en cruzar el porche, pegándose a su piel como una segunda capa y trasluciendo de forma obscena el encaje rojo del sujetador y la dureza del piercing del pezón derecho. Isa la siguió de cerca, protegiéndose la cabeza con el bolso, con el vestido negro pegado a sus muslos delgados y largos.

Manuel y Jandro se encontraron en la parte trasera del coche, bajo el portón abierto del maletero. El aire frío de la noche les dio de lleno, pero ninguno parecía sentirlo. El policía agarró las dos maletas grandes con una fuerza implacable, marcando las venas de sus brazos tatuados.

- Joder, Manuel -dijo Jandro, resguardado bajo el portón, mirando hacia la puerta de entrada donde las dos mujeres se sacudían el agua-. Tu mujer es una provocación andante. El trayecto se me ha hecho eterno.

Manuel agarró la caja de madera con las botellas de vino de Mencía y miró de frente a su cuñado. La complicidad masculina, cruda y desprovista de rodeos, se selló con esa mirada.

- Lo sé, Jandro. Le encanta gustar, y sé perfectamente cómo la mirabas desde atrás. No disimules, que el chándal no engaña a nadie.

Jandro soltó una risotada ronca, sin un ápice de culpa, y golpeó el lateral del coche con el puño.

- Es lo que hay, cuñado. Tienes un monumento en casa. Pero no te quedes atrás, que Isa lleva todo el camino jugando con el metal de la boca pensando en lo que va a pasar este fin de semana. Vamos para dentro antes de que el vino se congele.

Cerraron el maletero y entraron al porche, empujando la pesada puerta de roble que daba acceso al vestíbulo principal.

El interior del hotel era exactamente lo que buscaban: un refugio rústico, privado y exclusivo. El suelo de anchas tablas de madera crujía con calidez bajo las botas, y las paredes de piedra vista daban una sensación de aislamiento absoluto. No había nadie en la recepción; el dueño, un paisano de la zona con el que Manuel había cerrado el trato, les había dejado las llaves sobre el mostrador de madera junto a una nota que indicaba que el comedor y la sala de la chimenea de la planta superior estaban listos y a su entera disposición.

Asun e Isa se encontraban en el centro del recibidor, quitándose las chaquetas ligeras. El agua de la lluvia había hecho estragos deliciosos: la camiseta de Asun, ahora húmeda, dejaba ver con total nitidez el contorno generoso de sus pechos de talla 90, que subían y bajaban debido a la carrera. Isa, con el pelo chorreando sobre los hombros, se escurría la melena con las manos, haciendo que las gotas resbalaran por su cuello tatuado directo hacia el escote empapado de su vestido negro.

- Esto es impresionante -dijo Isa, mirando las vigas del techo y las escaleras de piedra que subían a las habitaciones-. Parece que estemos en otra época. Aquí podemos gritar todo lo que queramos que el viento de fuera tapará cualquier ruido.

Jandro dejó las maletas en el suelo y se acercó a su mujer por detrás, rodeándole la cintura con sus brazos fuertes, sin importarle empaparse con la humedad del vestido. Le apartó el pelo mojado hacia un lado y le mordió levemente el lóbulo de la oreja, justo donde se agrupaban los piercings.

- Pues empieza a calentar la garganta, mi vida, porque pienso hacer que te oigan desde Lugo -le susurró con una posesión brutal.

Manuel dejó la caja de vinos sobre una mesa auxiliar y se colocó al lado de Asun. Le pasó una mano grande por la espalda baja, hundiéndola en la carne blanda y firme de su cintura, empujándola hacia él.

- Subamos a dejar las cosas y a darnos una ducha rápida -propuso Manuel, con la voz tomada por el deseo-. El comedor de abajo nos espera con la cena, y tengo tres botellas de Mencía deseando que las descorchemos. Coded las llaves, arriba están nuestras habitaciones. Una al lado de la otra.

Asun miró a Isa por encima del hombro de Manuel, y luego fijó sus ojos en Jandro, humedeciéndose los labios con descaro.

- Venga, arriba -dijo Asun, agarrando su bolsa de mano-. Que tengo frío y necesito que alguien me ayude a quitarme esta ropa mojada.

Los cuatro comenzaron a subir las escaleras de piedra hacia el piso superior. El crujido de sus pasos y el eco de sus risas contenidas rebotaban en las paredes del viejo caserón, mientras fuera, la tormenta de la montaña leonesa golpeaba con fuerza los cristales, sellando el inicio de un fin de semana donde la rutina iba a quedar sepultada bajo el peso de la carne y el deseo.

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