Portada de la novela La ley de la Carne

La ley de la Carne

8.1 / 10.0
En La ley de la Carne, un viaje a León se torna oscuro. Manuel y su grupo enfrentan una espiral de sumisión en un hotel aislado. Esta novela de romance y mystery explora límites prohibidos. Lee esta fiction fantasy romance books y descubre una historia de deseo sin reglas en este webnovel.
Resumen de La ley de la Carne
Lo que Manuel, Asun, Isa y Jandro planeaban como una escapada tranquila a León se transforma en una peligrosa ruptura de los lazos familiares. Aislados en el hotel El Roble Viejo por una tormenta, el alcohol y la tentación anulan cualquier rastro de lealtad. Con la aparición de Carlos y Elena, los propietarios, el grupo se sumerge en una oscura dinámica de sumisión y erotismo. Sin límites ni salida, sus relaciones se desintegran ante un deseo incontrolable.
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La ley de la Carne Capítulo 1

El runrún del motor del SUV devoraba los kilómetros de la autovía A-6 con una monotonía que, lejos de adormecer, estaba sirviendo para espesar el ambiente dentro del habitáculo. Manuel conducía con una mano apoyada en la parte superior del volante de cuero, relajado pero atento, saboreando el inicio del fin de semana. A su lado, en el asiento del copiloto, Asun se había descalzado y apoyaba las plantas de los pies directamente sobre el salpicadero, una postura que hacía que sus vaqueros ajustados se tensaran al límite, remarcando la redondez de sus muslos y esa cintura que, aunque generosa y de carnes rotundas, se ceñía con una provocación natural.

En la parte trasera, Jandro e Isa compartían el espacio entre risas contenidas y el ruido metálico de una lata de cerveza que el policía acababa de abrir.

- Te digo yo, Manuel, que si no paramos en Piedrafita a pillar cecina de la buena, este viaje va a estar incompleto -soltó Jandro desde atrás, estirando sus brazos de poli, cuyos bíceps y pectorales tensaban las costuras de una camiseta gris ajustada-. El aire de la montaña leonesa pide embutido del que rasca la garganta.

- No te preocupes por el estómago, cuñado -respondió Manuel, mirándolo por el espejo retrovisor con una sonrisa de suficiencia-. En el maletero llevo tres botellas de Mencía de los que no se encuentran en el supermercado y un queso de O Cebreiro que compramos ayer. Si paramos, que sea para estirar las piernas, no por hambre.

Asun soltó una carcajada, una de esas risas suyas, ruidosas y contagiosas, que siempre hacían que Manuel la mirara de reojo. Llevaba una camiseta vieja de él, de algodón gris, que le quedaba holgada en el pecho pero que, por la postura, se le recogía peligrosamente cerca de las ingles. Bajo la tela, el relieve redondo de sus pechos de talla 90 se mecía levemente con el traqueteo del coche.

- Déjalo, Jandro, que Manuel se toma la organización de las bodegas como si fuera un asunto de Estado -dijo Asun, girándose un poco hacia atrás para mirar a los otros dos-. Aunque yo voto por parar. Llevamos dos horas en el coche y ya noto el trasero plano. Además, Isa me debe un secreto desde que salimos de Lugo.

Isa, que hasta entonces miraba por la ventanilla el cielo grisáceo que empezaba a rasgarse para dejar pasar los primeros rayos del sol de la tarde, sonrió con malicia. El piercing de su labio inferior brilló un instante y, al responder, dejó ver el metal de su lengua, un detalle que a Manuel siempre le había parecido extrañamente morboso en su hermana menor.

- No es ningún secreto, Asun. Solo le estaba diciendo a Jandro que este fin de semana no pienso ponerme un solo sujetador. Me he traído tres vestidos flojos y cortos, y el resto va a ser ropa cómoda. Si nos vamos a aislar en un caserón de piedra en mitad de la nada, lo último que quiero es opresión.

Jandro soltó un gruñido ronco, una mezcla de orgullo y posesión, mientras le ponía una mano grande y pesada sobre el muslo a su mujer, apretando la carne firme bajo los pantalones cortos de Isa.

- Ya la oyes, Manuel. Mi mujer va provocando desde que salimos de casa. Luego no os quejéis si nos encerramos en la habitación y no bajamos ni a cenar.

- ¡Ah, de eso nada! -intervino Manuel, acelerando ligeramente para adelantar a un camión-. Las cenas se respetan. Hemos reservado el comedor pequeño solo para nosotros. Además, tengo ganas de ver cómo se defiende el poli de ciudad en un ambiente sin cobertura.

El viaje continuó entre bromas que, poco a poco, iban perdiendo la inocencia del día a día. El cambio de ambiente, el dejar atrás el piso de Lugo, el trabajo en la comisaría de Jandro y la rutina diaria, estaba actuando como un resorte. La conversación se volvió más fluida, salpicada de pullas con doble sentido. Asun, juguetona, estiró el brazo hacia la consola central para cambiar la música, dejando que su camiseta se subiera un par de centímetros más, lo suficiente para que Jandro, desde su posición elevada en el asiento trasero, pudiera vislumbrar el encaje rojo de las bragas que contenían su generoso trasero.

El policía no apartó la mirada. Manuel lo vio por el espejo. Vio cómo los ojos de su cuñado se clavaban en la carne expuesta de Asun y cómo, sutilmente, Jandro reacomodaba su posición en el asiento, cruzando las piernas para disimular la tensión que empezaba a formarse bajo su pantalón de chándal gris. Lejos de molestarse, Manuel sintió un latido caliente en la boca del estómago. Un orgullo posesivo y oscuro: su mujer era un jodido espectáculo, y el hecho de que su cuñado se estuviera calentando solo con mirarla le producía una excitación cruda y directa.

- Mira allí -dijo Isa, rompiendo el momento y señalando un letrero de madera carcomida al borde de la carretera-. "Área de servicio El Mirador". Paramos ahí. Necesito un baño ya.

Manuel desvió el SUV hacia la salida de deceleración. El área de servicio era un complejo pequeño, mitad gasolinera, mitad mesón de piedra con un aparcamiento de grava rodeado de pinos altos. Al apagar el motor, el silencio de la montaña los envolvió, roto solo por el crujido del escape caliente.

Al bajarse, Asun se estiró con descaro, arqueando la espalda hacia atrás. Sus pechos grandes se tensaron contra la camiseta gris, marcando la dureza del piercing del pezón derecho bajo la tela delgada. Jandro bajó del coche justo detrás de ella y, al pasar por su lado en el estrecho espacio entre las puertas, su hombro ancho rozó deliberadamente el brazo de Asun.

- Disculpa, cuñada -dijo Jandro, con esa voz grave y chulesca que usaba cuando quería marcar terreno-. Es que este coche es muy pequeño para tanta gente.

Asun lo miró de arriba abajo, deteniéndose un segundo en los pectorales duros que dibujaban la camiseta del policía, y le dedicó una sonrisa cargada de complicidad.

- No pasa nada, Jandro. A mí no me molesta que me aprieten... siempre que sea con ganas.

Isa y Manuel se bajaron por el otro lado, presenciando el intercambio. La hermana de Manuel no dijo nada, pero sus ojos brillaron con esa chispa traviesa que siempre anunciaba problemas. Caminaron juntos hacia el mesón, con el sol de la tarde empezando a calentar la piedra húmeda y el ambiente ya cargado de una electricidad que ninguno de los cuatro tenía la más mínima intención de apagar.

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Tabla de contenidos de La ley de la Carne

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