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Portada de la novela La Humillación de un Corazón

La Humillación de un Corazón

Matilde ha soportado noventa y ocho abandonos, pero la traición definitiva llega cuando Eduardo Calvet la planta en el altar por Bella Poza. Tras un lustro de desprecios, ella emplea un don ancestral para disolver su unión sagrada. El arrepentimiento de Eduardo coincide con la revelación de Bella como una bruja oscura. Cuando él se sacrifica ante las sombras, la furia de Matilde despierta un poder letal y milenario que lo cambiará todo.
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Capítulo 3

Matilde POV:

Con un tirón brutal, arranqué el velo de mi cabello, la fina tela de encaje rasgándose con un sonido seco. No solo era un velo; era el sudario de cinco años de esperanzas, de sacrificios, de una vida que nunca fue. Lo que una vez significó la pureza y la promesa, ahora solo representaba la humillación y el desengaño. Mis dedos se tensaron, destrozando la delicada tela con una furia silenciosa. No era solo el velo lo que deshacía, sino la imagen de la Matilde ingenua y esperanzada que lo había llevado.

Mis ojos ardían, pero no derramaron lágrimas. Esa fuente se había secado hace mucho tiempo. Los fragmentos del velo cayeron a mis pies, como pétalos muertos. Tomé uno de los trozos más grandes y, con una resolución implacable, lo lancé a la chimenea encendida. Las llamas lo devoraron con un crepitar voraz, convirtiéndolo en cenizas en cuestión de segundos. Observé cómo se consumía, y con cada chispa que se elevaba, sentí una libertad que nunca antes había conocido. Una ligereza aterradora pero embriagadora.

Los invitados, que se habían quedado en un silencio atónito, comenzaron a murmurar. Sus miradas de lástima se convirtieron en confusión y asombro genuino. No sabían lo que veían. Ni siquiera yo lo sabía del todo.

No dormí esa noche. No pude. La mente de Eduardo, débilmente perceptible a través del vínculo, estaba ocupada con Bella, sus pensamientos, sus necesidades. Él no pensaba en mí. Nunca fue una sorpresa. El dolor ahora era un zumbido distante, molesto, pero ya no me destrozaba. Me había acostumbrado a la amputación.

Al amanecer, me puse de pie. El sol apenas asomaba por el horizonte, tiñendo el cielo de tonos rosados y naranjas, un nuevo día que prometía un nuevo comienzo para mí.

"Las cadenas de amor son las más difíciles de romper, Matilde" , la voz de mi padre resonó en mis recuerdos. "Pero las que te atan a la indignidad son las más venenosas" .

Yo había creído en un amor puro, en la idea de que mi verdadero yo, sin el peso de mi apellido, sería suficiente. Que mi amor por Eduardo sería lo único que importara. Qué ingenua fui.

Recordé el día en que conocí a Eduardo. Fue en una gala benéfica, un evento al que asistí de incógnito. Nuestros ojos se cruzaron al otro lado del salón, y una chispa se encendió, una conexión instantánea, poderosa, innegable. Sentí su vínculo en mi mente, un llamado profundo que me prometía un futuro juntos. Él era el heredero del imperio Calvet, yo, una "Matilde Méndez" sin más historia que la que yo le conté. Nos enamoramos en un torbellino, o al menos, yo me enamoré. Él se enamoró de la idea de mí, de la mujer sencilla que no buscaba su fortuna.

Al principio, él recordaba mis pequeñas manías, mis comidas favoritas, mis sueños fugaces. Pero con el tiempo, todo se desvaneció, eclipsado por los caprichos calculados de Bella. Su mente ahora solo conocía el brillo falso de ella.

Tomé el anillo de compromiso que me había dado, un diamante deslumbrante que ahora solo me parecía una piedra pesada. Lo dejé caer en la basura, sin una pizca de remordimiento. Era hora de anular el compromiso. De forma oficial.

Mientras caminaba hacia la sala de reuniones, un grupo de jóvenes se agolpaba alrededor de una antigua pantalla de comunicaciones. Sus risas y exclamaciones atrajeron mi atención.

"¡Miren!" , gritó una chica, señalando la pantalla. "¡Bella Poza acaba de publicar algo nuevo!"

La imagen de Bella apareció en la pantalla, sonriendo angelicalmente junto a Eduardo, quien la sostenía en brazos. Su pie, supuestamente lesionado, estaba vendado de forma teatral.

"¡Mi héroe!" , decía el texto que acompañaba la imagen. "Eduardo me cuidó toda la noche. ¡Gracias por sacrificarlo todo por mí! Algunos entienden la verdadera lealtad" .

Los jóvenes, al verme, se dispersaron como pájaros asustados. La bilis volvió a subir por mi garganta, pero esta vez, mi determinación era de hierro. La confirmación de su traición, de su desprecio, ya no me quebraba. Solo fortalecía la decisión que ya había tomado.

Saqué un pequeño medallón de mi bolsillo, un antiguo símbolo familiar. El emblema brilló, como si respondiera a mi voluntad. Mis pasos me llevaron directamente al gran salón de asambleas. Era el momento de romper no solo un compromiso, sino una ilusión.

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