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Portada de la novela La Humillación de un Corazón

La Humillación de un Corazón

Matilde ha soportado noventa y ocho abandonos, pero la traición definitiva llega cuando Eduardo Calvet la planta en el altar por Bella Poza. Tras un lustro de desprecios, ella emplea un don ancestral para disolver su unión sagrada. El arrepentimiento de Eduardo coincide con la revelación de Bella como una bruja oscura. Cuando él se sacrifica ante las sombras, la furia de Matilde despierta un poder letal y milenario que lo cambiará todo.
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Capítulo 2

Matilde POV:

El eco de mi promesa resonó en mi pecho, un tambor fúnebre para una relación moribunda. Si Eduardo me dejaba plantada una vez más, mi paciencia, mi amor, mi dignidad, todo se iría con él. Juro que me iría de este lugar para siempre, de esta casa, de esta ciudad, de esta vida. No permitiría que un solo paso más pisoteara mi honor. No más.

Justo en ese momento, como si mis pensamientos lo hubieran convocado, Eduardo apareció en la entrada del salón. Su cabello lacio, el traje algo arrugado, y una expresión de... ¿disculpa? ¿o fastidio? en su rostro. Hizo un saludo apresurado a la multitud, un gesto de "ya llegué, no es para tanto" , que apenas disimulaba su desinterés.

El anciano chamán, con su voz grave y pausada, comenzó el sagrado rito. El incienso flotaba en el aire, mezclándose con el olor a rosas y la tensión palpable.

Eduardo se acercó a mí, susurrando, "¿Estás bien, amor? Siento la tardanza… Bella tuvo un pequeño accidente" .

Mi mandíbula se tensó. "Ocúpate de la ceremonia, Eduardo" , respondí, la fatiga de cinco años de humillación impregnando cada sílaba. "No deshonres a los Antiguos de nuevo" .

Él me tomó la mano, un toque que se sentía ajeno. "Lo juro, Matilde. Esta vez lo haremos. Lo juro por los Antiguos" . Su pulgar acarició mi piel con una familiaridad que ya no sentía. Una vez, ese gesto me habría llenado de esperanza. Ahora, solo me producía una extraña náusea.

El chamán continuó, rociando agua bendita sobre nosotros, las palabras ancestrales llenando el espacio. Eduardo se posicionó para realizar el gesto de unión, ese momento crucial en el que las almas se entrelazan para siempre. Cerré los ojos, con la esperanza y el escepticismo luchando dentro de mí. Quería creer, sabía que no debía.

Sentí su aliento cerca, su mano extendiéndose. Era el momento.

Un jadeo colectivo. Una exclamación. Mis ojos se abrieron de golpe.

La expresión de Eduardo había cambiado. Su mirada estaba fija en algo detrás de mí, sus ojos abiertos de par en par. Seguí la dirección de su mirada.

Allí, en la parte posterior de la multitud, semioculta, estaba Bella. Se tambaleaba ligeramente, su rostro pálido y contorsionado en una mueca de dolor exagerado. Mis labios se curvaron en una sonrisa amarga. La misma obra de teatro, la misma actriz, el mismo público.

Eduardo soltó mi mano bruscamente, el sonido de mi piel separándose de la suya resonando como un látigo en el silencio. Ya no había rastro de la promesa en sus ojos. "Matilde, yo... no puedo. Bella me necesita. Se ha herido de verdad esta vez. Debo ir con ella. La ceremonia tendrá que esperar" .

El dolor en mi pecho no fue una sorpresa. Era un viejo conocido, un compañero constante. Pero esta vez, vino acompañado de algo nuevo: una calma fría, un desprendimiento casi etéreo.

Miré a Eduardo, luego a Bella, y una sonrisa extraña, casi de alivio, se dibujó en mi rostro. "Por supuesto, Eduardo. Tu prioridad debe ser la salud de Bella. Ella es quien realmente te necesita" , dije, mi voz suave, carente de cualquier emoción.

Él me miró con una mezcla de sorpresa y gratitud. "¡Matilde, lo entiendes! ¡Gracias, gracias! Sabía que comprenderías. Eres tan...comprensiva" .

"Es la única solución, ¿verdad?", añadí, mi voz teñida de un sarcasmo que, al parecer, solo yo entendí. "Después de todo, ella es la más importante aquí".

Eduardo asintió, su rostro ya aliviado, sin captar la ironía. "Volveré, lo prometo. Te traeré una flor blanca del jardín, tu favorita, para compensarte" .

Lo observé alejarse, tropezando en su prisa por llegar hasta Bella. Se olvidó de mis gustos. Yo era alérgica a las flores blancas. Me había olvidado por completo de mí.

Los cinco años de dolor, de espera, de humillación, cristalizaron en ese instante. Él no me conocía. Nunca lo hizo. O si lo hizo, se le olvidó.

"Se acabó" , susurré. No a nadie más que a mí misma. "Se acabó" .

Mis manos, que antes temblaban, ahora estaban firmes. Metí la mano en mi bolso y saqué un dispositivo de comunicación, un objeto antiguo que no había usado en años.

Lo encendí. La pantalla se iluminó con un emblema olvidado.

"Papá" , dije, mi voz clara y fuerte. "Soy yo. Vuelvo a casa" .

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