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Portada de la novela La Hija Que No Vio

La Hija Que No Vio

Después de una década de entrega, el matrimonio de conveniencia entre el poderoso Máximo Castillo y su esposa se desmorona. Atrapada en una unión fría por culpa de las mentiras de su progenitor, ella soporta que el magnate priorice a su antigua amante y a la hija de esta. Cuando Sofía, su pequeña, sufre una crisis respiratoria grave, Máximo la ignora tildándola de farsante. Ante tal desprecio, ella decide terminar con su amor y buscar la libertad.
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Capítulo 2

Llevo diez años amando a Máximo Castillo, un amor que me ha consumido en silencio, un secreto que solo conocía mi padre. Él, un magnate hotelero retirado, no soportaba verme sufrir. Así que, durante la Feria de Abril de Sevilla, hace cuatro años, tomó una decisión drástica. Drogó a Máximo, su protegido y socio de negocios, y lo guió hasta mi habitación de hotel. De esa noche forzada nació nuestro matrimonio y nuestra hija, Sofía.

Para Máximo, fue una trampa, una mancha en su vida perfectamente ordenada. Para mí, fue la realización de un sueño imposible, aunque nacido de una mentira. El resultado fue un matrimonio de hielo. Él cumplió con su deber, nos dio su apellido y su casa, pero nunca su corazón.

Su afecto estaba reservado para otra familia: su exnovia, Sabrina Salazar, y la hija de ella, Isabella.

Hoy, después de tres largos años trabajando en un proyecto en Dubái, Máximo regresaba. La ilusión me hacía temblar. Sofía, a mi lado, sostenía un pequeño ramo de flores, ensayando una y otra vez la palabra "papá".

Lo vimos aparecer por la puerta de llegadas. Mi corazón dio un vuelco. Pero no venía solo. A su lado caminaban Sabrina, con una sonrisa triunfante, e Isabella, aferrada a su mano como si fuera suya.

Sofía corrió hacia él, con los brazos abiertos y una sonrisa que iluminaba su rostro.

"¡Papá!"

Máximo ni siquiera la miró. Su rostro, siempre serio, mostró un rastro de fastidio. Se agachó, pero no para abrazar a su hija, sino para ajustar la maleta de Sabrina.

"Estoy cansado del viaje", dijo, con una voz fría que atravesó el bullicio del aeropuerto.

Luego, sin una segunda mirada para nosotras, se dio la vuelta y guió a Sabrina e Isabella hacia la salida. "Tengo que instalarlas primero".

Me quedé paralizada, con Sofía llorando en silencio contra mi pierna. El ramo de flores cayó al suelo, pisoteado por la multitud indiferente. En ese momento, comprendí que los tres años de ausencia no habían cambiado nada. Para él, nosotras seguíamos siendo un error, una obligación, mientras que ellas eran su verdadera familia.

La casa se sentía más fría que nunca con su presencia. Máximo pasaba la mayor parte del tiempo en su estudio o hablando por teléfono con Sabrina sobre los problemas de Isabella. Mi existencia y la de Sofía eran como sombras que se deslizaban por los pasillos de nuestra propia casa.

La academia de baile de Sofía organizó una presentación especial para los padres. Sofía había practicado durante semanas, emocionada con la idea de que su padre finalmente la viera bailar. Le rogué a Máximo que viniera.

"Veré si tengo tiempo", fue su única respuesta.

El día del evento, el asiento a mi lado permaneció vacío. Sofía subió al escenario, buscando su rostro entre el público con una esperanza que se iba apagando con cada nota musical. Bailó con una tristeza que me rompió el corazón.

Más tarde, esa misma noche, una madre de la academia me envió una foto. Era de la cuenta de Instagram de Sabrina. En la imagen, Máximo aplaudía sonriente en un evento escolar muy similar, con Isabella a su lado, vestida con un tutú. La publicación decía: "Gracias, Máximo, por ser siempre el mejor papá para mi Isa. ¡Eres nuestro héroe!".

Al día siguiente, los niños en la academia rodearon a Sofía en el patio.

"¡Mi mamá dice que tu papá no es tu verdadero papá! ¡Por eso nunca viene a verte!"

Sofía llegó a casa llorando, sus pequeños hombros sacudidos por sollozos. Cuando le conté a Máximo lo que había pasado, él simplemente frunció el ceño.

"No es mi culpa que los otros padres cotilleen".

La situación empeoró. Una tarde, Máximo entró en el salón con una expresión dura.

"Isabella viene de visita mañana. Llévate a Sofía a alguna parte".

Lo miré, sin poder creer lo que oía. "¿Por qué?"

"Porque a Isabella le molesta", respondió, como si fuera la explicación más lógica del mundo. "Se pone celosa y se siente insegura si ve a otra niña llamándome 'papá' en esta casa. No quiero que se sienta desplazada".

La rabia me subió por la garganta, pero la ahogué por el bien de la paz, una paz que solo yo parecía interesada en mantener. Al día siguiente, me llevé a Sofía al parque, sintiéndome como una exiliada en mi propia vida.

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