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Portada de la novela La Hija Que No Vio

La Hija Que No Vio

Después de una década de entrega, el matrimonio de conveniencia entre el poderoso Máximo Castillo y su esposa se desmorona. Atrapada en una unión fría por culpa de las mentiras de su progenitor, ella soporta que el magnate priorice a su antigua amante y a la hija de esta. Cuando Sofía, su pequeña, sufre una crisis respiratoria grave, Máximo la ignora tildándola de farsante. Ante tal desprecio, ella decide terminar con su amor y buscar la libertad.
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Capítulo 3

La gota que colmó el vaso llegó una semana después. Fue el cumpleaños de Máximo. A pesar de todo, Sofía pasó días pintando a mano un abanico de flamenco, su objeto más preciado, como regalo para él. Con sus pequeñas manos, dibujó un sol, una luna y una pequeña familia de tres.

Esa tarde, Sabrina e Isabella vinieron sin avisar. Yo estaba en la cocina y oí un grito agudo desde el salón. Corrí y encontré a Sofía en el suelo, llorando sobre los restos del abanico roto. Isabella estaba de pie junto a ella, con una sonrisa cruel.

"¡Esto es feo! ¡Y tú eres una bastarda! ¡Mi mamá dice que tu mamá te usó para atrapar a mi papá Máximo!"

Antes de que pudiera reaccionar, Máximo, que había entrado detrás de mí, se arrodilló junto a Isabella, ignorando a nuestra hija.

"Tranquila, cariño, no pasa nada", le dijo con una ternura que nunca había usado con Sofía. Luego se volvió hacia mí, con los ojos llenos de reproche. "¿Qué hace este abanico aquí? Sabes que a Isabella le gustan las cosas bonitas. No deberías haberla provocado dejando esto a la vista".

Miré los pedazos del regalo de mi hija, su trabajo, su amor, hechos añicos en el suelo. Miré a mi marido defendiendo a la niña que acababa de llamar bastarda a su propia hija. Y en ese instante, algo dentro de mí, algo que había luchado por mantener vivo durante años, se rompió para siempre.

Esa noche, cuando la casa finalmente quedó en silencio, me senté frente a Máximo en su impecable estudio.

"Quiero el divorcio", dije, con una calma que me sorprendió a mí misma.

Él levantó la vista de sus planos, una sonrisa burlona en sus labios.

"Lina, no empieces con tus dramas. Crees que no sé que esta es otra de tus tácticas para llamar la atención. Te casaste conmigo con trampas, ¿de verdad crees que te atreverías a dejarme? No tienes nada sin mí".

Su desdén fue como un golpe físico. Me levanté y salí de la habitación sin decir una palabra más. Él no me creía. Pensaba que yo era débil, que mi amor por él era una cadena que podía usar para controlarme siempre.

Más tarde, mi teléfono vibró. Era un mensaje de un número desconocido. Lo abrí. Era Sabrina. Me había enviado un video. Era un clip de una entrevista que le habían hecho a Máximo en una revista de arquitectura en Dubái.

El periodista le preguntaba: "¿Cuál ha sido su momento más feliz recientemente, señor Castillo?".

Máximo, en el video, sonreía. Una sonrisa genuina, cálida, que yo nunca había recibido.

"La semana pasada, en Dubái", respondió. "Después de que Isabella se durmió, llevé a Sabrina a la terraza. Teníamos vistas al Burj Khalifa. Ese momento. Ese fue mi momento más feliz".

El teléfono se me cayó de las manos. Sentí un frío que me heló los huesos. No fue solo el video. Fue la confirmación. La prueba irrefutable de que yo vivía en una mentira. Abrí las redes sociales de Sabrina. Estaban llenas de fotos de ellos tres en Dubái: en la playa, en restaurantes de lujo, en el desierto. Parecían la familia perfecta. La familia que él nunca quiso tener conmigo.

Mi última esperanza, la pequeña y tonta brasa que había mantenido encendida en mi corazón, se extinguió, dejando solo cenizas y un vacío helado.

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