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Portada de la novela La Hija Pérdida De La Familia

La Hija Pérdida De La Familia

Elena deja atrás una vida de penurias al ser recibida por sus padres, Ricardo e Isabel, en su opulenta mansión. Sin embargo, el rechazo de su hermano Javier y las intrigas de Sofía, quien la incrimina falsamente en un accidente, rompen la ilusión. Obligada por sus padres a fingir armonía y seguir normas de etiqueta, Elena acepta el castigo con un plan oculto. Usará los recursos familiares para estudiar derecho y huir definitivamente de su entorno tóxico.
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Capítulo 3

Sofía observó a Elena comer con una mezcla de asco y pánico. Cada bocado que Elena tomaba parecía arrebatarle algo a ella. Decidió cambiar de táctica. Se acercó a Elena, y sus ojos se llenaron de lágrimas que parecían brotar a voluntad.

"Elena, sé que debe ser muy difícil para ti", comenzó, con la voz quebrada. "Entiendo que estés enojada. Tienes todo el derecho. Yo misma... me siento tan culpable. He vivido la vida que te pertenecía."

Las lágrimas rodaban por sus mejillas perfectamente maquilladas. Era una actuación magistral. Apelaba a la culpa, a la compasión, intentando posicionarse como una víctima más de las circunstancias.

"Solo quiero que sepas que estoy aquí para ti. Haré lo que sea para que te sientas cómoda. Podemos ser hermanas de verdad, compartir todo..."

Elena dejó el tenedor sobre el plato, haciendo un ruido seco contra la porcelana. Levantó la vista y miró a Sofía directamente a los ojos, sin una pizca de la emoción que Sofía esperaba provocar.

"¿Compartir todo?", preguntó Elena, con una calma que desarmaba. "Bien. Dame la mitad del dinero que tus padres han gastado en ti durante los últimos dieciocho años. Lo usaré para mi matrícula. Eso sería un buen comienzo para nuestra hermandad."

La boca de Sofía se abrió y se cerró, como un pez fuera del agua. Las lágrimas se detuvieron de golpe. No esperaba una respuesta tan pragmática, tan directa. El guion que había preparado en su mente se hizo pedazos.

Ricardo e Isabel miraban la escena, completamente perdidos. Su mundo de apariencias y emociones controladas no estaba preparado para la cruda realidad de Elena.

"Elena, no puedes hablarle así a tu hermana", intervino Isabel, recuperando la compostura y corriendo a defender a la hija que conocía. "Sofía solo intenta ser amable."

"Yo no necesito amabilidad. Necesito recursos", replicó Elena, sin levantar la voz. "Le pregunté si quería compartir. Ella dijo que sí. Le hice una propuesta concreta. ¿Dónde está el problema?"

"¡El problema eres tú!", estalló Javier, el hermano. Hasta ahora había permanecido en silencio, observando. Pero la humillación de Sofía lo hizo reaccionar. "Llegas aquí como una salvaje, sin modales, sin gratitud. Mis padres te abren las puertas de su casa, te ofrecen una vida que ni en tus sueños más locos podrías imaginar, ¿y tú te comportas como una mercenaria?"

La palabra "salvaje" flotó en el aire. A Elena no pareció afectarle. No era nada que no hubiera escuchado antes en las calles.

"Agradezco la comida", dijo, señalando el plato vacío. "Estaba deliciosa. Pero no confundan la gratitud por la comida con la gratitud por una vida de abandono. Son cosas muy distintas."

"¡Eres una cínica! ¡Una desagradecida!", continuó Javier, cada vez más alterado. "Sofía ha sido una hija perfecta, una hermana perfecta. ¡Tú no le llegas ni a los talones!"

Elena lo miró con una expresión casi clínica, como un científico observando a un insecto.

"No tengo interés en competir con ella. Sus metas y las mías son diferentes. Ella quiere ser la princesa de este castillo. Yo quiero salir de él lo antes posible, con un título universitario en la mano."

Se levantó de la mesa, su energía completamente restaurada por la comida. Miró a Ricardo, la única persona en la sala que parecía entender, aunque fuera mínimamente, el lenguaje de las transacciones.

"Necesito quinientos mil pesos para el primer año. Eso cubre matrícula, libros, materiales y un fondo para gastos básicos. Pueden transferírmelo a una cuenta que abriré mañana, o dármelo en efectivo. Como prefieran."

Sin esperar respuesta, se dirigió a una de las empleadas domésticas que observaba desde la distancia.

"¿Podrías mostrarme dónde está la habitación más alejada del ruido? La que tenga un buen escritorio."

La empleada, sorprendida de que alguien le hablara directamente, asintió y comenzó a caminar. Elena la siguió, dejando atrás a una familia rota y confundida. Isabel sollozaba en los brazos de Ricardo, Javier lanzaba miradas de odio a la espalda de Elena, y Sofía, por primera vez en su vida, sentía que el control se le escapaba de las manos. No había logrado manipular a Elena, solo había conseguido que revelara, con más claridad aún, su inquebrantable y glacial determinación.

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