Portada de la novela Me Torturó por Su Hermana

Me Torturó por Su Hermana

9.7 / 10.0
En la novela de misterio Me Torturó por Su Hermana, un hombre inocente es secuestrado por un vengativo hermano dispuesto a todo por descubrir la verdad sobre la desaparición de su familiar. Disfruta de esta atrapante novela moderna en nuestra plataforma de novela web gratis.
Resumen de Me Torturó por Su Hermana
Un hombre común termina atrapado en una pesadilla cuando un desconocido lo secuestra y lo somete a un cruel cautiverio. El captor, consumido por la ira, exige respuestas sobre el trágico destino de su hermana menor, convencido de que el protagonista es el único culpable. Para sobrevivir a este tormento psicológico y físico en este sombrío thriller urbano, la víctima deberá desentrañar la red de secretos que rodea la misteriosa desaparición de la joven antes de que su captor acabe con su vida.
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Me Torturó por Su Hermana Capítulo 1

La hermana mayor de mi esposo, Aurora Castro, estaba embarazada cuando se arrojó desde lo alto de un edificio.

Su última llamada me la hizo a mí.

La policía me pidió que contara lo que sabía, pero no dije una sola palabra.

Mis suegros se arrodillaron ante mí y me rogaron que hablara; yo los miré con frialdad.

Aun así, mi esposo no me pidió el divorcio. Al contrario, me trató todavía mejor que antes.

Pero cuando yo también quedé embarazada, empezó mi pesadilla.

Me ató a la cama y llamó a un grupo de vagabundos para que abusaran de mí por turnos.

Dijo que quería que yo también supiera lo que era la desesperación.

Quedé embarazada una y otra vez, y una y otra vez perdí a mis bebés. En menos de un año, perdí la capacidad de tener hijos y quedé paralizada de medio cuerpo.

Daniel Castro pagó una fortuna para traer del extranjero a un equipo especializado en extraer recuerdos de la mente humana, y empezó a hacer experimentos conmigo.

—Eva, desde el día en que dejaste que Aurora muriera con una acusación injusta encima, debiste imaginar que esto iba a llegar. Ella siempre te trató como parte de la familia. Nunca imaginé que fueras tan inhumana como para aliarte con el asesino y destruirla. Esto es lo que te mereces.

Yo estaba inmovilizada en la cama como un cadáver, viendo a Daniel insultarme fuera de sí. El corazón me dolía como si me lo estuvieran cortando con un cuchillo.

—No… No fue así.

—Entonces, ¿cómo fue? ¡Habla!

Daniel me sujetó por el cuello de la blusa y me interrogó con los ojos rojos. Pero cuando las palabras estaban a punto de salir de mi boca, solo pude tragármelas. Con una desesperación casi suplicante, dije:

—No puedo decirlo. No me obligues.

El rostro de Daniel se endureció. Después, su expresión se volvió feroz.

—Pónganle el equipo. Extraigan sus recuerdos ahora mismo. Me da igual si ella vive o muere. Solo quiero ver la verdad.

Daniel ya me odiaba hasta el extremo. Me encerró en una cabina de cristal, me llevó hasta una plaza enorme en pleno centro de la ciudad e incluso convocó a varios medios y a una multitud de reporteros para presenciar aquel linchamiento público disfrazado de justicia.

Dos años atrás, muchas personas habían visto a Aurora, con cinco meses de embarazo, lanzarse desde lo alto. El caso había causado una enorme conmoción. Sobre todo porque la policía seguía sin resolverlo, así que el escándalo nunca dejó de crecer.

En cuanto se supo que el caso sería revisado, la plaza se llenó de gente en cuestión de minutos. Los gritos subían como una marea.

Entre el público, los padres de Daniel, José Castro y Ana Velázquez, se sostenían el uno al otro y permanecían de pie.

Mi silencio durante esos dos años les había dado un golpe devastador. Le habían pedido a Daniel que se divorciara de mí, pero él se negó. Por eso, durante todo este tiempo, habían guardado ese resentimiento en el corazón.

Ahora que entendían las verdaderas intenciones de Daniel, Ana se echó a llorar, entre la emoción y el odio.

—¡Han pasado dos años! ¿Tú sabes cómo he vivido todo este tiempo? ¡Maldita víbora sin corazón! ¡A veces quisiera abrirte el pecho para ver si tu corazón es negro de verdad!

A su lado, José le dio unas palmadas en la espalda. En sus ojos también había una tristeza imposible de describir.

Aurora era hija de unos amigos que, antes de morir, se la habían confiado. Aunque no compartían sangre, la querían incluso más que a una hija biológica.

Yo también había crecido bajo el techo de la familia Castro, aunque después me convirtiera en la esposa de Daniel.

Yo miraba todo aquello a través del vidrio, pero solo podía sollozar sin emitir ningún sonido.

Con una señal de Daniel, me colocaron un aparato parecido a un casco. Enseguida, de él salieron cientos de agujas plateadas y finísimas, que se me clavaron directamente en el cuero cabelludo.

En ese instante, sentí como si cientos de sanguijuelas me estuvieran succionando la cabeza desde adentro. El dolor, desgarrador, me hizo gritar sin control.

A un lado, Daniel escuchaba mis gritos. Pero en sus ojos brillaba un destello casi excitado.

—Señor Castro, ella está demasiado débil. Si no la estabilizamos primero, su vida podría correr peligro —dijo el técnico encargado, al ver mi estado.

Daniel lo miró con furia, lleno de crueldad.

—¡No se detengan bajo ninguna circunstancia! Inyéctenle adrenalina. Si va a morir, que muera después de que le extraigan los recuerdos.

El técnico dudó. Pero, presionado por Daniel, solo pudo inyectarme una dosis de adrenalina.

Cuando el líquido entró en mi cuerpo, todo mi cuerpo empezó a agitarse de forma febril.

Y los recuerdos enterrados en lo más profundo empezaron a removerse.

Frente a la tumba de Aurora, Daniel llevaba dos horas arrodillado.

Yo llegué con un ramo de flores en las manos. Al mirar la foto de Aurora, sonriente y radiante, no pude evitar que se me enrojecieran los ojos.

Dos días antes de su muerte, ella y yo todavía habíamos salido de compras juntas.

Justo cuando estaba a punto de dejar las flores, Daniel me las arrebató y me las arrojó a la cara.

—¡No manches su tumba!

Mi cuerpo tembló. Tenía mil cosas que decir, pero ninguna podía salir.

—También me duele más que a nadie…

Aquellas palabras terminaron de provocarlo. Sin previo aviso, me agarró y me tiró al suelo.

Mi cabeza golpeó con fuerza contra la lápida, y la sangre manchó de inmediato las letras grabadas.

Pero Daniel hizo como si no lo viera. Me aplastó contra la lápida helada y rugió:

—¡Aurora murió por tu culpa! ¿Con qué cara vienes aquí a derramar lágrimas de cocodrilo? Ella habló contigo diez minutos antes de morir. ¿Qué te dijo? ¿Quién fue el asesino? ¡Habla!

Con cada pregunta de Daniel, dejé de forcejear y me quedé mirando la foto de Aurora con los ojos vacíos.

La proyección del recuerdo se hundió por un momento en la oscuridad.

Pero el público en la plaza estalló de inmediato.

—¿Qué es eso? ¡Lágrimas de cocodrilo, nada más! ¿De verdad cree que vamos a tragarnos su actuación?

—¡Una víbora como ella debería pagar con su vida!

Las voces indignadas de la multitud empezaron a sonarme cada vez más lejanas.

El dolor volvió a retorcerme la cabeza.

Después de la muerte de Aurora, pensé que Daniel iba a abandonarme. Pero jamás imaginé que se volvería aún más atento conmigo.

Frente a los reproches de sus padres y de todos los amigos, Daniel incluso se enfrentó a ellos por mí.

Fuera real o fingida, esa confianza fue como una mano tendida justo cuando yo estaba más hundida.

Me conmovió más de lo que podía soportar.

Por eso, cuando Daniel me dijo que quería tener un hijo, acepté sin dudar.

Ese tiempo fue el más feliz de mi matrimonio.

Pero en el instante en que me dijeron que estaba embarazada, aquel sueño se hizo pedazos.

Me bebí el vaso de agua que Daniel me ofreció y caí dormida. Cuando desperté, estaba inmovilizada sobre una cama de hierro helada.

Luché desesperadamente, grité su nombre.

Entonces se encendió una luz cegadora, Daniel abrió la puerta metálica y entró. La ternura de antes había desaparecido sin dejar rastro. Su mirada era fría, como si estuviera viendo un cadáver.

—¿Qué te dijo exactamente Aurora por teléfono?

En ese instante, se quitó por completo la máscara.

Se me escapó una sonrisa desolada. Aunque ya lo había imaginado, el corazón igual se me apretó con tanta fuerza que casi no podía respirar.

—Bien. Si no quieres hablar, voy a averiguar qué se quiebra primero: tu silencio o mis métodos.

Mientras hablaba, me levantó la blusa. Sus dedos rozaron mi abdomen, pero en su rostro había una sonrisa escalofriante.

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