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Portada de la novela La Hermanda de Los Vampiros

La Hermanda de Los Vampiros

En la ciudad de Caldwell, una cruenta batalla divide a los vampiros de sus verdugos. Wrath, el implacable soberano de la Hermandad de la Daga Negra, busca vengar a sus progenitores mientras protege a los suyos. Tras perder a un guerrero, el líder debe velar por Beth Randall, una mujer que ignora su herencia oculta. Pese al miedo que le inspira este universo sombrío, Beth siente una atracción fatal hacia Wrath, naciendo un deseo capaz de destruirlos.
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Capítulo 1

Darius miró a su alrededor en el club, y se dio cuenta, por primera vez, de la multitud de personas semidesnudas que se contorsionaban en la pista de baile. Aquella noche, Screamer’s estaba a rebosar, repleto de mujeres vestidas de cuero y hombres con aspecto de haber cometido varios crímenes violentos.

Darius y su acompañante encajaban a la perfección. Con la salvedad de que ellos eran asesinos de verdad.

—¿Realmente piensas hacer eso? —le preguntó Tohrment.

Darius dirigió su mirada hacia él. Los ojos del otro vampiro se encontraron con los suyos.

—Sí. Así es.

Tohrment bebió un sorbo de su whisky escocés. Una sonrisa lúgubre asomó a su rostro, dejando entrever, fugazmente, las puntas de sus colmillos.

—Estás loco, D.

—Tú deberías comprenderlo. Tohrment inclinó su vaso con elegancia.

—Pero estás yendo demasiado lejos. Quieres arrastrar contigo a una chica inocente, que no tiene ni idea de lo que está sucediendo, para someterla a su transición en manos de alguien como Wrath. Es una locura.

—Él no es malo…, a pesar de las apariencias. Darius terminó su cerveza.

—Y deberías mostrarle un poco de respeto.

—Lo respeto profundamente, pero no me parece buena idea.

—Lo necesito.

—¿Estás seguro de eso?

Una mujer con una minifalda diminuta, botas hasta los muslos y un top confeccionado con cadenas pasó junto a su mesa. Bajo las pestañas cargadas de rímel, sus ojos brillaron con un incitante destello, mientras se contoneaba como si sus caderas tuvieran una doble articulación.

Darius no prestó atención. No era sexo lo que tenía en mente esa noche.

—Es mi hija, Tohr.

—Es una mestiza, D. Y ya sabes lo que él piensa de los humanos.

Tohrment movió la cabeza.

—Mi tatarabuela lo era, y no me ves precisamente alardeando de eso ante él.

Darius levantó la mano para llamar a la camarera y señaló su botella vacía y el vaso de Tohrment.

—No dejaré que muera otro de mis hijos, y menos si hay una posibilidad de salvarla. De cualquier modo, ni siquiera estamos seguros de que vaya a cambiar. Podría acabar viviendo una vida feliz, sin enterarse jamás de mi condición. No sería la primera vez que sucede.

Tenía la esperanza de que su hija se librara de aquella experiencia. Porque si pasaba por la transición y sobrevivía convertida en vampiresa, la perseguirían para cazarla, como a todos ellos.

—Darius, si él se compromete a hacerlo, será porque está en deuda contigo. No porque lo desee.

—Lo convenceré.

—¿Y cómo piensas enfocar el problema? Puedes acercarte por las buenas a tu hija y decirle: «Oye, ya sé que nunca me has visto, pero soy tu padre. Ah, ¿y sabes algo más? Has ganado el premio gordo en la lotería de la evolución: eres una vampiresa. ¡Vámonos a Disneylandia!».

—En este momento te odio.

Tohrment se inclinó hacia delante, sus gruesos hombros se movieron bajo la chaqueta de cuero negro.

—Sabes que te apoyo, pero pienso que deberías reconsiderarlo.

Hubo una incómoda pausa.

—Tal vez yo pueda encargarme de ello.

Darius le lanzó una fría mirada.

—¿Y crees que podrás regresar tranquilamente a tu casa después? Wellsie te clavaría una estaca en el corazón, y te dejaría secar al sol, amigo mío.

Tohrment hizo una mueca de desagrado.

—Buen argumento.

—Y luego vendría a por mí.

Ambos machos se estremecieron.

—Además…

Darius se echó hacia atrás cuando la camarera les sirvió las bebidas. Esperó a que se marchara, aunque el rap sonaba estruendosamente a su alrededor, amortiguando cualquier conversación.

—Además, son tiempos difíciles. Si algo me sucediera…

—Yo cuidaré de ella.

Darius dio una palmada en el hombro a su amigo.

—Sé que lo harás.

—Pero Wrath es mejor.

No había ni un atisbo de celos en su comentario. Sencillamente, era verdad.

—No hay otro como él.

—Gracias a Dios —dijo Tohrment, esbozando una media sonrisa.

Los miembros de su Hermandad, un cerrado círculo de guerreros fuertemente unidos que intercambiaban información y luchaban juntos, eran de la misma opinión. Wrath era un torrente de furia en asuntos de venganza, y cazaba a sus enemigos con una obsesión que rayaba en la demencia. Era el último de su estirpe, el único vampiro de sangre pura que quedaba sobre el planeta, y aunque su raza lo veneraba como a un rey, él despreciaba su condición.

Era casi trágico que él fuera la mejor opción de supervivencia que tenía la hija mestiza de Darius. La sangre de Wrath, tan fuerte, tan pura, aumentaría sus probabilidades de superar la transición si esta le causaba algún daño. Pero Tohrment no se equivocaba. Era como entregarle una virgen a una bestia.

De repente, la multitud se desplazó, amontonándose unos contra otros, dejando paso a alguien. O a algo.

—Maldición. Ahí viene —farfulló Tohrment. Agarró su vaso y bebió de un trago hasta la última gota de su escocés.

—No te ofendas, pero me largo. No quiero participar en esta conversación.

Darius observó cómo aquella marea humana se dividía para apartarse del camino de una imponente sombra oscura que sobresalía por encima de todos ellos. El instinto de huir era un buen reflejo de supervivencia.

Wrath medía un metro noventa y cinco de puro terror vestido de cuero. Su cabello, largo y negro, caía directamente desde un mechón en forma de uve sobre la frente. Unas grandes gafas de sol ocultaban sus ojos, que nadie había visto jamás. Sus hombros tenían el doble del tamaño que los de la mayoría de los machos. Con un rostro tan aristocrático como brutal, parecía el rey que en realidad era por derecho propio y el guerrero en que el destino lo había convertido.

Y la oleada de peligro que le precedía era su mejor carta de presentación.

Cuando el gélido odio llegó hasta Darius, este agarró su cerveza y bebió un largo sorbo.

Realmente esperaba estar haciendo lo correcto.

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