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Portada de la novela La Herencia de Alba

La Herencia de Alba

Santander, 1918. Alba Ansorena, de linaje aristocrático, busca romper con las imposiciones de su clase. El verano se complica con la aparición de su abuela cubana, quien trae consigo secretos familiares ocultos. En plena crisis por la epidemia de gripe, Alba inicia un romance prohibido con Eduardo Arias, un viudo marginado por el escándalo. Mientras la nobleza vive ajena a la miseria, ella deberá elegir entre su estatus o un amor marcado por el misterio.
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Capítulo 3

Chapter 3

Un matrimonio se había parado y curioseaba las láminas. ¿Me habían tomado por una artista callejera? Levanté la mirada dispuesta a deshacer el malentendido y descubrí una media sonrisa maliciosa del caballero de la estación. ¿Qué había hecho yo para merecer ese trato?

—Diez pesetas. —Acepté el reto, aunque desconocía sus consecuencias.

Levanté la barbilla para dejar sentado que no me arredraba por una bagatela como aquella. El gesto del hombre se tornó ¿admirativo?

—Mañana pasaré a recogerlas.

Hizo el ademán de buscar la cartera, pero lo detuve.

—Nunca cobro antes de entregar el trabajo —rechacé en tono profesional.

Inclinó la cabeza antes de retirarse y dejarme con los nuevos clientes. La mañana transcurrió de forma inusitada. Realicé el esbozo de la señora y quedé con ellos a la mañana siguiente. La ermita de San Roque tocaba las once y me percaté de que ya había gente en el balneario. Recogí mis bártulos, antes de que surgiera un nuevo cliente, y emprendí el regreso a casa. Por el camino sonreía ufana pues, sin ser consciente de ello, había ganado mi primer salario, y todo por orgullo. ¿Qué pensarían mis padres si se enteraban? ¡La hija de los marqueses de Lucientes pintando para ganar unas pesetas! Un atentado contra la ética aristocrática que no mencionaba el dinero porque era de mal gusto, aunque no se mostraban melindrosos si les caía de Cuba. Otra cuestión era la identidad del caballero. Anduve el resto del día con él en la mente: esos ojos tan expresivos, tan observadores, tan burlones y retadores. ¿Por qué? No me conocía de nada. Y estaba casado, era padre. No, era viudo. El chiquillo dijo que su madre había fallecido. Intenté centrarme en los preparativos para la cena del sábado, en la que nos reuniríamos la familia y conocería a la rica abuela, de quien conservaba un vago recuerdo de niña. Por lo que había oído a mi padre y a la tía María Ángeles, era una mujer severa y fabricaba millones con el azúcar. ¿O era el azúcar el que se convertía en millones? En casa se respiraba la ansiedad que generaba la cena. Mi padre había acudido a casa de la abuela a presentarle sus respetos y se hallaba ausente. Lo mismo le había sucedido a la tía, que se había adelantado unos días para ganarle la partida a su hermano en el afecto de la anciana señora. ¿Eran así las madres? ¿Se portaban así los hijos? Al parecer, en mi rica y aristocrática familia era una premisa. Mi abuela, por el momento, despertaba mi curiosidad: una mujer del pueblo, trabajadora, sin cultura y enriquecida por capricho del destino, era la impresión que me habían dejado las palabras de mi madre.

La víspera de la cena bajé con mi maletín a la playa. La marea había cambiado y me situé más arriba. El matrimonio me aguardaba acompañado de otras personas.

—Buenos días —saludé con simpatía—. He terminado su retrato.

—Buenos días. ¡Fantástico! —Se entusiasmó el señor—. Estos amigos, en cuanto aprecien su arte, desearán uno para ellos.

Me sorprendí de la demanda. Me gustaba pintar, pero nunca me preocupé por el nivel de destreza. Saqué el retrato de la señora y se cerraron en torno a él. Monté mi estudio al aire libre con las alabanzas y las buenas críticas de fondo. El cambio de sitio a causa de la marea me obligó a abrir la sombrilla y atarla a la silla para proteger la lámina y que no se secara antes de tiempo. Eché en falta a Miguel y a su padre.

—¿Cuántos puede hacer en un día? —me preguntó una de las señoras.

—¿Cuántos? —repetí aturdida. Nunca me lo había planteado—. Dos —dije al azar.

—Yo, primero. —La señora tomó asiento en una silla que habían acercado del balneario.

—¿Por qué no juntos?

—¿Se puede? Muchísimo mejor. —Se emocionó el marido, quien se colocó de pie, detrás de su mujer.

—Demasiado formal —objeté—. Parece una foto. No importa, yo lo cambiaré. Primero, la señora y, luego, ya le indico dónde debe ponerse.

Me dejé llevar por las circunstancias y, en ningún momento, se me ocurrió confesar la verdad. En mi bolsillo guardaba mi primer sueldo: diez pesetas. Me sentía útil. Como era habitual, me concentré en las facciones que tenía delante y tracé el esbozo de la señora. Con el marido surgió mi chispa rebelde y le indiqué que se sentara sobre el brazo de la silla y apoyara un brazo en el respaldo, de forma que quedaba un poco inclinado hacia ella.

—¿No será demasiado informal? —Se preocupó el marido.

—Íntima, pero ¿no se trata de un recuerdo de las vacaciones?

Conquisté a la mujer, que se ruborizó como una colegiala, y el señor la miró con complicidad. Así descubrí que también se me daba bien ganarme a los clientes. Me apliqué con el recuerdo de la expresión del hombre, que reveló sus sentimientos en el breve instante de satisfacción. Terminé el trabajo con el lápiz, levanté la cabeza y fui consciente de que el grupo había crecido a mi alrededor. Entre los curiosos reconocí el gesto serio del apuesto padre de Miguel. ¿No sonreía nunca?

Hasta que no tomé nota de nuevos encargos y se dispersaron, no se acercó.

—Le va bien el negocio. Podrá pagarse un buen alojamiento.

—Gracias por su preocupación por mi bienestar —dije con voz neutra y educada, como si fuera lo más natural.

Saqué las láminas y se las tendí. Por costumbre lo miré a los ojos y de nuevo intuí ¿admiración?, ¿diversión? Antes de hallar una respuesta, los desvió hacia mi trabajo. Observó largamente el rostro de su hijo.

—Sobre el papel, va más allá de los rasgos físicos. Tanto en el retrato de la señora como en el de Miguel ha captado la esencia de la persona. —Su mirada verde se clavó en la mía—. Me da miedo lo que pueda leer en mi rostro.

¿Era un reto? ¿Una invitación? No lo pensé y contesté:

—No estoy muy segura: ¿agresividad o amargura?, ¿rencor o soledad? Está enfadado con el mundo y lo paga conmigo.

Le mudó el gesto y la careta cayó. Leí incredulidad, vulnerabilidad de quien es descubierto, pero fue muy rápido.

—Era una forma de hablar, no una invitación a que me realizara un análisis psicológico propio de una aficionada. —Sus facciones se fueron endureciendo a medida que hablaba.

Me tendió el dinero y se alejó sin darme la oportunidad de resarcirme. Me estaba bien empleado por entrar adonde no me habían llamado. Furiosa y avergonzada, recogí y me encaminé hacia el paseo justo a tiempo de evitar un encuentro indeseado. Si seguía prolongando el rato en la playa, terminarían sorprendiéndome y se enterarían mis padres.

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