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Portada de la novela La hechicera maldita

La hechicera maldita

Gwyneviere, una hechicera retirada al servicio de la élite celestial, acepta la misión de entrenar a Nimh, una huérfana ligada a una profecía de destrucción. A medida que avanzan las lecciones, surge entre ellas un romance tan intenso como imprevisto. Mientras el joven Vandrell silencia el amor que siente por Gwyn, el Consejo oculta una verdad determinante sobre el augurio que obligará a ambas mujeres a luchar por su vínculo y su supervivencia.
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Capítulo 2

Gwyneviere, ya en su casa, dejó las compras que había hecho, y escondió su paga en uno de los varios rincones donde guardaba sus ahorros y se preparó para salir. No llevaba una vida de lujos. Solo necesitaba dinero para comer, y ocasionalmente para alguna prenda. Su casa la había heredado de su familia y era bastante modesta, pero pulcra y ordenada. Tomó un cuenco y lo llenó de agua para la gatita que solía visitarla y lo dejó en la puerta, junto con los restos de la comida del día anterior, y se dirigió a abrir un portal para ir a Vaahldar.

Vaahldar era una ciudad pequeña, donde todo el mundo conocía a sus vecinos. Era muy distinta a la Ciudadela, principalmente porque no poseía edificaciones lujosas y muros altos encerrándolo todo.

En el aire se podía respirar los frutos que cultivaban los lugareños y de repente sintió mucha hambre. Se dio cuenta de que no había comido nada en muchas horas y maldijo por ello al Consejo, que la había acaparado para esta tarea indeseable.

Caminó los metros que restaban hasta el Templo. No le gustaba abrir portales muy cercanos de la ubicación a donde iba para no sobresaltar a la gente cercana y por una cuestión de respeto. Además, corría el riesgo de tropezarse con alguien.

Se acercó a la puerta del Templo, tomó el pergamino que le había dado la Decana, y entró.

El Templo tenía unos corredores sin techo, que formaban una medialuna, y en medio una gran fuente, a donde las personas iban a pedir todo tipo de deseos a la Luna, pero principalmente las mujeres le pedían fertilidad. Más allá de la gran fuente, estaba la morada de las sacerdotisas, que se encargaban de cuidar el templo, y detrás de su hogar, mantenían un huerto fresco, y grandes árboles frutales, con el que colaboraban con la comunidad. Nunca descansaban.

La sacerdotisa que más tiempo llevaba en el Templo, la recibió con una sonrisa y Gwyneviere le extendió el brazo, ofreciéndole el pergamino.

—Hola, estoy aquí en nombre del Alto Consejo de Hechiceras de la Ciudadela. Mi nombre es Gwyneviere.

La sacerdotisa extendió su mano a modo de saludo y Gwyneviere la apretó. Leyó el pergamino e hizo un ademán para que pasara.

—Hola Gwyneviere, mi nombre es Tara. Hemos sido informadas de tu llegada al Templo. Pasa. Nimh está esperándote.

Siguió a la sacerdotisa hasta los dormitorios y golpeó una puerta, que una joven abrió. Gwyneviere quedó deslumbrada ante la belleza de Nimh. Nimh era una joven de cabellos castaños con destellos dorados y ojos verdes oscuros. Vestía las mismas túnicas celestes que las sacerdotisas y le ofreció una sonrisa cuando la vio.

—Nimh, ella es Gwyneviere y está aquí para enseñarte magia.

—Hola.

—Si lo desean podemos comenzar ahora mismo.

—Ya es casi la hora de la cena. ¿Por qué no te pones cómoda y cenas con nosotras? —sugirió Tara.

—Puedo volver mañana…

De verdad no deseaba perder tiempo en estas cosas y anhelaba la tranquilidad de su casa.

—Por favor, no seas modesta. Toma uno de los dormitorios del fondo del pasillo, que están desocupados, y deja tus cosas allí. Aséate y nos encontraremos para cenar en quince minutos. Nimh puede mostrarte el lugar.

—¡Claro! —dijo entusiasmada Nimh, y la miró sonriendo.

La sacerdotisa se marchó y Gwyneviere suspiró. Nimh la acompañó a la habitación que le habían ofrecido para dejar sus cosas allí. Luego le mostró el lugar y fueron a cenar. Gwyneviere estaba muerta de hambre y la comida estaba deliciosa. Todo lo de la cena estaba cultivado en su huerto.

Ni bien terminaron de cenar, las sacerdotisas se levantaron y no dejaron que Gwyneviere colaborara con la mesa. “Eres nuestra invitada”, dijeron. En un santiamén lavaron y limpiaron todo, como si estuvieran sincronizadas.

—Bueno, Gwyneviere —dijo Tara, a quien todas respondían con respeto, no por un título ganado sino por ser la que más tiempo llevaba allí y la que más edad tenía—ahora ya es momento de dormir. Podrán estudiar por la mañana.

Como no quiso abusar de su hospitalidad, asintió con la cabeza, agradeció por la comida y se dirigió a la habitación, con Nimh pisándole los talones.

Miró hacia atrás y la vio abriendo la puerta de su habitación, y cuando hicieron contacto visual Nimh le dedicó una amplia sonrisa y cerró la puerta.

El sol de la mañana entró por la ventana despertándola. Se levantó de inmediato, tendiendo su cama y poniendo en orden sus cosas. Salió de la habitación, para encontrarse con que las sacerdotisas ya estaban activas desde temprano. Se dirigió al salón donde habían cenado la noche anterior y Tara le ofreció el desayuno.

—Buen día, Gwyneviere. Por favor, desayuna antes de comenzar tus enseñanzas con Nimh.

—Buen día. Gracias. ¿Dónde está Nimh?

—Recogiendo algunas hortalizas para el almuerzo. Ya ha desayunado. Estará aquí para cuando termines de comer.

El desayuno era abundante y lleno de frutas frescas. Gwyneviere nunca había comido tanto y tan bien en su vida. Había pan recién horneado e infusiones calientes. No sabía qué tomar primero. Tomó algunas frutas y luego se llenó la boca de pan caliente. Para cuando se levantó con una taza de una infusión que olía especialmente deliciosa y especiada, Nimh entró, radiante y sonriente, y la saludó.

—Buen día, Gwyn. ¿Puedo llamarte así?

—Le debes respeto, es más grande que tú, y será tu instructora de aquí en más, o hasta que el Consejo lo determine, Nimh —Tara le llamó la atención—, Gwyneviere proviene de una familia de respetadas hechiceras y ella misma se ha ganado cierta reputación. Dile Maestra, en todo caso.

—Está bien, Tara —contestó Gwyneviere—Puedes llamarme como quieras, me incomodan ciertas formalidades, siendo que no nos llevamos tantos años de edad —siguió, dirigiéndose a Nimh.

Nimh le sonrió.

—Bueno, si así lo prefieres —continuó Tara—. Pueden usar cualquier parte del Templo para estudiar, mientras no dañen nada —sonrió.

—Perfecto, muchas gracias Tara. El desayuno estaba delicioso.

Ambas salieron del salón y se dirigieron a un espacio detrás del huerto, a la sombra de los árboles frutales.

—¿Qué aprenderemos primero? —preguntó Nimh, deseosa de comenzar.

—No te anticipes, que no creo que vaya a gustarte mucho la primera lección. No va a ser muy entretenida ni llena de encantamientos. Pero es necesario que sepas algunas cosas esenciales para comenzar. Y de verdad, no voy a forzarte a que me digas Maestra o algo por el estilo, tengo veinticuatro años y tú diecisiete. No hay tanta diferencia —Nimh sonrió—. Siéntate aquí, debajo de los árboles, este lugar es perfecto en medio de la naturaleza. Puedes cerrar los ojos, si quieres —Nimh hacía caso a todas las indicaciones de Gwyneviere—Debes empezar a conocer tu cuerpo y comenzar con la respiración. Domina primero la respiración y controla tus emociones. Aquieta tu mente e intenta sentir cómo fluye tu energía a través de todo tu cuerpo. Siente ahora lo que te rodea. Hasta el momento has usado tu propia energía para canalizar tu magia, pero eso te agota. Tienes que aprender a usar el entorno. Siente los árboles, el césped, el huerto que tenemos detrás… respira… —Nimh respiró profundamente, con el semblante tranquilo —siente como su energía fluye a través de ti, y toma esa energía para canalizarla como si fueras un conducto. Si no lo haces, y usas tu propio cuerpo, usarás la magia igual, pero te cansarás más rápido y consecuentemente te debilitarás. Logra dominar tu caos interno, controlar tu respiración, aprovechar tu entorno y así, dominarás la magia a tu favor.

Gwyneviere dejó que hiciera un par de respiraciones más y unos minutos después, Nimh abrió los ojos, maravillada.

—¿Lo sientes?

—¡Sí! —contestó ella, admirada—gracias.

—Es mi trabajo —replicó Gwyneviere, seria, aunque ya le estaba empezando a caer bien la niña.

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